"¿Sabe usted cómo escribo yo mis cuentos? -le dijo a Korolenko, el periodista y narrador radical, cuando acababan de conocerse- Así." Echó una ojeada a la mesa -cuenta Korolenko- tomó el primer objeto que encontró, que resultó ser un cenicero, y poniéndomelo delante dijo: " Si usted quiere mañana tendrá un cuento. Se llamará El cenicero."Y en aquel mismo instante le pareció a Korolenko que aquel cenicero estaba experimentando una transformación mágica: "Ciertas situaciones indefinidas, aventuras que aún no habían hallado una forma concreta, estaban empezando a cristalizar en torno al cenicero". V.NABOKOV/ Chéjov

"¿Has visto alguna vez un montaje realmente hermoso de, digamos, "El jardín de los cerezos"? No me digas que sí. Nadie lo ha visto. Puede que hayas visto "montajes inspirados, montajes eficaces", pero nunca algo hermoso. Nunca una versión en la cual todos los que salen al escenario estén a la altura del talento de Chéjovè, matiz por matiz, carácter por carácter."-J.D.Salinger

viernes, 1 de diciembre de 2017

Tobias Wolff "el mejor relato jamás escrito..."



En los años noventa J.M.Guelbenzu  con la reseña  de"Llámalo sueño" convenció a muchos lectores de que era imprescindible  leer  a Henry Roth, y  algunos se hicieron adictos a toda su  obra; años más tarde otra  de sus criticas, la  de "Vieja escuela", les descubrió a Tobias Wolff y contagió la misma admiración por  sus  novelas y  narraciones cortas . 
En 2011, Guelbenzu escribió un  artículo especial sobre el relato de Wolff "Aquí empieza nuestra historia" ; el crítico mostraba  al lector toda la magia del cuento  al subrayar con detalle  la sensibilidad y el talento con que el escritor había empleado  los recursos  literarios precisos  para despertar la imaginación del  lector y aclarar su vocación al  protagonista. Señalaba  cómo Wolff -con sugerencias e imágenes-  construía atmósferas,psicologías y emociones...que  revelaban a los personajes  y sus relaciones más allá de las apariencias. 
Entre las   imágenes algunas pasan como ráfagas - el perro renqueante que asusta a Charlie,o la mujer china con su carga surrealista (daliniana)- y atraviesan el relato fugazmente para  desaparecer  en la niebla -; pero  la que cierra la historia permanece como  una visión que concentra  -en toda su complejidad-   lo que de búsqueda de  luz en la oscuridad interior, o en la misma naturaleza, tiene la creación del escritor y en qué consiste su oficio:
                        J.M. Guelbenzu: Tobias Wolff: "Aquí empieza nuestra historia"
Dejababa  claro  lo que  piensa de Wolff : "Hoy en día es el más importante cuentista vivo en lengua inglesa, prolongando con honor la gran tradición del cuento norteamericano", 
y sobre "Aquí empieza nuestra historia" :"es en mi opinión, el mejor relato jamás escrito sobre el tema de la iniciación a la escritura".
               Edward HopperTramp Steamer,1908




Aquí empieza nuestra historia



La niebla entró temprano otra vez.Este era el décimo día consecutivo. Los camareros y las camareras se reunieron junto al ventanal para verla, y Charlie empujó su carrito a través del comedor para poder mirarla con ellos mientras llenaba los vasos de agua. Las barcas iban entrando adelantándose a la niebla, que se alzaba amenazadora tras ellas como una enorme ola. Las gaviotas planeaban desde el cielo hasta los pilones del muelle, donde se sacudían las plumas, se balanceaban de un lado a otro y miraban furiosas a los turistas que pasaban.
La niebla cubrió los puntales del parque. El puente parecía flotar suelto a medida que la niebla penetraba ondulante en el puerto y empezaba a dar alcance a las barcas. Una por una las fue engullendo a todas.
-Eso es a lo que yo llamo espeluznante -dijo uno de los camareros. No me harías salir  ahí fuera ni por amor ni por dinero.
-Bonita conversación -dijo el camarero .
Una camarera dijo algo y los demás se echaron a reír.
El maître salió de la cocina e hizo chascar los dedos.
-¡Chico! -gritó.
Una de las camareras se volvió y miró a Charlie, el cual dejó la jarra con la que estaba sirviendo agua y empujó el carrito a través del comedor hasta el lugar que le estaba asignado. Durante la siguiente media hora, hasta que llegó el primer cliente, Charlie dobló servilletas y puso cuadraditos de mantequilla en pequeños cuencos llenos de hielo picado y pensó en las cosas que le haría al maître si alguna vez tuviera al maître en su poder.
Pero esto era un entretenimiento; en realidad no odiaba al maître. Odiaba este trabajo sin sentido y su temor a perderlo, y más que nada odiaba que le llamaran chico, porque eso le hacía más difícil pensar en sí mismo  como un hombre, cosa que estaba aprendiendo a hacer.

Esa noche sólo entraron en el restaurante unos cuantos turistas. Todos ellos estaban solos, con las bolsas de sus compras en la silla de enfrente, y miraron taciturnos en dirección al Golden Gate, aunque no se veía nada más que la niebla presionando contra los ventanales y unas gotas de agua grasienta resbalando por el cristal.Como la mayoría de la gente que está sola, pidieron los platos más baratos,bacalao o el "Plato del Capitán", y quizás una jarra pequeña de vino de la casa. Los camareros le sirvieron de forma descuidada. Los turistas comieron muy despacio, dieron excesivas propinas y se marcharon más profundamente hundidos en la decepción que antes.

A las nueve de la noche el maître mandó a casa a todos los camareros, excepto a tres, y se fue él. Charlie esperó que le hiciese también a él una indicación, pero le dejó de pie junto a su carrito, donde dobló más servilletas y renovó el hielo a medida que se derretía en los vasos de agua y bajo los cuadraditos de mantequilla. Los tres camareros no paraban de irse a la despensa a fumar droga. Para cuando cerraron el restaurante estaban tan colocados que apenas podían tenerse en pie.

Charlie emprendió la vuelta a casa por el camino más largo, por Columbus Avenue, porque el Columbus Avenue tenía las farolas más luminosas. Pero con esta niebla las farolas eran sólo una presencia, una mancha lechosa aquí y allí entre el vapor. Charlie anduvo despacio pegándose a las paredes. No se encontró a nadie en el camino; pero una vez cuando se  detuvo para secarse el sudor de la cara, oyó un extraño ruido de pasos tras él, y al volverse vio un perro de tres patas surgir entre la niebla.Pasó junto a él dando una de sacudidas y desapareció.

