"¿Sabe usted cómo escribo yo mis cuentos? -le dijo a Korolenko, el periodista y narrador radical, cuando acababan de conocerse- Así." Echó una ojeada a la mesa -cuenta Korolenko- tomó el primer objeto que encontró, que resultó ser un cenicero, y poniéndomelo delante dijo: " Si usted quiere mañana tendrá un cuento. Se llamará El cenicero."Y en aquel mismo instante le pareció a Korolenko que aquel cenicero estaba experimentando una transformación mágica: "Ciertas situaciones indefinidas, aventuras que aún no habían hallado una forma concreta, estaban empezando a cristalizar en torno al cenicero". V.NABOKOV/ Chéjov

"¿Has visto alguna vez un montaje realmente hermoso de, digamos, "El jardín de los cerezos"? No me digas que sí. Nadie lo ha visto. Puede que hayas visto "montajes inspirados, montajes eficaces", pero nunca algo hermoso. Nunca una versión en la cual todos los que salen al escenario estén a la altura del talento de Chéjovè, matiz por matiz, carácter por carácter."-J.D.Salinger

jueves, 12 de octubre de 2017

Elizabeth Bishop poeta también en prosa



                                                
                                                Wesley_Wehr, paleontólogo y artista 

NOTA PARA UNA EXPOSICIÓN DE WESLEY WEHR



"He visto al señor Wehr abrir su maltrecho maletín (con la cremallera rota) sobre la mesa de una cafetería llena de gente y de humo y vender sus últimas pinturas, que lleva envueltas muy cuidadosamente en plástico, antes de enmarcarse, como una baraja de cartas para hacer magia. La gente que había sentada en su mesa se quedó en silencio mirando esas pequeñas y hermosas imágenes, cargadas de espacio y de frío: la frialdad de la costa de noreste del Pacífico en invierno, su frialdad distinta en verano. Tanto espacio, tanto aire, tantas distancias y tanta soledad en esas tarjetitas planas. Una casi podría divisar la luna detrás de las nubes, pero no; la nieve se había derretido en las colinas más bajas casi hasta mostrar la hierba marchita del año anterior; la línea blanca de las olas era visible, tranquila, a kilómetros de distancia. Entonces el señor Wehr nos escamoteó aquel espacio, aquel silencio,aquella paz e intimidad y lo guardó todo de nuevo en su maletín. Una vez contó que le gustaría llevar toda una exposición en los bolsillos.


Es un gran alivio encontrarse con una obra de arte de pequeño tamaño en estos tiempos. Los chinos desenrollaban muy lentamente sus preciosos pergaminos para mostrarles sus obras a sus amigos; los persas se pasaban sus miniaturas de mano en mano; muchas de las obras de Klee o de Bissier son del tamaño de una mano. ¿Por qué en nuestro país, que tiene tanta tendencia a lo gigante, no se iban a poder producir al menos algunas obras de arte pequeñas, algunos poemas cortos, algunas piezas musicales breves (el señor Wehr fue primero compositor y creo detectar la influencia de Webern en su pintura), algunas cosas íntimas, delicadas y que hablan en vos baja en este mundo enorme y deslumbrante? Pero a pesar de su tamaño, nadie podría decir que estas obras son "menores".

El señor Wehr trabaja de noche, según me han dicho, con sus ceras y pigmentos, mientras su gato juega con los crayones haciéndolos rodar por el suelo. Pero su observación de la naturaleza siempre es precisa; las playas, las noches de luna llena, son así. Algunas obras pueden recordar a las ágatas, a la forma llamada "[ilegible]"; el señor Wehr también es coleccionista de ágatas, de toda clase de piedras, guijarros, joyas semipreciosas, almejas fosilizadas con ópalos adheridas a ellas, trozos de ámbar, conchas, ejemplos de letras escritas a mano, firmas ilegibles; todas estas cosas son capaces de abrumarnos de vez en cuando transmitiéndonos una escalofriante percepción del tiempo y del espacio.

En una ocasión me contó que Rothko lo había influido, a lo cual yo le contesté:
-Sí, pero un Rothko susurrado.
¿Quién no tiene una sensación de liberación, de paz y tranquilidad, al contemplar estos pequeños fragmentos de nuestro vasto y antiguo mundo que se puede sostener en la palma de la mano?"

Resultado de imagen de elizabeth bishop prosa vaso roto Elizabeth Bishop, Prosa, Vaso Roto Ediciones, traducción Mariano Peyrou


lunes, 26 de junio de 2017

Tobias Wolff / nieve y música




Tobias Wolff sorprende cada vez.Es un narrador nato capaz de interesar desde las primeras líneas y mantener la emoción/tensión del relato más allá del final. 
Hace magia dosificando  con sabiduría, imaginación,pensamiento,sutileza psicológica, lirismo, humor...ritmo   
Aparte de excelentes novelas como "Vieja escuela","En la corte del Faraón","Vida de este chico"..., en sus numerosos relatos  hay varios que podrían entrar en el ranking inagotable de " el mejor cuento del mundo". 
Milton Avery.


POLVO

Justo antes de Navidad mi padre me llevó a esquiar a Mount Baker. Tuvo que luchar para conseguir que le acompañara pues mi madre todavía estaba enfadada con él por colarme a un club nocturno durante su última visita, para ver a Thelonious Monk.
Él no se rindió. Prometió, con la mano en el corazón, que cuidaría de mí y me traería a casa para la cena de Nochebuena, y ella se ablandó. Pero cuando dejábamos el albergue esa mañana empezó a nevar, y él percibió en aquella nieve alguna rara cualidad que hacía necesario que esquiáramos por última vez.Esquiamos varias veces por última vez. Él era indiferente a mis quejas. La nieve se arremolinaba a nuestro alrededor en fuertes rachas cegadoras que silbaban como arena, y todavía esquiábamos. Cuando el telesilla nos llevaba una vez más a la cima, mi padre miró su reloj y dijo:-¡No puede ser! Esta vez tendrá que ser rápido.Para entonces ya no se veía la pista. Era inútil intentarlo. Me mantuve pegado a él e hice lo que él hizo y de algún modo llegué abajo sin despeñarme por un barranco. Devolvimos nuestros esquíes y mi padre puso cadenas al Austin-Healey mientras yo daba saltos de un pie a otro, me golpeaba los guantes uno contra otro y tenía ganas de estar en casa. Lo veía todo. El mantel verde, los platos con el adorno de acebo, las velas rojas esperando a que las encendieran.Pasamos delante de una cafetería cuando nos íbamos.-¿Quieres una sopa? -preguntó mi padre. Negué con la cabeza-.Anímate -dijo él-.Te llevaré. ¿De acuerdo, jefe? 
Se suponía que yo debía responder."De acuerdo, jefe",pero no dije nada.
Un guardia nos hizo seña de que paráramos al salir de la estación de esquí, donde una barrera bloqueaba la carretera. Se acercó a nuestro coche y se inclinó hacia la ventanilla de mi padre, con la cara muy pálida por el frío, copos de nieve colgándole de la cejas y del borde de piel de su chaquetón y gorra.
-No me diga...-empezó mi padre.-El guardia le dijo. La carretera estaba cerrada. Podría ser que la limpiaran, y podría ser que no. La tormenta había pillado a todo el mundo por sorpresa. Difícil que la gente se pusiera a ello. Nochebuena. Qué se puede hacer. Mi padre dijo: 
-Mire. Estamos hablando de unos doce o trece centímetros. He pasado con este coche por situaciones peores. -El guardia se estiró. No se le veía la cara, pero le podía oír. -La carretera está cerrada.Mi padre permaneció sentado con las dos manos en el volante, acariciándolo con los pulgares. Miró la barrera durante largo rato. Parecía que estaba tratando de hacerse a la idea. Luego dio las gracias al guardia y, haciendo una extraña y remilgada demostración de prudencia, hizo girar el coche. 
-Tu madre nunca me perdonará esto -dijo.-Deberíamos habernos ido esta mañana -dije yo-.Jefe. 
No volvió a hablar conmigo hasta que estuvimos en una mesa de la cafetería, esperando a nuestras hamburguesas.-No me lo perdonará -dijo él-¿Entiendes? Nunca. 
-Supongo -dije yo, aunque no ser necesitaba suponer nada. Ella no le perdonaría.- No puedo dejar que pase esto -se inclinó hacia mí-. Te diré lo que quiero. Quiero que volvamos a estar juntos ¿Es lo que quieres tú? -Sí señor. Hizo como que me pegaba con los nudillos en la barbilla. -Es todo lo que necesitaba oír. 
Cuando terminamos de comer fue al teléfono público del fondo de la cafetería , y luego se volvió a reunir conmigo en la mesa. Imaginé que había llamado a mi madre, pero no me informó de ella. Dio sorbos a su café y miró fijamente por la ventana la carretera desierta. -Vamos, vamos -dijo, aunque no a mí. Un poco después lo repitió. Cuando pasó el coche del guardia con las luces destellando, se levantó y dejó algo de dinero encima de la cuenta. Muy bien. Vámonos. [en español en el original] 
El viento había parado. La nieve caía vertical, ahora más lenta y ligera. Nos alejamos de la estación de esquí, justo hasta la barrera. 
-Quítala -me dijo mi padre. Cuando le miré, añadió-: ¿A qué estás esperando? -me bajé y empujé la barrera a un lado, luego la volví a poner después de que hubiera pasado. Me abrió la puerta-. Ahora eres cómplice -dijo-. Caeremos juntos -metió la marcha y me lanzó una ojeada-.Es broma, hijo. 
Durante el primer largo trecho yo miraba hacia atrás, para ver si el guardia nos seguía. La barrera desapareció.Luego no había más que nieve: nieve en la carretera, nieve soltada por las cadenas, nieve en los árboles, nieve en el cielo, y nuestras huellas en la nieve. Entonces miré al frente y me llevé un susto. No había huellas por delante de nosotros. Mi padre conducía sobre nieve virgen entre dos hileras de árboles. Iba tarareando "Stars Fell on Alabama". Noté que la nieve se rozaba contra el suelo del coche, bajo mis pies. Para evitar que las manos me temblaran, las metí entre las rodillas.