-Dios -dijo Charlie.
Luego se rió, pero el sonido fue poco convincente y decidió meterse en algún sitio durante un rato.
Justo a la vuelta de la esquina,en Vallejo,había un café donde Charlie iba a veces en sus noches libres. Jack Keruac había mencionado este bar en The Subterraneans. Hoy en día los clientes eran fundamentalmente italianos que venían a escuchar la música del tocadiscos automático, que estaba lleno de óperas italianas, pero Charlie siempre levantaba la cabeza cuando entraba alguien; podía ser Ginsberg o Corso, que pasaban por allí recordando viejos tiempos. Le gustaba sentase allí con un libro abierto sobre la mesa, escuchando la música que él consideraba clásica. Le gustaba pensar que la mujer grosera y desastrada que le traía su capuccino había sido en otros tiempos la amante de Neil Cassady. Era posible.
       
Cuando Charlie entró en el café, los únicos clientes que había eran cuatro viejos sentados en una mesa junto a la puerta.Él cogió una mesa al otro lado del local. Alguien se había dejado olvidada una revista italiana de cine junto a la suya. Charlie miró las fotografías llevando el ritmo de "El coro del yunque" con los dedos, mientras la camarera le preparaba su capuccino. La máquina de café silbó cuando ella le dio a la manivela. El local se llenó del grato olor del café. Charlie notó también el olor a pescado y se dio cuenta de que venía de él, que apestaba a pescado. Sus dedos se quedaron inmóviles sobre la mesa.

Pagó a la camarera cuando ella le sirvió. Tenía la intención de beberse el café y marcharse. Mientras esperaba a que el café se enfriara entró una mujer con dos hombres. Miraron a su alrededor, conferenciaron y finalmente se sentaron en la mesa contigua a la de Charlie. No bien se sentaron empezaron a hablar sin procuparse de si Charlie les oía. Él escuchó,y al cabo de unos minutos empezó a lanzarles miradas. No lo notaron o no les importó. Se mostraban indiferentes a su presencia.

Charlie dedujo de su conversación que los tres eran miembros del coro de una iglesia y que iban de copas después de ensayar. La mujer se llamaba Audrey. Tenía el lápiz de labios corrido, lo que hacía que su boca pareciese un poco torcida. El marido de Audrey era alto y corpulento. Cambiaba de postura constantemente, arañando el suelo con las patas de la silla al hacerlo, y pasaba su sombrero de una rodilla a la otra repetidas veces. A pesar de su corpulencia, el traje verde que llevaba le sentaba perfectamente. Se llamaba Truman, y el otro hombre se llamaba George. George tenía una voz tranquila y aguda, que disfrutaba utilizando. Charlie le vio escuchándose al hablar. Era profesor de algo, cosa que no sorprendió a Charlie. George recordaba a los catedráticos jóvenes que había tenido en sus tres años de universidad: gafas sin montura, jersey de cuello vuelto, el fantasma de una sonrisa siempre en los labios. Pero George no era joven realmente. Su cabello abundante, con raya al medio, había empezado a encanecer.
No, al parecer sólo Audrey Y George cantaban en el coro. Le estaban contando a Truman un viaje que habían hecho recientemente a Los Ángeles, a un festival de coros.Truman miraba alternativamente a su mujer y a George según hablaban, y meneaba la cabeza cuando describían los lamentables caracteres de los otros miembros del coro y las excentricidades del director del mismo.
-Por supuesto el padre Wes no es nada comparado con monseñor Strauss -dijo George-. Monseñor Strauss estaba positivamente loco.
-¿Strauss? -dijo Truman.¿Quién es Strauss? El único Strauss que conozco es Johann.
Truman miró a su mujer y se rió.
-Perdona -dijo George-. Estaba siendo críptico. George a veces se olvida de lo elemental. Cuando conoces a alguien como monseñor Strauss supones que todo el mundo ha oído hablar de él. Monseñor fue nuestro director durante cinco años, antes de la toma de posesión del padre Wes. Le dio un ataque de religiosidad y se fue al subcontinente justo antes de que Audrey se uniera a nosotros, así que naturalmente, no tenía por qué conocer el nombre.
-¿El subcontinente? -dijo Truman-. ¿Qué es eso? ¿La Atlántida?
-Por Dios santo,Truman -dijo Audrey-.A veces me avergüenzas.
-La India -dijo George-.Calcuta. La madre Teresa y todo eso.
Audrey le puso una mano en el brazo a George.
-George -dijo-, cuéntale a Truman esa maravillosa historia que me contaste a mi acerca de monseñor Strauss y el filipino.
George sonrió para sí.
-Ah, sí -dijo-, Miguel. Es una larga historia, Audrey. Quizá sería mejor dejarla para otra noche.
-Si es tan larga...-dijo Truman
-No lo es -dijo Audrey. Golpeó con los nudillos sobre la mesa-. Cuenta la historia George.
George miró a Truman y se encogió de hombros.
-No le eches la culpa a George -dijo. Se bebió lo que quedaba de coñac-. De acuerdo. Aquí empieza nuestra historia. Monseñor Strauss tenía algún dinero y todos los años viajaba a lugares exóticos. Al regresar a casa siempre traía algún recuerdo extraño que había adquirido en sus viajes. De Argentina trajo unas semilla que se convirtieron en plantas cuyas flores olían a,con perdón, merde. Las había comprado en una tienda argentina de artículos de broma, si te puedes imaginar semejante cosa.Cuando volvió de Kenya pasó de contrabando un lagarto que cazaba moscas con la lengua a una distancia de metro y medio. Monseñor llevaba ese lagarto a todas partes sobre un dedo, y cuando una mosca se ponía a tiro decía: "¡Mirad esto!", y apuntaba el lagarto como si fuera una pistola, y paf...se acabó la mosca.
Audrey apuntó a Truman con un dedo y dijo:
-Paf.
Truman se limitó a mirarla.
-Necesito una copa -dijo Audrey, y le hizo una seña a la camarera.
George pasó un dedo por su copa de coñac.
-Después del lagarto -continuó- hubo un enorme roedor vivo que acabó en el zoo, y después del roedor vino un ser de Manila a quien monseñor había contratado como chofer durante su estancia allí y al cual le había cogido afecto. Cuando monseñor volvió tocó unas cuantas teclas en Inmigración y unas semanas más tarde llegó Miguel. No hablaba inglés realmente,sólo unas cuantas palabras chapurreadas para los turistas de Manila. El primer mes o cosa así se alojó con monseñor en la rectoría; luego encontró una habitación en el hotel Overland y se trasladó allí.
-El hotel Overland -dijo Truman- Eso es un tugurio lleno de drogotas en la parte alta de Grant.
-El hotel Sobredosis -dijo Audrey. Cuando Truman la miró, ella aclaró-: así es como le llaman.
-Pareces estar muy puesta en la nomenclatura -comentó Truman.
           
La camarera vino con las bebidas. Cuando vació la bandeja se quedó de pie detrás de Truman y empezó a escribir en un cuaderno que llevaba. Charlie deseó que no se acercara a su mesa. No quería que los otros se fijaran en él. Adivinarían que había estado escuchándoles y quizá no les agradaría la idea. Podrían dejar de hablar. Pero la camarera terminó de hacer sus anotaciones y se volvió a la barra sin mirar siquiera a Charlie.

Los viejos sentados a la puerta estaban discutiendo en italiano. La ventana que había tras ellos estaba toda empañada, y Charlie notó la proximidad de la niebla. El tocadiscos tragaperras brillaba en el rincón. La canción que estaba sonando  acabó bruscamente, la maquinaria zumbó y volvió a sonar "El coro del yunque".

-¿Y por qué el hotel Overland? -preguntó Truman.
-Truman prefiere el Fairmont -dijo Audrey-. Truman cree que todo el mundo debiera alojarse en el Fairmont.
-Miguel no tenía dinero -explicó George-. Sólo el que le daba monseñor. La idea era que se quedara allí justo el tiempo suficiente para aprender inglés y un oficio. Luego conseguiría un trabajo y podría mantenerse.
-Parece razonable -dijo Truman.
-Audrey se echó a reír.
-Truman, me haces gracia. Eso es exactamente lo que pensé que dirías. Pero demos la vuelta a las cosas por un minuto. Digamos que por alguna razón tú, Truman, te encuentras en Manila sin un céntimo. No conoces a nadie, no entiendes nada de lo que hablan y vas a parar a un hotel donde la gente se está pinchando y palmándola en las escaleras y prendiendo fuego a sus habitaciones todo el rato. ¿Cuánto inglés  aprenderías viviendo de esa manera? ¿Qué clase de oficio? Sé realista. Esa no es una existencia razonable.
-San Francisco no es Manila -dijo Truman- . Creéme, yo he estado allí. Por lo menos aquí tienes una posibilidad. Además no es cierto que no conociera a nadie. ¿Qué pasa con monseñor?
-Fantástico -dijo Audrey-. Un cura que va por ahí con un lagarto en un dedo. Un amigo estupendo. O, como tú dirías, un contacto estupendo.
-Nunca, que yo sepa, he usado la palabra contacto en ese sentido -dijo Truman.

George había estado con la vista clavada en su copa de coñac, que sostenía con ambas manos. Levantó los ojos y miró a Audrey.