Mi padre gruñó pensativamente y dijo: 
-Nunca trates de hacer esto tú. -No lo haré.-Es lo que dices ahora, pero un día sacarás el carnet y entonces creerás que lo puedes hacer todo. No podrás hacer esto. Se necesita, no sé...cierto instinto. 
-Puede que lo tenga. -No lo tienes. Tienes tus puntos fuertes, claro, sólo que no éste.Lo menciono simplemente porque no quiero que te hagas la idea de que es algo que puede hacer cualquiera. Yo soy un conductor muy bueno. Eso no es una virtud ¿vale?. Sólo es lago que pasa, y deberías ser consciente de ello. Claro que hay que reconocerle el mérito a este viejo cacharro. No hay muchos coches con los que yo intentaría esto.¡Escucha! 
Escuché. Oí el chasquido de las cadenas, el ronroneo del motor. Ronroneaba de verdad. El cacharro era casi nuevo. Mi padre no podía permitírselo, y siempre prometía que lo iba a vender, pero allí estaba.-¿A dónde crees que fue el policía? -pregunté. 
-¿Estás bastante caliente? Estiró la mano y subió la calefacción. Luego apagó los limpiaparabrisas. No los necesitábamos. Las nubes se habían despejado. Unos escasos copos como plumas se movían delante y los apartábamos al pasar. Dejamos los árboles y entramos en una amplia zona de nieve que se extendía al mismo nivel durante un rato y luego bajaba bruscamente. Habían puesto a intervalos unos postes naranjas en dos líneas paralelas y mi padre se guiaba por ellos, aunque estaban lo bastante separados para que dudara mucho por dónde seguía exactamente la carretera. Mi padre volvió a tararear, improvisando pequeñas variaciones sobre la melodía. 
-Vale, entonces, ¿cuáles son mis puntos fuertes?-No hagas que empiece -respondió él-. Llevaría el día entero. -Bueno, pues dime uno. 
-Fácil.Siempre eres previsor. Cierto. Yo siempre era previsor. Era un chico que guardaba la ropa en perchas numeradas para asegurar una rotación adecuada. Molestaba a mis profesores para que dieran los deberes que había que hacer en casa por adelantado para así poder planificarme. Era previsor, y por eso sabía que habría otros guardias esperándonos al final del trayecto, si llegábamos allí. Lo que no sabía es que mi padre les rogaría y convencería para que nos dejaran pasar -no cantó un villancico, pero casi-, y llegaría a casa para la cena, ganado un poco más de tiempo antes de que mi madre  decidiera romper definitivamente. Sabía que nos atraparían;estaba resignado a ello. Y tal vez por ese motivo dejé de estar deprimido y empecé a pasarlo bien. 
¿Por qué no? Aquello era algo que merecía recordarse. Como ir en una lancha rápida, sólo que mejor.Uno no puede bajar en una lancha una cuesta. Y era toda nuestra. Y seguía y seguía: los árboles cargados de nieve, la intacta superficie de nieve, los repentinos panoramas blancos. Aquí y allá veía señales de la carretera: cunetas, cercas, postes, aunque no tantos como para que yo hubiera encontrado el camino. Pero entonces no tenía que encontrarlo. Conducía mi padre. Mi padre a los cuarenta y ocho años, con arrugas, amable, sin nada de honor, con la cara encendida de seguridad. Era un gran conductor. Todo persuasión, nada de forzar las cosas. Qué sutileza la volante, qué tacto con los pedales. Confiaba en él de verdad. Y lo mejor aún no había llegado: curvas en zigzag muy cerradas imposibles de describir. A no ser diciendo esto: si no has conducido sobre nieve en polvo, no has conducido.

Tobias Wolff,Aquí empieza nuestra historia,Alfaguara,2009

viernes, 7 de abril de 2017

Sir Howard Hodgkin pintor


                                                  

Howard Hodgkin ha muerto recientemente en Londres donde había nacido en 1932. Era uno de los grandes artistas contemporáneos ingleses -para algunos el mejor de ellos- junto con Francis Bacon,David Hockney, R.B.Kitaj, Leon Kossoff, Frank Auerbach... 
Pertenecía a una familia emparentada con personalidades de las ciencias, las letras o las artes ,como Thomas Hodgkin, los Huxley o Roger Fry, el gran   crítico de arte especialista en pintura francesa que en 1910 utilizó por primera vez el término posimpresionismo para la pintura de Cézanne, Gauguin y Van Gogh... 
Ante la amenaza de Hitler en 1940, junto a su madre   y su hermana se trasladaron a Nueva York y permanecieron en EE.UU hasta 1948. De nuevo en Inglaterra un familiar rico le pagó los estudios en  el exclusivo Eton, pero Hodgkin decidió abandonarlo para más tarde entrar en una escuela de arte. En 1952 hizo su primera exposición e inició sus viajes a la India.
              Howard Hodgkin, Cena en el Palazzo Albrizzi,1984 ól/tabla,117x117 cm




                                   

La pintura de Hodgkin enlaza  con la tradición francesa  de Degas, Bonnard, Vuillard, Matisse...y está influenciada por el color  de la India que visitó muchas veces y  cuyas miniaturas coleccionaba.
Fue evolucionando a partir de los  años cuarenta, desde una pintura figurativa aunque poco naturalista, con figuras y objetos de perfiles negros marcados como los emplomados de las vidrieras medievales, hasta que -pasando por las influencias del expresionismo abstracto estadounidense y por elementos del pop tan temprano en Londres- llegó en los años setenta  a un estilo definitivo de abstracción con intenso colorido y alusiones figurativas para expresar  la visión interior de percepciones,  recuerdos y  emociones. 
En tiempos  en que lo vanguardista son las tendencias conceptuales, Hodgkin muestra su inconformismo, una vez más, como en la vida, decantándose por la pintura-pintura, intimista, de pequeño formato, que pudo parecer solo decorativa pero en la que los críticos valoran un hondo significado plástico y poético.En 1984 representó a Gran Bretaña en la Bienal de Venecia y en 1985 recibió el prestigioso premio Turner.  
Dice de sí mismo que es un pintor figurativo pero no de las apariencias , que lo que representa son emociones. Y de él se ha dicho que pinta situaciones emocionales como Cézanne pintaba manzanas.   
                     