-En realidad -dijo-,Miguel no estaba totalmente perdido. De hecho, se las arregló bastante bien durante algún tiempo. Monseñor Strauss le metió en un curso para mecánicos en la casa Porsche-Audi en Van Ness y aprendía el inglés a una velocidad tremenda. Es asombros ¿verdad?, lo que uno es capaz de hacer cuando no tiene alternativa -George hizo rodar la copa  entre las palmas de sus manos-. Los drogotas le dejaron en paz, por muy increíble que parezca. No se metían con él en los vestíbulos ni nada.Era como si Miguel viviera en una dimensión distinta de la suya y en cierto modo así era.Iba a misa diariamente y cantaba en el coro. Allí fue donde yo le conocí. Miguel tenía una hermosa voz de barítono, verdaderamente hermosa.Estaba sumamente orgulloso de su voz. Y también de su cuerpo. Comía exactamente tanto de esto y tanto de lo otro. Hacía complicados ejercicio todos los días. Y hasta se daba masajes faciales para evitar que le saliera papada.
-Ahí lo tienes -dijo Truman a Audrey-. Existe el carácter -como ella no contestó , añadió-:Lo que quiero decir es que uno no está necesariamente limitado por las circunstancias.
-Ya sé lo que quieres decir -dijo Audrey-.La historia no ha terminado todavía.
Truman pasó su sombrero de una rodilla a la mesa. Cruzó los brazos sobre el pecho.
-Tengo todo un día por delante -le dijo a Audrey.
Ella asintió, pero sin mirarle.
George bebió un sorbo de coñac. Después cerró los ojos y se pasó la lengua por los labios. Luego bajó la cabeza de nuevo y fijó la mirada en la copa.
-Miguel conoció a una mujer -dijo-, como nos pasa a todos. Se llamaba Senga. Yo supongo que primitivamente su nombre sería Agnes, y que le dio la vuelta con la esperanza de resultar más interesante a las personas del género masculino.Senga tenía por lo menos diez años más que Miguel, puede que más. Tenía una hija en octavo, creo. Senga era una especialista en finanzas B.of A.No recuerdo donde se conocieron. Salieron durante algún tiempo; luego ella cortó. Supongo que para ella fue algo intrascendente, pero para Miguel era serio.Adoraba a Senga, y uso esa palabra con conocimiento de causa. Montó un pequeño altar para ella en su habitación. Una foto de Senga cuando terminó los estudios secundarios, rodeada de diversos objetos que ella había llevado o utilizado. Peines, pañuelos, frascos de perfume vacíos. Un montón de cosas. Cómo los consiguió no tengo ni idea, si ella se los dio o él los cogió. Lo extraño es que sólo salió con ella unas cuantas veces. Dudo mucho que llegaran a acostarse.
-No se acostaron -dijo Truman.
George le miró.
-Si se hubieran acostado -dijo Truman- no le habría puesto un altar.
Audrey meneó la cabeza.
-Truman puro -dijo- Truman de ley.
Él le palmeó un brazo.
-No te ofendas -le dijo.
-Sea como sea -dijo George-, Miguel no estaba dispuesto   a renunciar, y esa fue la causa de todo el problema. Primero le escribió cartas,largas cartas sensibleras en un inglés entrecortado. Me dio a leer una para que le corrigiera la ortografía y esas cosas pero era totalmente imposible. Era todo fragmentos y repeticiones. Sin párrafos. Simplemente se la devolví al cabo de unos días y le dije que estaba bien. Miguel pensaba que las cartas convencerían a Senga, pero ella nunca le contestaba, y después de algún tiempo empezó a llamarla a todas horas. Ella se negaba a hablar con él. En cuanto oía su voz le colgaba. Finalmente consiguió un número que no aparecía en telefónica. Quería que fuese a B.of A. a defender su causa, que actuara como una especie de garante de su carácter. Cosa que, después de alguna reflexión, acepté hacer.
-Ajá -dijo Truman. La trama se complica. Entra Miles Standish.
-Sabía que dirías eso -dijo Audrey.
Se terminó su bebida y miró a su alrededor, pero la camarera estaba sentada en la barra, de espaldas a ellos, fumando un cigarro.
George se quitó las gafas, las sostuvo a la luz y se las volvió a poner diciendo:
- Así que George sale resueltamente para conocer a Senga. Senga...¿no os sugiere ese nombre a una reina de la selva? Ojos que relumbran, daga en la cadera, pechos asomando por encima de una piel de leopardo. Pues no era el caso. Esta Senga seguía siendo una Agnes. Delgada, con aspecto de ejecutiva. Y muy gruñona. No bien mencioné el nombre de Miguel me enseñó la puerta y me dio un mensaje para él: si volvía a molestarla pondría a la policía tras él.Esas fueron sus palabras, y las decía en serio. Una semana después,más o menos, Miguel la siguió desde el trabajo a casa, e inmediatamente ella contrató a un abogado para ocuparse del caso.El resultado fue que Miguel tuvo que firmar un papel diciendo que entendía que sería arrestado si volvía a escribir, llamar o seguir a Senga.Firmó, pero con reservas, como si dijéramos.Me dijo: "Jorge, firmo pero no acepto". Le contesté:"Nobles palabras pero más te vale aceptar, porque de lo contrario esa mujer te hará encerrar". Miguel dijo que la prisión no le asustaba, que en su país todas las mejores personas estaban en prisión. Efectivamente, a los pocos días siguió a Senga a su casa una vez más y ella cumplió lo prometido: le hizo encerrar.
-Pobre chico -dijo Audrey.
Truman había estado intentando atraer la atención de la camarera, que rehuía mirarle. Se volvió a Audrey.
-¿Qué significa eso de "pobre chico"?¿Qué me dices de la chica? ¿De Senga? Está tratando de conservar un trabajo y de alimentar a una hija, y mientras tanto tiene a un filipino persiguiéndola por toda la ciudad. Si quieres sentir pena por alguien, siéntelo por ella.
-Lo siento -dijo Audrey.
-De acuerdo entonces.
Truman miró de nuevo a la camarera y en ese momento Audrey cogió la copa de George y bebió un sorbo. George le sonrió.
-¿Qué le pasa a esa mujer? -dijo Truman. Meneó la cabeza-.Renuncio.
George asintió.
-En resumen -dijo-, fue un asunto serio. Très sérius. Fijaron una fianza de veinte mil dólares, que monseñor Strauss no pudo reunir. Y por descontado, un servidor tampoco. Así es que Miguel se quedó en la cárcel. El abogado de Senda quería sangre y metió a los de Inmigración en el asunto. Amenazaban con revocar el visado de Miguel y expulsarlo del país. Finalmente monseñor Strauss consiguió sacarle, pero fue como diría el duque por los pelos. Resultó que a Senga iban a trasladarla a Portland al cabo de un mes o cosa así, y monseñor le convenció de que retirase los cargos, con la condición de que Miguel no se acercaría a quince kilómetros de los límmites de esa ciudad mientras ella viviera allí. Hasta que ella se marchara Miguel viviría con monseñor en la rectoría, bajo su supervivencia personal. Monseñor aceptó también pagar los honorarios del abogado de Senga, que eran disparatados. Absolutamente disparatados.
-¿Y cuál era la última condición? -preguntó Truman.
La simplicidad misma -respondió George-.Si Miguel no cumplía le pondrían en el primer avión para Manila.
-Eso parece ilegal -dijo Truman.
-Quizá.Pero ese era el acuerdo.
                     
Empezó una nueva canción en el tocadiscos tragaperras. Los viejos de la puerta dejaron de discutir y cada uno de ellos permaneció ensimismado de repente.
-Escuchad -dijo Audrey-. Es él. Caruso.
El disco estaba gastado y producía el efecto de ruidos parásitos detrás de la voz de Caruso. La música, llegando a través del ruido parásito le recordaba a Charlie las emisiones de radio culturales de Europa que sus padres escuchaban con tanta gravedad cuando él era niño.A veces la voz de Caruso casi se perdía, pero luego volvía a subir. Los viejos estaban inmóviles. Uno de ellos empezó a llorar. Las lágrimas caían libremente de sus ojos abiertos y corrían por sus mejillas.
-Así que ése era Caruso -dijo Truman cuando la canción terminó-Siempre me había preguntado a qué se debía tanta fama. Ahora lo sé. A eso llamo yo cantar.
Sacó la cartera y dejó algo de dinero sobre la mesa. Examinó el dinero que quedaba en la cartera antes de guardarla.
-¿Lista? -le preguntó a Audrey.
-No -dijo ella-.Termina la historia George.
George se quitó las gafas y las puso sobre la mesa, al lado de su copa. Se frotó los ojos.
-Está bien dijo-.Volvamos a Miguel. Según lo acordado vivió en la rectoria hasta que Senga se fue a Portland. Y además se portó bien. Ni cartas, ni llamadas, ni seguimientos. En pijama todas las noches antes de las diez. Entonces Senga se fue y Miguel volvió a Overland. Durante algún tiempo parecía bastante desesperado, pero al cabo de unas semanas pareció superarlo.
Digo pareció porque estaban sucediendo más cosas de las que se veían. O al menos de las que veía yo.Una noche estoy yo en su casa escuchando, lo creáis o no,Tristán,cuando suena el teléfono. Al principio nadie dice nada, luego llega una voz en un susurro: "Ayúdame,Jorge, ayúdame", y naturalmente sé quién es. Dice que necesita verme enseguida. Sin ninguna explicación. Ni siquiera me dice dónde está. Tengo que suponer que está en el Overland. Y allí es donde le encuentro en el vestíbulo.
-George lanzó una risita.
-En realidad -dijo-, por poco no le veo. Tenía toda la cara vendada, desde la nariz hasta la parte alta de la frente. Si no le hubiera estado buscando, no le habría reconocido. En la vida.Estaba sentado rodeado de sus maletas y con un bastón blanco sobre las rodillas. cuando le hice saber que estaba allí, me dijo: "Jorge, estoy ciego". Le pregunté qué había ocurrido. No quería decírmelo. En cambio me dio un pedazo de papel y me pidió que llamara a Senga y le dijera que se había quedado ciego y que llegaría a Portland en autocar a las once  de la mañana siguiente.
-Cielo santo -dijo Truman-. Lo estaba fingiendo ¿no es eso? Quiero decir que no estaba ciego realmente ¿verdad?
-Esa es una pregunta interesante -dijo George- porque si bien he de decir que Miguel no estaba realmente ciego, también he de decir que no estaba fingiendo realmente. Pero sigamos. Senga no se conmovió. Me ordenó que le dijera a Miguel que no sería ella, sino la policía, quien le estaría esperando.Miguel no le creyó. "Jorge, ella estará allí", me dijo. Y eso fue todo. Se acabó la discusión.
-¿Fue? -preguntó Truman.
-Claro que fue -dijo Audrey-.La amaba.
George asintió.
-Yo mismo le metí en el autocar. Le conduje hasta su asiento, de hecho.
-Así que seguía llevando las vendas -dijo Truman
-Oh, sí. Las seguía llevando
-Pero es un viaje de doce o trece horas.Si no le pasaba nada en los ojos,¿por qué no se quitó el vendaje y se lo volvió a poner?
-Audrey puso su mano sobre la de Truman.
-Truman -dijo-,tenemos que hablar de algo.
-No lo entiendo -insistió Truman_.¿Por qué viajar ciego? ¿Por qué hacer todo ese trayecto en la oscuridad?
-Truman, escucha -dijo Audrey.
Pero cuando Truman se volvió hacia ella Audrey retiró su mano y miró a George al otro lado de la mesa. George tenía los ojos cerrados. Sus dedos estaban cruzados como si estuviera rezando.
-George -dijo Audrey-. Por favor. Yo no puedo.
George abrió los ojos.
-Díselo -dijo Audrey.
Truman miró alternativamente del uno a la otra.
-Esperad un momento -dijo.
-Lo siento -dijo George-. Esto no es fácil para mí.
Truman miraba fijamente a Audrey.
-Eh -dijo.
Ella empujó su vaso vacío adelante y atrás.
-Tenemos que hablar -dijo.
Él acercó su cara a la de ella.
-¿Acaso crees que porque gano mucho dinero no tengo sentimientos?
-Tenemos que hablar -repitió ella
-Ciertamente -dijo George
Los tres permanecieron sentados durante un rato. Luego Truman dijo:
-Se acabó el pastel.
Unos minutos más tarde los tres se levantaron y salieron del café.
       
La camarera estaba sentada en la barra sola,inmóvil, excepto cuando levantaba la cabeza para lanzar el humo al techo.Junto a la puerta, los italianos se estaban jugando los palillos de dientes a los dados. "El coro del yunque" sonaba nuevamente en el tocador  tragaperras. Era la primera pieza de música clásica que Charlie había oído suficientes veces como para hartarse de ella y ahora estaba harto de ella.

Cerró la revista que había estado fingiendo leer, la dejó sobre la mesa y salió.

Aún había niebla y hacía más frío que antes. El padre de Charlie le había desaconsejado que se trasladara a San Francisco en mitad del verano, incluso había citado a Mark Twain, en el sentido de que el invierno más frío que Mark Twain había soportado fue el verano que pasó en San Francisco. Este había sido especialmente malo; hasta los nativos lo decían.La verdad era que estaba empezando a deprimir a Charlie. Pero no se lo había reconocido a su padre, como tampoco había reconocido que su trabajo le agotaba y apenas le daba lo suficiente para vivir, o que los amigos de los que hablaba en sus cartas a casa, no existían, o que los editores a quienes había enviado su novela se la habían devuelto sin comentario, todos menos uno, que había garabateado a lápiz sobre la página del título "¿Está usted de broma?" 


La habitación de Charlie estaba en Broadway, en la cima de la colina.La pendiente era tan acentuada que habían tenido que hacer escalones en las aceras y cerrar la calle con un muro de cemento, debido a los coches que perdían los frenos al bajar.A veces, por la noche, Charlie se sentaba sobre ese muro y miraba hacia las luces de North Beach y pensaba en todos los escritores que estarían allí, inclinados sobre sus mesas, llenado páginas y páginas con palabras bien escogidas. Pensaba que estos escritores se reunirían de madrugada para beber vino y leer la obra de los otros y hablar de las cosas que pesaban en sus corazones. Estos eran los hombre y mujeres brillantes y las conversaciones profundas de las que Charlie escribía a sus padres.


Estaba al borde de renunciar. Él mismo no sabía hasta qué punto estaba al borde de renunciar hasta que salió del café esa noche y notó que acababa de decidir continuar a pesar de todo. Se quedó allí parado y escuchó la sirena de la niebla en la bahía. La tristeza de ese sonido, la idea de él mismo deteniéndose a escucharlo, la densidad de la niebla, todo ello le proporcionó una sensación de placer.


Charlie oyó violines tras él cuando la puerta del café se abrió; luego se cerró de un portazo y los violines cesaron. Una voz profunda dijo algo en italiano. Una voz más alta le respondió y ambas voces se alejaron juntas calle abajo.


Charlie se volvió y echó a andar cuesta arriba, pasando junto a las farolas que brillaban con gotas de agua, paredes que rezumaban y ventanas oscuras.Una china apareció a su lado. Sostenía ante sí una langosta que agitaba sus patas de un lado a otro como si estuviera dirigiendo una orquesta. La mujer apretó el paso y desapareció. La pendiente empezó a hacerse más pronunciada bajo los pies de Charlie.Se detuvo para recobrar el aliento y oyó de nuevo la sirena de la niebla. Sabía que en alguna parte, allí fuera, un barco se dirigía a puerto a pesar del solemne aviso, y mientras caminaba Charlie se imaginaba arrodillado en la proa, con un farol en la mano, atento a la luz que brillaba justo ante él. Cualquier distracción desvanecida. Demasiado vigilante para tener miedo. La lengua humedeciendo los labios, los ojos muy abiertos, listo para avisar en esa niebla cambiante, que en cualquier momento podía revelar cualquier cosa.