Abandonó el lienzo por la madera como soporte y a diferencia de sus contemporáneos respecto al  acrílico se mantuvo fiel al óleo mostrando un gran dominio de la técnica de veladuras, transparencias y   empastes  cargados de materia saturada y luz haciendo destellar los colores como joyas en un espacio plano. 
Practica un intimismo que rechaza lo retórico y  lo grandioso porque cree que los temas pueden encontrarse en lo ordinario, en la vida cotidiana, que no tienen que plantear siempre dilemas políticos o morales.  
El resultado es una pintura abstracta salpicada de datos figurativos transformados, "representaciones de situaciones emocionales"puntualizaba el pintor y que analiza con precisión en El impacto de lo nuevo,Robert Hughes centrándose en la pintura En la bahía de Nápoles:
                       
                                            "En la bahía de Nápoles" , 1980-82, 
"se presenta como una suave colmena de manchas de colores que florecen y titilan en hileras, sobre un suelo oscuro. ¿ventanas iluminadas? ¿Guirnaldas de luces de los restaurantes? ¿El panorama desde una terraza? Entonces van apareciendo cosas más específicas: una vertical rosa, una mancha que se convierte en una pared estucada; un manchón de cobalto en el centro, donde estaría el punto de fuga si existiera alguna perspectiva, se resuelve como un atisbo del mar; la S de pintura verde cremosa que ilumina todo el cuadro con su resplandor contradictorio, y choca contra el más tentativo y modulado salpicado del resto de la superficie, es la estela de una lancha rápida, dejando su rastro fosforescente en el agua nocturna."
               Resultado de imagen de dibujo del pintor  Hodgkin            
                                                         El estilo   puede resultar engañoso pero Hodgkin no improvisa, no tiene nada de naif, "se crió entre bibliotecas y jardines", recuerda Hughes, que alude a la formación y complejidad que hacen de él un artista sumamente refinado y a que si sus superficies pueden parecer torpes se debe a algo buscado y alaba su inmenso talento como colorista que se desborda a menudo hasta los marcos...

sábado, 24 de diciembre de 2016

Un cuento de Navidad/Anton Chéjov



Con los escritos  en los últimos años (1894-1903) finaliza Cuentos completos, la edición en cuatro tomos de la obra narrativa de Chéjov. De todos los cuentos.En torno a  600, una parte importante de los cuales nunca se habían publicado en español. Cerca de cinco mil páginas. La ardua labor emprendida por el editor, traductor y escritor Paul Viejo nace de la fascinación  que le produjo el autor ruso en la adolescencia cuando leyó La dama del perrito y fue consciente de que el relato contenía más de lo que le llegaba traducido: " fue Chéjov el culpable de que estudiara filología eslava". 
Entre los traductores está el editor, Paul Viejo,  y  Victor Gallego Ballestero -premio nacional de traducción y  autor de  una versión memorable  de La dama y el perrito, -precisamente-, en Alba.  EN FIESTAS,  un relato breve y desolador. Chéjov refleja aspectos de la sociedad rusa contemporánea que necesitaban  ser cambiados con urgencia,  el analfabetismo, la situación de la mujer... 
A pesar de la aparente sencillez y de no ser uno de sus cuentos nombrados, es de una perfección  chejoviana: el escritor toma  fragmentos de   vidas y teje  con compleja sutileza una totalidad, mucho más de lo que dice de manera explícita. 
El cuento fue publicado en enero de 1900 y Chéjov era hacía mucho un maestro inimitable. La traducción en este caso es de   E. Podgursky.
                  El Mundo, dic 2016,Cosas de Anton Chéjov





EN FIESTAS



- ¿Qué hay que escribir?- preguntó Yegor, mojando la pluma en la tinta.
Hacía ya cuatro años que Vasilisa no había visto a su hija Efimia. Esta, después de la       boda, se había marchado con su marido a Petersburgo, desde donde envió dos cartas, no volviendo a recibirse más noticias de ella. La vieja, tanto al amanecer, mientras ordeñaba la vaca, como cuando encendía la estufa, o por la noche al dormitar, estaba siempre pensando en lo mismo: en si su Efimia vivía o no. Había que ponerla una carta, pero el viejo no sabía escribir y no tenía a quién pedir que lo hiciera por él.
He aquí, sin embargo, que llegaron las fiestas, y Vasilisa, incapaz de aguantar más tiempo, se fue a la taberna en busca de Yegor, el hermano del dueño, que de vuelta del servicio se pasaba allí el día de brazos cruzados y del que se decía sabía escribir cartas si se le pagaba bien.Cuando Vasilisa entró en la taberna se puso primeramente a charlar con la cocinera, luego con el ama y por último con el propio Yegor. La escritura de la carta quedó ajustada en quince kopeks. Ahora (esto ocurría en el segundo día de fiestas) en la taberna se hallaba sentado Yegor con la pluma en la mano, y ante él, Vasilisa, pensativa y con rostro afligido y preocupado. Junto a ella estaba Piotr, su viejo, hombre extremadamente alto y delgado, de calva color marrón.Este, inmóvil, miraba fijamente ante sí, como un ciego. Sobre el fogón, en una cazuela, se asaba carne de cerdo entre chasquidos y resoplidos que parecían emitir este sonido: "Flu,flu, flu"...La atmósfera era sofocante.
- ¿Qué hay que poner? -preguntó de nuevo Yegor.
-¿Cómo? -dijo Vasilisa, mirándole con enfado y recelo -.No me metas prisa. ¡No me estás escribiendo gratis!...Bueno...,escribe..."A nuestro amable yerno Andréi Jrisanfich y a nuestra única y amada hija Efimia Petrovna, enviamos un saludo profundo y cariñoso y nuestra bendición paternal".
-Bien...Siga. -
Al mismo tiempo les felicitamos por la Navidad. Nosotros nos encontramos en buena salud, lo que también deseamos les conceda el Señor Todopoderoso...
Vasilisa meditó un momento y cambió una morada con el viejo.
-...que también deseamos les conceda el Señor Todopoderoso -repitió, echándose a llorar.
No pudo decir más. Antes, cuando pensaba sobre ello por las noches, le parecía que lo que tenía que decir no podía caber ni en diez cartas...¡Mucho tiempo había pasado desde que la hija se marchó con su marido!...¡Mucha agua había llevado el río!...Los viejos, como huérfanos, se pasaban las noches suspirando profundamente, como si la hija estuviera enterrada. Sin embargo,durante ese tiempo...¡cuántos acontecimientos de todas clases...,cuántas bodas y muertes había habido en el pueblo!...¡Qué largos inviernos!...¡Qué largas noches!...
-¡Hace un calor! -dijo Yegor desabrochándose el chaleco- ¡Estaremos lo menos a setenta grados!...¿Qué más?
Los viejos callaban.
-¿En qué se ocupa tu yerno? -preguntó Yegor.
-Antes era soldado, como sabes padrecito. Hicisteis juntos el servicio. Era soldado, pero ahora está colocado en Petersburgo, en un establecimiento de aguas. Allí el médico cura a los enfermos con agua, y él en su casa está de portero.
-Míralo puesto aquí -dijo la vieja sacándose una carta del pañuelo-. Es de Efimia y la recibimos, ¡sabe Dios cuánto tiempo hace! ¡Puede que ni viva ya!...
Yegor, tras un momento de meditación, se puso a escribir deprisa:
"En la actualidad, cuando la suerte le destina a cumplimentar el servicio militar, le recomendamos consulte el reglamento de penas pecuniarias y el código del ejército, por cuyas letras podrá apreciar la cultura de los miembros del Ministerio de la Guerra".
Mientras escribía iba leyendo en vos alta lo escrito, en tanto en que Vasilisa pensaba en que había que decir algo de la gran pobreza por la que habían pasado el año anterior y de que habían tenido que vender la vaca. Había también que pedir dinero, que decir que el viejo estaba enfermo y seguramente se moriría pronto...; pero ¿cómo expresar en palabras todo esto?...¿Qué era lo que había que decir primero y lo que había que decir después?
-"Ponga atención en la lectura del quinto tomo del reglamento militar- proseguía escribiendo Yegor-.Soldado es nombre célebre, a todos común. Lo mismo se llama soldado el primero de los generales que el último de las filas".
El viejo movió los labios y dijo lentamente:
-Quisiera conocer a los nietecillos.
-¿Qué nietecillos? -preguntó la vieja mirándole enfadada-.¡A lo mejor no los hay!
-¿Nietecillos?...¡O a lo mejor sí los hay!...¡Eso quien va a saberlo!...
-"Ello le permitirá apreciar cuál es el enemigo exterior y cuál en interior. El principal enemigo interior es Baco".
La pluma chirriaba trazando sobre el papel unas filigranas en forma de ganchos de pesca. Yegor escribía sin prisa, releyendo después varias veces cada renglón. Satisfecho, sano, carirredondo, roja la nuca y sentado despatarrado en el taburete ante la mesa representaba la encarnación de una vulgaridad brutal, vanidosa e invencible, orgullosa de haber nacido y de haberse criado en una taberna.
Vasilisa no comprendía claramente, pero no podía expresarlo con palabras, teniendo que limitarse a observarle irritada y recelosa. Su voz, sus frases incomprensibles, el ambiente sofocante, le daban dolor de cabeza y embrollaban sus pensamientos. Ya no decía ni pensaba nada y esperaba solamente a que Yegor terminara de hacer chirriar su pluma, en tanto que la mirada del viejo revelaba una plena confianza.Tenía fe en la vieja, que le había llevado allí, y en Yegor, y antes, al mencionar el establecimiento balneario, podía verse que tenía fe en dicho establecimiento balneario, podía verse que tenía fe en dicho establecimiento y en las propiedades curativas de su agua. Cuando terminó de escribir, Yegor se levantó y leyó la carta desde el principio hasta el fin. El viejo, sin comprender nada, asentía con la cabeza, lleno de confianza.
-No está mal...Ha salido de corrido. No está mal.
Tras depositar sobre la mesa tres monedas de a cinco kopeks, abandonaron la taberna. El viejo fijaba ante sí una mirada inmóvil, como la de un ciego, plenamente confiado el rostro, mientras Vasilisa, al salir de la taberna, espantaba enfadada a un perro, diciendo:
.¡Uuuuu!...¡Maldito!
La vieja se pasó la noche en vela. Torturada por sus cavilaciones, se levantó al amanecer y tars decir sus oraciones se fue a la estación a echar la carta.
Tenía que recorrer once verstas.