Edward Hopper (1882-1967). No es el vanguardista que inicia la nueva época que él mismo propone:un arte genuinamente norteamericano separado del tutelaje de París, -y que llevarían a cabo los expresionistas abstractos-; pero su pintura figurativa,en un mundo donde triunfa la abstracción,
será admirada y respetada  por los pintores,por su personalidad plástica  y  la carga poética. 
Entre 1906 y 1910 hizo tres viajes a París y aprendió de la pintura francesa, especialmente de  Manet -a quien copió y estudió a fondo.En su color se puedan encontrar ecos transformados  de la intensidad fauvista,  y en  la  la ausencia  de  detalles una cierta abstracción -dentro de una pintura decididamente figurativa-  . La  elección de  temas, los encuadres,la gama y el uso del color, el tratamiento de la luz, crean un mundo personal, reconocible, que a menudo, -como en las imágenes del post-, captura y congela la soledad de las grandes ciudades y el ambiente desolado que vivió en la Gran Depresión. En otros temas e imágenes, de colores menos sombríos, con frecuencia bañados en una luz sólida como un objeto más, y construidos con  la misma rotundidad plástica, hay también, una atmósfera  congelada de soledad y melancolía.
Otros cuentos de T. Wolff:
El mentiroso
Una bala en el cerebro 


  Tobias WolffDe regreso al mundo, Alfaguara, 1968      

 
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lunes, 13 de noviembre de 2017

Shakespeare en 1944







                                    Hermanos Limbourg,El mes de junio. (ampliar)
El edificio religioso, -con pináculos y rosetón gótico,a la derecha-, parece la Sainte Chapelle construida en el  s.XIII. Si fuera, se estaría  en pleno París,la corriente de agua sería el  Sena y los campos segados la zona  del  actual Barrio Latino. 
                           
En 1946, -un año después de terminada la Segunda Guerra Mundial-, André Maurois, seudónimo de Emile Herzog de origen judío, estaba  a punto de terminar el exilio en EE.UU. Había tenido que abandonar Francia, su país,  tras la ocupación  nazi. Es un día de junio, está  en Nueva York ha ido al cine y escribe sobre la película  en el Diario que ha ido llenando de pensamiento y afinadas percepciones  y que con el paso del tiempo no ha perdido interés. Acaba de ver Enrique V película inglesa basada en la obra de Shakespeare y hace de ella un comentario breve y ajustado.
Enrique V, parece haber sido un encargo directo de Churchill a Laurence Olivier que la dirige y protagoniza. Rodarla ha supuesto un enorme esfuerzo económico,  el metal es escaso y muy caro  y las cotas de malla serán de lana gris;  pero Inglaterra está en el cuarto año de guerra, las cosas no van bien,los inviernos han sido fríos, la comida poca...la historia de una batalla victoriosa y heroica como la de Azincourt -con apenas unos retoques oportunos-, elevará la moral, eso parece pensar sir Winston... Se rodó en Irlanda y los extras fueron soldados irlandeses.Para aumentar la expectación Laurence Olivier tuvo que  firmar  que no rodaría otra película  en 18 meses y se le pagó una buena suma por ello.
Se realiza una  adaptación en color, con   actores, reconocidos; los decorados están  basados en  miniaturas medievales de belleza incomparable, -las que realizaron los hermanos Limbourg para el duque de Berry-que señala Maurois- y  que a pesar de su acentuada estilización  aportan un toque de  época auténtico  ya que son contemporáneas a los hechos  históricos narrados, la primera mitad del s.XV. 
                                     
La película fue estrenada en Londres el 12 de julio de 1944 en plena batalla de Normandía, según unas informaciones, en otras, el 22 noviembre del mismo año.
                                      Maurois en el despacho delante de una  fotografía de  Balzac


20 DE JUNIO.- Vi anoche la película Enrique V. No he conocido en la pantalla nada más bello. Es una obra de arte inolvidable, indiscutible, no sólo por el genio de Shakespeare, sino por el director de escena. ¿Qué ha añadido a eso Laurence Olivier? Por de pronto, los alicientes escénicos, la presentación, el movimiento. Penetramos en el Londres de Shakespeare, descubrimos el teatro del Globo, erramos por el parterre entre bastidores. Por lenta y hábil transición, el film pasa de una representación dada, bajo la lluvia del escenario del Globo al plano histórico. Vivimos la obra de Shakespeare. Al fin, de nuevo estamos en el teatro, salimos de él y el film se encuentra entre dos visiones de Londres. Composición sencilla, clara y noble.

Segunda idea: los decorados estilizados hacen pensar en las tapicerías de Mille Fleurs, de Cluny, y sobre todo en las iluminaciones de las Grandes Horas del duque de Berry. La floresta de picas, los rostros rubicundos y apretados de los arqueros, evocan con tanta precisión las imágenes de libro, que causa asombro ver en movimiento personajes que parecen pintados. Los colores son de brillante vivacidad. La perfección de los fondos [decorados] duplica la del texto.

Tercera idea: ciertos largos monólogos de Shakespeare (el de Enrique V recorriendo su campo durante la noche, la víspera de la batalla de Azincourt) están tomados en la pantalla bajo la forma de discurso interior. Se oye una voz lejana , pero los labios del actor permanecen cerrados; no se expresa más que con los ojos. Laurence Olivier está admirable en esta escena. Por otra parte el efecto se logra enseguida  y no es necesario repetirle.

Hollywood sería, sin profundas transformaciones, incapaz de semejante resultado. Falta allí el espíritu histórico, el respeto a los hechos y a los textos, el respeto del artista que allí se ve sometido al técnico y al empresario.

Simone me dice que Enrique V está actualmente prohibido en Francia por temor a que ciertas réplicas excesivamente duras ¡envenenen las relaciones franco-británicas! Sin embargo, se trata de Azincourt, batalla de cuatro siglos de antigüedad. La herida debiera estar cicatrizada.¡Pero quién sabe! ¡Los pueblos tienen tan larga memoria!...Simone ha oído decir a alguien:
-"¡Enrique V ! ¡Imposible! Es un film de propaganda realista, sobre el conde de Chambord." 

https://www.youtube.com/watch?v=SGnLKGOlldU&t=2317s
Hubiera sido mejor  en versión original subtitulada, una copia menos deteriorada, pero...bastante mágico es  poder atisbar, al menos,  lo que escribe Maurois. También  la traducción del texto es mejorable...pero la edición es antigua,  una de las primeras que se hizo de  Diario (Estados Unidos 1946) en español para Colección Austral

jueves, 12 de octubre de 2017

Elizabeth Bishop poeta también en prosa



                                                
                                                Wesley_Wehr, paleontólogo y artista 

NOTA PARA UNA EXPOSICIÓN DE WESLEY WEHR



"He visto al señor Wehr abrir su maltrecho maletín (con la cremallera rota) sobre la mesa de una cafetería llena de gente y de humo y vender sus últimas pinturas, que lleva envueltas muy cuidadosamente en plástico, antes de enmarcarse, como una baraja de cartas para hacer magia. La gente que había sentada en su mesa se quedó en silencio mirando esas pequeñas y hermosas imágenes, cargadas de espacio y de frío: la frialdad de la costa de noreste del Pacífico en invierno, su frialdad distinta en verano. Tanto espacio, tanto aire, tantas distancias y tanta soledad en esas tarjetitas planas. Una casi podría divisar la luna detrás de las nubes, pero no; la nieve se había derretido en las colinas más bajas casi hasta mostrar la hierba marchita del año anterior; la línea blanca de las olas era visible, tranquila, a kilómetros de distancia. Entonces el señor Wehr nos escamoteó aquel espacio, aquel silencio,aquella paz e intimidad y lo guardó todo de nuevo en su maletín. Una vez contó que le gustaría llevar toda una exposición en los bolsillos.


Es un gran alivio encontrarse con una obra de arte de pequeño tamaño en estos tiempos. Los chinos desenrollaban muy lentamente sus preciosos pergaminos para mostrarles sus obras a sus amigos; los persas se pasaban sus miniaturas de mano en mano; muchas de las obras de Klee o de Bissier son del tamaño de una mano. ¿Por qué en nuestro país, que tiene tanta tendencia a lo gigante, no se iban a poder producir al menos algunas obras de arte pequeñas, algunos poemas cortos, algunas piezas musicales breves (el señor Wehr fue primero compositor y creo detectar la influencia de Webern en su pintura), algunas cosas íntimas, delicadas y que hablan en vos baja en este mundo enorme y deslumbrante? Pero a pesar de su tamaño, nadie podría decir que estas obras son "menores".

El señor Wehr trabaja de noche, según me han dicho, con sus ceras y pigmentos, mientras su gato juega con los crayones haciéndolos rodar por el suelo. Pero su observación de la naturaleza siempre es precisa; las playas, las noches de luna llena, son así. Algunas obras pueden recordar a las ágatas, a la forma llamada "[ilegible]"; el señor Wehr también es coleccionista de ágatas, de toda clase de piedras, guijarros, joyas semipreciosas, almejas fosilizadas con ópalos adheridas a ellas, trozos de ámbar, conchas, ejemplos de letras escritas a mano, firmas ilegibles; todas estas cosas son capaces de abrumarnos de vez en cuando transmitiéndonos una escalofriante percepción del tiempo y del espacio.

En una ocasión me contó que Rothko lo había influido, a lo cual yo le contesté:
-Sí, pero un Rothko susurrado.
¿Quién no tiene una sensación de liberación, de paz y tranquilidad, al contemplar estos pequeños fragmentos de nuestro vasto y antiguo mundo que se puede sostener en la palma de la mano?"

Resultado de imagen de elizabeth bishop prosa vaso roto Elizabeth Bishop, Prosa, Vaso Roto Ediciones, traducción Mariano Peyrou


lunes, 26 de junio de 2017

Tobias Wolff / nieve y música




Tobias Wolff sorprende cada vez.Es un narrador nato capaz de interesar desde las primeras líneas y mantener la emoción/tensión del relato más allá del final. 
Hace magia dosificando  con sabiduría, imaginación,pensamiento,sutileza psicológica, lirismo, humor...ritmo   
Aparte de excelentes novelas como "Vieja escuela","En la corte del Faraón","Vida de este chico"..., en sus numerosos relatos  hay varios que podrían entrar en el ranking inagotable de " el mejor cuento del mundo". 
Milton Avery.