                                                                       II
El establecimiento balneario dirigido por el doctor B.O.Moselveiser estaba abierto el día de Año Nuevo, igual que cualquier otro; pero el portero Andréi Jrisanfich estrenaba galones en el uniforme, brillaban sus zapatos de un modo especial y felicitaba la entrada de año a cuantos venían, deseándoles mucha suerte.
Era por la mañana. En pie, junto a la puerta, Andréi Jrisanfich leía el periódico. A las nueve en punto hizo su aparición la figura familiar del general, uno de los clientes habituales, y tras él, el cartero.
Andréi Jrisanfich despojó al general de su capote y dijo:
-¡Feliz Año Nuevo! ¡Muchas felicidades excelencia!
-Gracias, amigo. Igualmente.
Luego, el general, mientras subía por la escalera, señalando a una puerta preguntó:
-Y en esa habitación, ¿qué hay? -siempre preguntaba lo mismo, olvidando inmediatamente la respuesta.
-Es el gabinete de masaje, excelencia.
Cuando los pasos de este se desvanecieron, Andréi Jrisanfich, echando una mirada al correo recién llegado, encontró una carta a su nombre. Después de abrirla y de leer unos cuantos renglones, despacio y con los ojos siempre en el periódico, se dirigió a su habitación, situada allí mismo, a un extremo del pasillo. Efimia, su mujer, sentada sobre la cama daba de mamar a un niño. Otro, algo mayor, junto a ella, apoyaba la cabeza en sus rodillas, mientras un tercero dormía sobre la cama.
Andréi entró en la habitación y entregó a su mujer la carta con estas palabras:
-Seguramente es de la aldea.
Luego volvió a salir, y sin apartar los ojos del periódico se detuvo en el pasillo,a poca distancia de la puerta. Podía oír la voz temblorosa de Efimia leyendo los primeros renglones. Leyó estos y no pudo seguir. La bastaban aquellos renglones...Echándose a llorar y cogiendo entre sus brazos a su hijo mayor, empezó a besarle y a decirle, sin que él pudiera comprender si lloraba o reía:
-¡Es de la abuela y del abuelo!...¡De la aldea!...¡Virgen Santísima!...¡La de nieve que habrá allí ahora!...¡Los árboles se ponen blancos, blancos!...¡Los niños se pasean en unos trineos chiquititos, y el abuelo, calvito, se estça sentado en la yacija, al lado de la estufa..., y el perrito amarillo...¡Amados míos!...¡Queridos!...
Andréi Jrisanfich recordó en este momento que su mujer le había dado dos o tres veces cartas rogándole que las enviara a la ladea; pero unas veces por unas cosas y otras por otras, nunca había podido hacerlo. Las cartas que no había mandado se habían extraviado por alguna parte.
-¡Por el campo corren liebres chiquititas!...proseguía Efimia, inundada de lágrimas y besando a su niño-. ¡El abuelo es muy bueno y muy tranquilo y la abuela también es muy buena!...¡En la aldea toda la gente es de corazón y tiene temor de Dios!...¡Allí hay una iglesia pequeñita y los campesinos cantan!...¡Si nos llevaras allí, Virgen Santísima, protectora nuestra!...
Mientras no venía nadie, Andréi Jrisanfich volvió a entrar en su habitación a fumar, y Efimia, de repente, se calló y se secó los ojos. Solo sus labios temblaban. Tenía mucho miedo a su marido. La mirada de este, sus paseos, la estremecían, llenándola de espanto. ante él no se atrevía a pronunciar ni una sola palabra.
Andréi Jrisnfich había empezado a fumar; pero precisamente en aquel instante, sonó el timbre. Apagó el cigarrillo y, poniendo un rostro grave, corrió hacia la puerta de entrada.
Del piso superior, sonrosado y fresco por el baño, bajaba el general.
-Y en esta habitación...¿qué hay? -preguntó, señalando a una puerta.
Andréi Jrisanfich, cuadrándose, dijo en voz alta:
-¡La ducha sharko, excelencia!




Los cuatro tomos de Cuentos completos publicados por Páginas de Espuma:
Cuentos completos [1880-1885],2013

Cuentos completos [1885-1886],2014
Cuentos completos [1887-1893],2015
Cuentos completos [1894-1903], 2016


Relacionado :
Anton Chéjov un compromiso moral

martes, 27 de septiembre de 2016

¿Leer a Franz Kafka hace más inteligente?




En 1919  se publicaron catorce narraciones breves de Franz Kafka  bajo el título  Un médico rural. Estaban  escritas con el lirismo seco, la ironía y el humor soterrados pero evidentes de su estilo conciso y exacto y usando simultáneamente distintos grados de realidad. 
Son historias alucinadas con  la perturbadora lógica de los sueños   que no parece pudieran ser  del agrado del severo progenitor, tal como nos lo hizo imaginar.  Por ello sorprende la dedicatoria: "A mi padre", el mismo año que escribe Carta al padre tan llena de reproches y amargura.
Como si Kafka pretendiera dilatar las capacidades cognitivas paternas para ser mejor comprendido, adelantándose a las universidades de California en Santa Bárbara y a la Británica de Columbia que, como publicó la prensa en su día,  tras una investigación rigurosa encontraron que la lectura de Un médico rural volvía más inteligentes a los lectores. Porque "cuando estamos expuestos a algo que básicamente no tiene sentido nuestro cerebro va a responder en busca de otro tipo de estructura". 
                                         La Razón,20 mayo 2010:
                                         Por qué leer a Kafka te hace más inteligente


Egon Schiele, h 1917


Un médico rural

Me hallaba en un gran aprieto:tenía que hacer un viaje urgente; un enfermo grave me esperaba en una aldea a diez millas de distancia; una fuerte tempestad de nieve llenaba el amplio espacio que mediaba entre él y yo; disponía de un coche ligero de grandes ruedas, exactamente idóneo para nuestras carreteras comarcales; enfundado en mi abrigo de piel,con el maletín de instrumentos en la mano, me hallaba listo para partir, en el patio;pero el caballo faltaba, el caballo. El mío había muerto la noche anterior debido al esfuerzo excesivo desplegado aquel gélido invierno; mi criada recorría ahora la aldea para conseguir un caballo prestado; pero no había esperanzas , yo lo sabía, y cada vez más agobiado por la nieve, cada vez más inmovilizado, aguardaba allí inútilmente.
En el portón apareció la muchacha, sola, y agitó la linterna; claro está ¿quién iba aprestar su caballo a esa hora para semejante viaje? Volví a atravesar el patio; no veía salida alguna; distraído, atormentado, golpeé con el pie la desvencijada puerta de la pocilga, que no se utilizaba desde hacía años. Se abrió y tableteó girando en sus goznes. Escapó una vaharada  de calor y cierto olor a caballo. Una débil linterna de establo oscilaba dentro, colgada de una cuerda. Un hombre acurrucado en el pequeño cobertizo mostró su rostro despejado, de ojos azules. "¿Quiere que enganche los caballos?", preguntó saliendo a gatas. Yo no supe qué decir y me incliné para ver que más había en el establo.La criada estaba de pie a mi lado. "Uno nunca sabe qué cosas tiene en su propia casa", dijo,y los dos nos reímos. "¡Hola, hermano; hola, hermana!", dijo el mozo de cuadra, y dos caballos, dos poderosos animales de potentes flancos, agachando como camellos las bien formadas cabezas, con las patas muy pegadas al cuerpo, salieron uno tras otro impulsados por la sola fuerza  de las ondulaciones de su tronco a través del vano de la puerta, que llenaron por completo.Y en el acto se irguieron sobre sus largas patas, exhalando un vapor denso de sus cuerpos. "Ayúdalo", dije, y la dócil muchacha se apresuró a alcanzar al mozo el atelaje del coche. pero en cuanto llega a su lado, el mozo la abraza y pega su cara a la de ella. La joven lanza un grito y busca refugio a mi lado; en la mejilla tiene dos hileras de dientes marcadas en rojo."¡Animal!", grito yo enfurecido, "¿quieres látigo?", pero en seguida recuerdo que es un extraño, que no sé de dónde viene y que me está prestando su ayuda espontáneamente cuando todos los demás me fallan. Como si leyera mis pensamientos, no me toma a mal la amenaza, sino que , sin dejar de ocuparse de los caballos, se vuelve una sola vez hacia mí."Suba", dice luego, y, en efecto, todo está listo. Me doy cuenta de que nunca he viajado en un tiro más hermosos y me subo muy contento. "Pero yo conduciré, tú no conoces el camino", digo. "Por supuesto", dice él, "yo no iré con usted, me quedaré con Rosa." "No", grita Rosa y se precipita hacia la casa con presentimiento cierto de la ineluctabilidad de su destino, oigo tintinear la cadena de la puerta, que ella echa; oigo el clic de la cerradura; veo cómo además  va apagando todas las luces del vestíbulo y las habitaciones para hacerse ilocalizable. "Tú vienes conmigo",le digo al mozo, " o renuncio al viaje, por muy urgente que sea. No pienso pagarlo dejándote la muchacha a cambio." "¡Arre!", dice él dando una palmada; el coche es arrastrado como un tronco en la corriente; aún oigo como la puerta de mi casa cede y se astilla bajo la embestida del mozo, luego mis ojos y oídos se llenan de un zumbido que invade uniformemente todos mis sentidos. pero esto también dura solo un instante, pues como si el patio de mi enfermo se abriese justo ante el portón de mi patio, ya estoy ahí; quietos se quedan los caballos; la nevada ha cesado; la luz de luna alrededor; los padres del enfermo salen precipitadamente de la casa; la hermana los sigue;me bajan casi en volandas del coche; no saco nada en claro de sus confusos parlamentos; en la habitación del enfermo el aire es irrespirable; la estufa descuidada humea; voy a abrir la ventana; pero antes quiero ver al enfermo.
                                                                Dibujos de Kafka
Enjuto, sin fiebre, ni frío ni caliente, vacíos los ojos, sin camisa, el joven se incorpora bajo el edredón de plumas, se abraza a mi cuello y me susurra al oído: "Doctor, déjeme morir".Miro a mi alrededor; nadie lo ha oído; los padres, mudos e inclinados hacia adelante, aguardan mi dictamen; la hermana ha acercado una silla par mi maletín. Abro el maletín y hurgo entre mis instrumentos; desde la cama, el joven no para de tender las manos hacia mí para recordarme su petición; yo cojo unas pinzas, las examino a la luz de la vela y vuelvo a guardarlas. "Sí", pienso blasfemando, "los dioses ayudan en casos semejantes, envían el caballo que falta, dada la prisa añaden incluso un segundo caballo,y, por si fuera poco, conceden también un mozo de cuadra." Solo entonces vuelvo a pensar en Rosa. ¿Qué hacer? ¿Cómo salvarla? ¿Cómo sacarla de debajo de ese mozo de cuadra estando a diez millas de ella, con unos caballos indómitos enganchados a mi coche? Y ahora esos caballos, que de algún modo han aflojado las riendas, de golpe abren desde fuera, no sé cómo, las ventanas, mete cada uno la cabeza por una, y observan al enfermo, impertérritos ante el griterío de la familia. "Regresaré ahora mismo", pienso,como si los caballo me invitasen a viajar, pero permito que la hermana que me cree aturdido por el calor, me quite el abrigo de piel. Me preparan una copa de ron, el viejo meda palmaditas en el hombro, como si el ofrecimiento de su tesoro justificara esa familiaridad. Yo niego con la cabeza; las pocas luces del anciano hacen que me sienta mal; solo por esa razón rechazo la bebida. La madre está junto a la cama y me atrae hacia allí; yo obedezco, y mientras uno de los caballos lanza un fuerte relincho hacia el techo de la habitación, pego la cabeza la pecho del muchacho, que se estremece bajo mi barba mojada. Se confirma lo que sabía: el muchacho está sano, con la irrigación sanguínea algo mala, saturado de café por su solícita madre, pero sano, y lo mejor sería sacarlo de la cama de un empujón. Como no aspiro a reformar el género humano, lo dejo ahí echado. He sido contratado por la autoridad del distrito y cumplo con mi deber hasta el límite, hasta un extremo casi excesivo. Aunque mal pagado, soy generoso y trato de ayudar a los pobres. Todavía he de ocuparme de Rosa, y puede que el joven tenga razón y también yo quiera morir. ¿Qué hago aquí, en este invierno interminable? Mi caballo reventó, y en el pueblo no hay nadie que me preste el suyo. He de sacar mi tiro de la pocilga; si por casualidad no fueran caballos, tendría que enganchar cerdos. Así es. Y con la cabeza hago una señal a la familia. No saben nada de todo esto, y si lo supieran , no se lo creerían.Escribir recetas es fácil, pero entenderse con la gente es en general difícil. Pues bien, mi visita ha llegado a su fin; una vez más me han vuelto a molestar inútilmente, ya estoy acostumbrado, con ayuda de mi campanilla de noche el distrito entero me martiriza, pero el que esta vez haya debido, además, sacrificar a Rosa, esa hermosa muchacha que ha vivido años en mi casa sin que yo la prestara casi atención...es un sacrificio demasiado grande, y de algún modo tendré que emplear toda suerte de argucias para de momento asimilarlo, para no arremeter contra esta familia, que ni con la mejor buena voluntad podrá devolverme a Rosa. Pero cuando cierro el maletín y hago un gesto para que me alcancen mi abrigo de piel mientras la familia está reunida, el padre olisqueando la copa de ron que tiene en la mano, la madre bañada en lágrimas y mordiéndose los labios, probablemente decepcionada por mí -¿qué espera en el fondo la gente?-, y la hermana agitando una toalla ensangrentada, de algún modo estoy dispuesto a admitir, si fuera necesario,que el joven acaso esté enfermo. Me acerco a él, me sonríe -¡ah!, ahora relinchan los caballos; en las altas esferas deben haber decretado, sin duda, que el ruido facilita el reconocimiento médico-, y me doy cuenta, ahora sí, de que el muchacho está enfermo. En su costado derecho, en la zona de la cadera, se ha abierto una herida grande como la palma de la mano. Rosada, con muchos matices, oscura en lo más profundo, más clara hacia los bordes, suavemente granulada, con la sangre distribuida irregularmente, abierta como una mina en pleno día. Tal es su aspecto a distancia. De cerca aparece una nueva complicación. ¿Quién podría mirarla sin dejar escapar un silbido? Unos gusanos del largo y grosor de mi dedo meñique, rosados de por sí y salpicados además de sangre, se retuercen  en el interior de la herida, buscando la luz con sus cabecitas blancas y un sinnúmero de patitas. Pobre muchacho, ya nada puede hacerse. He descubierto tu gran herida; esta flor en tu costado acabará contigo. La familia está feliz, me ve en acción; la hermana se lo dice a la madre, la madre al padre, el padre a algunos invitados que, manteniendo el equilibrio con los brazos extendidos, entran de puntilla por el claro de luna de la puerta abierta. 
                                                                   