POLVO

Justo antes de Navidad mi padre me llevó a esquiar a Mount Baker. Tuvo que luchar para conseguir que le acompañara pues mi madre todavía estaba enfadada con él por colarme a un club nocturno durante su última visita, para ver a Thelonious Monk.
Él no se rindió. Prometió, con la mano en el corazón, que cuidaría de mí y me traería a casa para la cena de Nochebuena, y ella se ablandó. Pero cuando dejábamos el albergue esa mañana empezó a nevar, y él percibió en aquella nieve alguna rara cualidad que hacía necesario que esquiáramos por última vez.Esquiamos varias veces por última vez. Él era indiferente a mis quejas. La nieve se arremolinaba a nuestro alrededor en fuertes rachas cegadoras que silbaban como arena, y todavía esquiábamos. Cuando el telesilla nos llevaba una vez más a la cima, mi padre miró su reloj y dijo:-¡No puede ser! Esta vez tendrá que ser rápido.Para entonces ya no se veía la pista. Era inútil intentarlo. Me mantuve pegado a él e hice lo que él hizo y de algún modo llegué abajo sin despeñarme por un barranco. Devolvimos nuestros esquíes y mi padre puso cadenas al Austin-Healey mientras yo daba saltos de un pie a otro, me golpeaba los guantes uno contra otro y tenía ganas de estar en casa. Lo veía todo. El mantel verde, los platos con el adorno de acebo, las velas rojas esperando a que las encendieran.Pasamos delante de una cafetería cuando nos íbamos.-¿Quieres una sopa? -preguntó mi padre. Negué con la cabeza-.Anímate -dijo él-.Te llevaré. ¿De acuerdo, jefe? 
Se suponía que yo debía responder."De acuerdo, jefe",pero no dije nada.
Un guardia nos hizo seña de que paráramos al salir de la estación de esquí, donde una barrera bloqueaba la carretera. Se acercó a nuestro coche y se inclinó hacia la ventanilla de mi padre, con la cara muy pálida por el frío, copos de nieve colgándole de la cejas y del borde de piel de su chaquetón y gorra.
-No me diga...-empezó mi padre.-El guardia le dijo. La carretera estaba cerrada. Podría ser que la limpiaran, y podría ser que no. La tormenta había pillado a todo el mundo por sorpresa. Difícil que la gente se pusiera a ello. Nochebuena. Qué se puede hacer. Mi padre dijo: 
-Mire. Estamos hablando de unos doce o trece centímetros. He pasado con este coche por situaciones peores. -El guardia se estiró. No se le veía la cara, pero le podía oír. -La carretera está cerrada.Mi padre permaneció sentado con las dos manos en el volante, acariciándolo con los pulgares. Miró la barrera durante largo rato. Parecía que estaba tratando de hacerse a la idea. Luego dio las gracias al guardia y, haciendo una extraña y remilgada demostración de prudencia, hizo girar el coche. 
-Tu madre nunca me perdonará esto -dijo.-Deberíamos habernos ido esta mañana -dije yo-.Jefe. 
No volvió a hablar conmigo hasta que estuvimos en una mesa de la cafetería, esperando a nuestras hamburguesas.-No me lo perdonará -dijo él-¿Entiendes? Nunca. 
-Supongo -dije yo, aunque no ser necesitaba suponer nada. Ella no le perdonaría.- No puedo dejar que pase esto -se inclinó hacia mí-. Te diré lo que quiero. Quiero que volvamos a estar juntos ¿Es lo que quieres tú? -Sí señor. Hizo como que me pegaba con los nudillos en la barbilla. -Es todo lo que necesitaba oír. 
Cuando terminamos de comer fue al teléfono público del fondo de la cafetería , y luego se volvió a reunir conmigo en la mesa. Imaginé que había llamado a mi madre, pero no me informó de ella. Dio sorbos a su café y miró fijamente por la ventana la carretera desierta. -Vamos, vamos -dijo, aunque no a mí. Un poco después lo repitió. Cuando pasó el coche del guardia con las luces destellando, se levantó y dejó algo de dinero encima de la cuenta. Muy bien. Vámonos. [en español en el original] 
El viento había parado. La nieve caía vertical, ahora más lenta y ligera. Nos alejamos de la estación de esquí, justo hasta la barrera. 
-Quítala -me dijo mi padre. Cuando le miré, añadió-: ¿A qué estás esperando? -me bajé y empujé la barrera a un lado, luego la volví a poner después de que hubiera pasado. Me abrió la puerta-. Ahora eres cómplice -dijo-. Caeremos juntos -metió la marcha y me lanzó una ojeada-.Es broma, hijo. 
Durante el primer largo trecho yo miraba hacia atrás, para ver si el guardia nos seguía. La barrera desapareció.Luego no había más que nieve: nieve en la carretera, nieve soltada por las cadenas, nieve en los árboles, nieve en el cielo, y nuestras huellas en la nieve. Entonces miré al frente y me llevé un susto. No había huellas por delante de nosotros. Mi padre conducía sobre nieve virgen entre dos hileras de árboles. Iba tarareando "Stars Fell on Alabama". Noté que la nieve se rozaba contra el suelo del coche, bajo mis pies. Para evitar que las manos me temblaran, las metí entre las rodillas.


Mi padre gruñó pensativamente y dijo: 
-Nunca trates de hacer esto tú. -No lo haré.-Es lo que dices ahora, pero un día sacarás el carnet y entonces creerás que lo puedes hacer todo. No podrás hacer esto. Se necesita, no sé...cierto instinto. 
-Puede que lo tenga. -No lo tienes. Tienes tus puntos fuertes, claro, sólo que no éste.Lo menciono simplemente porque no quiero que te hagas la idea de que es algo que puede hacer cualquiera. Yo soy un conductor muy bueno. Eso no es una virtud ¿vale?. Sólo es lago que pasa, y deberías ser consciente de ello. Claro que hay que reconocerle el mérito a este viejo cacharro. No hay muchos coches con los que yo intentaría esto.¡Escucha! 
Escuché. Oí el chasquido de las cadenas, el ronroneo del motor. Ronroneaba de verdad. El cacharro era casi nuevo. Mi padre no podía permitírselo, y siempre prometía que lo iba a vender, pero allí estaba.-¿A dónde crees que fue el policía? -pregunté. 
-¿Estás bastante caliente? Estiró la mano y subió la calefacción. Luego apagó los limpiaparabrisas. No los necesitábamos. Las nubes se habían despejado. Unos escasos copos como plumas se movían delante y los apartábamos al pasar. Dejamos los árboles y entramos en una amplia zona de nieve que se extendía al mismo nivel durante un rato y luego bajaba bruscamente. Habían puesto a intervalos unos postes naranjas en dos líneas paralelas y mi padre se guiaba por ellos, aunque estaban lo bastante separados para que dudara mucho por dónde seguía exactamente la carretera. Mi padre volvió a tararear, improvisando pequeñas variaciones sobre la melodía. 
-Vale, entonces, ¿cuáles son mis puntos fuertes?-No hagas que empiece -respondió él-. Llevaría el día entero. -Bueno, pues dime uno. 
-Fácil.Siempre eres previsor. Cierto. Yo siempre era previsor. Era un chico que guardaba la ropa en perchas numeradas para asegurar una rotación adecuada. Molestaba a mis profesores para que dieran los deberes que había que hacer en casa por adelantado para así poder planificarme. Era previsor, y por eso sabía que habría otros guardias esperándonos al final del trayecto, si llegábamos allí. Lo que no sabía es que mi padre les rogaría y convencería para que nos dejaran pasar -no cantó un villancico, pero casi-, y llegaría a casa para la cena, ganado un poco más de tiempo antes de que mi madre  decidiera romper definitivamente. Sabía que nos atraparían;estaba resignado a ello. Y tal vez por ese motivo dejé de estar deprimido y empecé a pasarlo bien. 
¿Por qué no? Aquello era algo que merecía recordarse. Como ir en una lancha rápida, sólo que mejor.Uno no puede bajar en una lancha una cuesta. Y era toda nuestra. Y seguía y seguía: los árboles cargados de nieve, la intacta superficie de nieve, los repentinos panoramas blancos. Aquí y allá veía señales de la carretera: cunetas, cercas, postes, aunque no tantos como para que yo hubiera encontrado el camino. Pero entonces no tenía que encontrarlo. Conducía mi padre. Mi padre a los cuarenta y ocho años, con arrugas, amable, sin nada de honor, con la cara encendida de seguridad. Era un gran conductor. Todo persuasión, nada de forzar las cosas. Qué sutileza la volante, qué tacto con los pedales. Confiaba en él de verdad. Y lo mejor aún no había llegado: curvas en zigzag muy cerradas imposibles de describir. A no ser diciendo esto: si no has conducido sobre nieve en polvo, no has conducido.

Tobias Wolff,Aquí empieza nuestra historia,Alfaguara,2009