"¿Me salvarás?", susurra el joven sollozando, totalmente deslumbrado por la vida de su herida.Así son las gentes de mi comarca. Exigen siempre lo imposible al médico. Han perdido la antigua fe; el cura se queda en casa y deshilacha una tras otra las casullas; pero el médico ha de conseguirlo todo con su tierna mano quirúrgica. Bueno, como queráis: no soy yo quien se ha ofrecido; si me utilizáis con fines sagrados, también lo consentiré; ¡qué más querría yo, viejo médico rural al que han arrebatado su criada!Y entonces vienen la familia y los ancianos del pueblo y me desvisten; un coro escolar con el maestro a la cabeza se instala ante la casa y canta una melodía sumamente sencilla con la siguiente letra: 
¡Desnudadlo y curará,/y si no cura matadlo!/ Solo es un médico, un médico nada más. 
Ya estoy desvestido, y con los dedos en la barba y la cabeza gacha, observo muy tranquilo a la gente. Estoy completamente sereno, con pleno dominio de la situación, y así permanezco, pero de nada me sirve, pues ahora me cogen por la cabeza y los pies y me llevan a la cama. Me acuestan contra la pared, al costado de la herida. Luego salen todos de la habitación; la puerta se cierra; el canto enmudece; unas nubes cubren la luna; la ropa de cama me envuelve cálidamente; como sombras oscilan las cabezas de los caballos en el vano de las ventanas. "¿Sabes?", oigo que me dicen al oído, "tengo poca confianza en ti. A ti también te han arrojado aquí desde algún sitio, no has venido por tu propio pie. En vez de ayudarme, estrechas todavía más mi lecho de muerte. Me encantaría arrancarte los ojos." "Así es", digo yo, "es una ignominia. Pero resulta que soy médico. ¿Qué puedo hacer? Créeme, yo tampoco lo tengo fácil." "¿Y quieres que me conforme con esta disculpa? ¡Ah, me temo que sí! Siempre debo conformarme. Con una hermosa herida vine al mundo:esa fue toda mi dote." "Joven amigo, digo yo, "tu fallo es no tener una visión de conjunto. Yo, que he estado en habitaciones de enfermos en varias leguas a la redonda, te digo: tu herida no es tan mala. Te la hicieron con dos golpes de azadón en ángulo agudo. Muchos ofrecen el costado y apenas si oyen el azadón en el monte, y menos aún cuando se les acerca." "¿Es realmente así o me engañas en el delirio de la fiebre?" "Así es realmente, acepta la palabra de honor de un médico oficial". Y guardando silencio la aceptó.Pero ya era hora de pensar en mi salvación. Los caballos aún seguían fielmente en sus puestos. En un instante recogí la ropa, , el abrigo de piel y el maletín; no quise perder tiempo vistiéndome; si los caballos corrían tanto como en el viaje de ida, saltaría en cierto modo de esta cama a la mía. Obediente, uno de los caballos se apartó de la ventana; arrojé el fardo al carruaje; el abrigo de piel voló demasiado lejos, quedó sujeto a un gancho solo por las mangas. Suficiente. Monté de un salto a uno de los caballos: las riendas sueltas, un caballo apenas enganchado al otro, el carruaje detrás dando tumbos, y, por ultimo, el abrigo de piel arrastrándose sobre la nieve. "¡Arre!, dije, pero no hubo galope, lentamente, como ancianos, echamos a andar por el desierto de nieve; largo rato sonó tras de nosotros el nuevo pero errado canto de los niños: 
¡Alegraos pacientes,/ os han metido al médico en la cama! 
A este paso nunca llegaré a casa; mi floreciente consulta está perdida; un sucesor me roba, pero en vano, pues no puede sustituirme; en mi casa el repugnante mozo de cuadra hace estragos; Rosa es su víctima; no quiero ni pensarlo. Desnudo, expuesto a la helada de esta época aciaga, con un carruaje terrenal y unos caballos no terrenales, vago por los campos, yo, un hombre viejo.Mi abrigo de piel cuelga detrás del carruaje, pero no puedo alcanzarlo y nadie entre la turba movediza de los pacientes mueve un dedo. ¡Engañado!¡Engañado! Una vez que se ha seguido la falsa llamada de la campanilla nocturna...ya nada puede hacerse.


Franz Kafka, Narraciones y otros escritos, Galaxia Gutenberg,2003







viernes, 20 de mayo de 2016

TOBIAS WOLFF un cuento





capacidad analítica afilada observación ironía finura psicológica uso magistral del ritmo narrativo y del potencial expresivo del  lenguaje talento...con ese material hace sus cuentos y en ellos introduce un relámpago de ingenio un plus un giro imprevisto o un juego de imágenes o de pensamiento -o una conversación paralela de seducción  con alusiones  irreverentes a Freud... 


                     alex katz, brooklyn 1927 



Reducida a Huesos

  

Tenía una cita en una funeraria y estaba inquieto por marcharse. Su madre agonizaba, allí en su propia cama, como había querido, con él atendiéndola. Le había dado un poco de hielo . Era la única cosa que podía hacer ya por ella. Parecía que estaba dormida otra vez, Pero se obligó a esperar un poco más antes de marcharse.



Se acomodó en el sofá en que había estado durmiendo y volvió a hojear uno de los álbumes de fotos de su madre. Aquél había sido su favorito cuando era niño, porque presentaba a su madre cuando era pequeña, en un mundo sepia con vestidos de los años veinte, trajes de baño con volantes y automóviles de turismo Franklin. Allí estaba de primera comunión, la viva imagen de la hija de él. El parecido le produjo nostalgia; aquello quedaba tan cerca. Su madre miraba hacia el cielo en una pose de untuosa reverencia probablemente dictada por su padre, pues ni la unción ni la reverencia formaban parte de su carácter. Siempre trató los arrebatos de fe religiosa de él con evidente desconcierto.

Y aquí un poco mayor en la popa de un barco, flanqueada por su frágil madre de rostro dulce y su padre, un hombre bajo con uniforme de la marina, los brazos cruzados sobre el pecho. Un gilipollas completo. Pedante, incansable, mezquino, matón. Cuando murió su madre la hizo dejar de estudiar y la convirtió en esclava de la casa. Se escapó a los diecisiete años, después de que su padre disparase con una pistola a un chico escondido en el jardín de atrás, que esperaba a que ella saliera a escondidas. Hablaba de él muy pocas veces, y cuando lo hacía tensaba los labios. En su entierro ella tenía una expresión de extraña frialdad inflexible, casi de triunfo. ¿Por qué había ido?  ¿Sólo para estar segura?


Ah, aquella, la mejor, con su madre de pie delante de una larga tabla de surf clavada en la arena de Waikiki Beach, el propio Duke  Kahanamoku le había enseñado a cabalgar las olas. Era esbelta, encantadora y posaba de cara a la cámara con una bravuconería que le hizo mirar con atención. Aquella era su madre, la gran amiga de su juventud.

Iba a llegar tarde a su cita. Era viernes por la tarde, y si no iba ahora tendría que esperar hasta el lunes. La idea de no llegar a tiempo le hizo sentir una especie de pánico. Se paró delante de su madre y miró su fino pelo blanco, una bruma sobre su cráneo. Los hombros le subían y bajaban con su respiración rasposa y superficial. Él le susurró algo. Esperó, volvió a susurrar. Nada.


Al salir se detuvo en la habitación de las que la atendían y pidió a Feliz, la joven que estaba ahora, que entrara de vez en cuando y le diera a su madre unos trocitos de hielo si despertaba antes de que él volviese. Ella se mostró de acuerdo, pero él notó que le molestaba. Era nueva le daba miedo el consumido cuerpo de la madre, como le pasaba a él; había visto lo intimidada que estaba aquella mañana cuando los dos le pasaron la esponja, y supuso que ella había visto que también lo estaba él.

   -Por favor -dijo-. No estaré mucho fuera.
   -Bien, vale -dijo ella, pero no quiso encontrarse con la mirada de él.
Dios, era agradable salir de allí; poner en marcha el Miata color rojo pirulí que había alquilado y salir disparado del aparcamiento, con el sol en la cara. En la agencia de viajes donde había sacado el billete para el vuelo a Miami le habían conseguido un Buick sedán de tamaño mediano a precio de saldo, pero en cuanto salió de la terminal al cálido crepúsculo le dominó la idea de un descapotable; y cuando volvió dentro y la guapa latina del mostrador mencionó que tenía un Miata disponible, lo alquiló sin dudarlo, aunque era absurdamente caro y, dada la ocasión, quizá un poco llamativo.

Antes nunca había conducido un coche deportivo. Disfrutó yendo cerca de la carretera y abierto al cielo, notando el aterciopelado aire del mar envolviéndole. Durante las horas dentro del apartamento en sombra, con olor a lavanda, fue consciente del coche que tenía fuera y la idea le gustaba.


No había mucho que le gustase, y menos que nada todas aquellas largas horas como inútil testigo potencial de la agonía de su madre; no era capaz de tener contacto con ella, no sabía qué hacer o decir. Nada de aquello era como él esperó: los dos recordando los viejos tiempos mientras las sombras se alargaban, recuperando su camaradería, suprimiendo la cautela que en cierto modo se interpuso entre ellos. Trató de superarla: habló exultante de su mujer e hijos, mientras se daba perfecta cuenta de que ella estaba más allá de la curiosidad, si es que le entendía algo. Y habló, sabía, para apagar los esfuerzos para respirar de ella, para llenar la propia cabeza con el sonido de una conversación normal y distraerse de su impaciencia porque se acercara el final, por el bien de ella, trató de creer; para liberarla.


Sintió que le había tocado un papel un tanto rastrero, como cuando registró el apartamento en busca de las joyas de ella. Lo había hecho después de que el encargado de una funeraria le dijera que otras personas con acceso a ellas -cuidadoras, personal del edificio- podrían hacerse con las joyas si no las encontraba él primero. "Pasa todo el tiempo", dijo tristemente el hombre. Era un trajín macabro, revolver a todos los cajones y armarios mientras su madre yacía hecha un ovillo en la cama. De vez en cuando él se sobresaltaba y quedaba inmóvil como un ladrón, con la mano en el bolsillo de un abrigo, debajo de una pila de jerséis, conteniendo la respiración. Todo estaba allí, todas las cosas que recordaba, en cualquier caso, y nada de aquello era digno de un robo; tal vez su hija pudiera usar algo para jugar a vestirse de manera elegante. Y se había dado a sí mismo otra razón más para sentirse moralmente empequeñecido por las mujeres mal pagadas que cuidaban de su madre y la querían, y ahora simplemente la lloraban en vano.


La funeraria estaba sólo a unas cuantas manzanas de distancia. Era la cuarta que había decidido ver. Buscaba lo más básico: incineración, entrega de las cenizas en un recipiente adecuado, rellenado de los certificados de defunción. su madre quería que la incinerasen y sin duda hubiera aprobado que comparase los precios. Ella no tenía tampoco ninguna capacidad para guardar duelo. Dos semanas después de la muerte de su marido hizo un crucero por el Egeo. Cuando a su cocker spaniel- Mugsy, al que quería más que a cualquier marido- lo atropelló un camión, compró una estatua de tamaño natural para señalar el lugar donde descansaba en el jardín de atrás, pero la estatua era de un terrier airedale; le salió muy barata después de que el tipo que la había encargado se echara atrás.

La Capilla Funeraria Colonial Grolier e Hijos tenía aspecto de misión española, lo que inmediatamente le puso en guardia. ¿Quién sino los deudos del muerto pagarían el techo de azulejos de imitación, el campanario falso? Los precios que ya le habían dado iban de entre los mil cien pavos a unos acojonantes mil ochocientos por el mismo servicio mínimo. ¿A cuánto se atreverían a subir Grolier e Hijos?
                                                       
En la puerta salió a recibirle una mujer alta con traje de chaqueta negro. Tenía el pelo moreno muy corto con un mechón blanco en una sien, y llevaba los labios pintados de un granate oscuro. Le miró con tal fijeza cuando el se presentó tartamudeando su nombre, que no se enteró del de ella.
   -Entre -dijo la mujer, y él la siguió por el vestíbulo tras un rastro de perfume levemente especiado con sudor. El edificio era fresco y silencioso, callado. La mujer le dijo que todos los demás estaban fuera realizando servicios. Tenían dos entierros aquella tarde, y ella se había marchado pronto de uno de ellos para verle. Si parecía,"¿cómo se dice?...Un poco alicaída, sí, alicaída", era porque la demoró la circulación y había llegado sólo unos minutos antes, con retraso para su cita. Pensó que igual él no la había esperado. ¡De lo menos profesional! Pero al parecer él también había llegado tarde, ¿no? Conque a los dos les había pasado lo mismo.
   -Estamos empatados.
La mujer le llevó a un pequeño despacho y escuchó mientras él exponía la situación de su madre y lo que tenía en mente. Mientras hablaba, ella mantenía los ojos fijos en él. Se sintió otra vez intimidado por la franqueza de su mirada.
   -Ésta es la parte más dura -dijo ella-. Mi viejo padre murió el año pasado y sé que no es una fiesta campestre. Estaba muy unido a su madre ¿verdad?
   -Estábamos muy unidos.
   -Lo puedo asegurar -dijo la mujer. 
   Él le preguntó cuánto cobrarían Grolier e Hijos por lo que quería.
   -Bien -dijo la mujer-. Vamos al asunto.

Con unos tirones ensayados se quitó los guantes negros que llevaba puestos, luego se despojó de la chaqueta y tomó una hoja impresa de la bandeja de su mesa y empezó a destacar varias líneas con un rotulador fosforescente. sus dedos eran gordezuelos y no llevaba anillos. Claro...los guantes. Mientras esperaba, el nombre de ella le vino desde donde se hubiera ido. Elfie. Aquello no encajaba. En ella no había nada delicado y pequeño, nada ligero o esquivo. En aquella habitación pequeña podía olerla con claridad entre su perfume; más salada que agria. Sus pechos hinchaban la tela de su blusa sin mangas, y tenía los brazos pesados y redondos, no gruesos, sino con la rotundidad de los cuarenta y cinco, cincuenta años. Tenía una boca grande, casi grosera. Fruncía los labios según enumeraba las cifras, luego empujó el papel por encima de la mesa y se echó hacia atrás en su asiento.
   -Puede que le salga mejor -dijo-. Le puedo recomendar otras empresas que le convengan más.
Los ojos de él se dirigieron directamente al final de la página. Dos mil trescientos. Tuvo cuidado de no demostrar su reacción ante aquella suma casi cómica.
   -Pensaré en ello.
   -La Capilla Funeraria Colonial Grolier e Hijos es una empresa que hace todos los servicios -dijo-.  Todo de primera clase. Si quiere que a su abuelo lo entierren en un barco vikingo, acuda a la Capilla Funeraria Colonial Grolier e Hijos. No se ría. Le podría contar algunas historias. Bien...¡qué vergüenza! ¿Me perdonará por haberle dejado seco todo este tiempo? ¿Zumo de naranja? ¿Evian?
   -Él iba a decir que no, pero el zumo sonaba bien y ella añadió:
   -¿O cerveza? Tenemos cerveza.
   Él dudó.
   -Bien -dijo la mujer-. Le acompañaré -hizo rodar su silla hasta una pequeña nevera del rincón-. Agua -dijo, rebuscando- Agua, agua, agua.
   -Agua estará bien.
   -No. Demasiado tarde para eso. Venga.
                                                      
   Le condujo al fondo del vestíbulo, a un gran despacho de madera negra y amueblado como un club de caballeros. Alfombras orientales, sofá y butacas de cuero rojo, estanterías llenas de libros encuadernados en piel. Elfie le señaló una silla. Sacó una botella y dos vasos altos de una nevera integrada en la madera. Sirvió cerveza con cierto cuidado, le tendió un vaso, y se situó detrás de un pesado escritorio con fotografías en marcos plateados.
   -Salut -dijo.
   -Salut.
                                                          
La mujer dio un largo trago y se pasó la lengua por los labios. Luego se echó bruscamente hacia adelante y puso una de las fotografías de la mesa boca abajo.
   -Es buena -dijo él.
   -Pilsner checa. La mejor.
   -¿Es usted checa?
   -¿Creería que soy japonesa si le hubiera dado Asahi? No. Soy de Wien. ¿Ha estado?
   -Dos veces. Hermosa ciudad -le encantó saber que Wien era Viena.
   -Supongo que fue por la ópera.
   Tentado a mentir, se decidió en contra.
   -No -dijo-.No me gusta la ópera.
   -Tampoco a mí. La encuentro absurda -la mujer se estiró y puso otra fotografía al revés.
   -Entonces, ¿cómo terminó usted aquí? -preguntó él.
   ¿En Miami, Estados Unidos? ¿O en la Capilla Funeraria Colonial Grolier e Hijos?
   -Las dos cosas.
   -Es una larga historia.
   -Ah, el viejo truco de la Legión Extranjera.
   Ella engalló la cabeza y esperó.
   -Cuando uno le pregunta a un legionario algo sobre él, siempre dice: "Es una larga historia". Tienden a tener historias que no soportan el examen a fondo.
   -Como nos pasa a todos.
   -Como nos pasa a todos -repitió él, nada molesto porque alguien creyera que poseía una historia de ese tipo.
   -¿Fue usted legionario?
   -¿Yo? No.
   -Pero fue usted soldado. Lo puedo asegurar.
   -Hace mucho tiempo.
   -Ah, ¡hace mucho tiempo! Es usted tan viejo.
   -Hace treinta años.
   -Eso marca -dijo ella-. Siempre lo puedo notar.
   -¿De verdad?
   -Siempre.
Siguieron hablando, y a él todo el rato le pareció que estaban manteniendo otra conversación. En esta conversación paralela él estaba diciendo: "Me gusta como hablas", y ella estaba diciendo:"Ya sé que te gusta, ¿y qué más cosas te gustan?". Él estaba diciendo: "Me gusta tu boca y cómo me miras por encima del vaso cuando tomas cerveza", y ella estaba diciendo:"Tengo mis debilidades ocasionales, y yo creo que tú puedes ser una de ellas, ¿y entonces?".

Él había notado aquel tipo de comunión anteriormente. De tanto en tanto, cuando era más joven, resultaba que no era unilateral del todo. La notaba menos a menudo en estos días, y cuando lo hacía tendía a rebajarla a ilusión sin fundamento real. Pronto se encontraría en ridículo por imaginar que era objeto del deseo de aquella mujer, que a fin de cuentas tan sólo se estaba relajando después de un largo y cálido día  y disfrutando -juguetonamente, eso seguro- con el interés que él no podía ocultar.

Así fue como lo vio más adelante, después de que hubiera cierto espacio para pensar en ello de un modo natural. Pero en aquel instante no tenía duda de que él constituía la debilidad ocasional de la mujer, de que si se levantara y se quitara las gafas ella le sonreiría y diría: "Sí, ¿y entonces?". No tenía duda de que si rodeaba aquella mesa ella se pondría de pie y le recibiría con aquella boca de aspecto tan vicioso, luego se dejaría caer con él al suelo, encima de aquella hermosa alfombra de Bokhara, con la mano en su cinturón, el aliento en su oreja. "¡Ah, mi legionario!"                                                          
¡Y por qué no! Los dos eran realistas, detestaban la ópera, sabían lo que les esperaba dentro de veinte, treinta años, si no mañana. ¿Por qué no se libraban de la ropa y se acercaban el uno al otro y hacían el amor?; no hacían el amor: ¡follaban! Follaban como campeones a la vista  de cielo y tierra, sólo porque querían, sin un pensamiento dentro de la cabeza aparte de ¡sí sí sí!
                                                    
Todo lo que tenía que hacer era quitarse las gafas y ponerse de pie. Entonces, ¿por qué no lo hacía? Por todo tipo de razones, sin duda: una prolongada costumbre de ser fiel, si no virtud auténtica; la confianza absoluta de sus hijos; puede que incluso una sensación infantil de ser observado por Dios, en el que creía con pereza. Cualquiera de esas cosas podría estar activa por debajo del horizonte de su consciencia. De lo que era consciente, en aquel mismo momento, era de la irritación que le provocaba encontrarse jugando a algo que le desagradaba: el juego de Freud. ¡Freud! ¿Por qué tenía que ponerse a pensar en él? Era como si pudiera ver al sabelotodo vienés acariciándose la barba con petulancia al apreciar el papel que estaba desempeñando él en aquel abandono a Eros para borrar el miedo a la muerte. El hombre tenía una explicación para todo haría su agosto con aquella lujuria funeraria, con el profundo placer que hallaba él en tomar una copa junto a la playa, a la luz del sol y con el sonido de las olas, en huir del apartamento de su madre de noche cerrada para recorrer Collins Avenue en un coche deportivo rojo y contemplar a las chicas con sus ceñidos vestidos y tacones altísimos, que se tambaleaban cuando iban de club en club.

Es decir, tenía una imagen de sí mismo personificando los clichés más gastados y degradantes. Eso le ofendió. Eso le dejó frío. Terminó su cerveza, agradeció a la mujer el tiempo que le había dedicado, y le estrechó la mano a la puerta del despacho. Insistió en salir solo para así no tenerla a su espalda, viéndole cruzar el aparcamiento vacío hacia el resplandeciente, ridículo Miata.   
                                                      
Cuando llegó al apartamento de su madre oyó voces altas que hablaban en español. La puerta estaba abierta. "No -pensó- ¡no mientras yo esté fuera!".Pero encontró que seguía viva; no moriría hasta avanzada aquella noche, mientras él había bajado a la calle a tomar un plato de plátanos fritos. En aquel momento se agitaba débilmente adelante y atrás entre Feliz, que le miró con frialdad,  y una mujer mayor que se llamaba Rosa. Su madre gritaba la misma palabra:
   -¡Papá!¡Papá!
  Tenía los ojos abiertos pero no veía. Rosa trataba de calmarla con una cancioncilla extranjera mientras Feliz intentaba agarrarle las manos.
   -¡Papá!
   -Aquí está -dijo Rosa-.Su padre está aquí.
   -¡Papá!
   Rosa alzó la vista hacia él rogando.
   -Aquí estoy- confirmó él, y ella se dejó caer y le miró. Él ocupó el sitio de Feliz a su lado en la cama y le acarició las manos. Estaba reducida a huesos.
   -¿Papá?
   -Va todo bien. Aquí estoy.
   -¿Dónde estabas?
   -Trabajando.

La habitación estaba en penumbra. Las dos mujeres se movían como sombras a sus espaldas. Oyó cerrarse el picaporte de la puerta.
   -Estaba sola.
   -Lo sé. Ahora todo está bien.
Los dedos de ella apretaron los suyos.
Ya no sabía cómo ser hijo, pero todavía sabía cómo ser padre. Le agarró la mano con las dos suyas.
   -Todo está bien cariño. Todo va a ir bien. Eres mi niñita, mi flor, mi pequeña.
   -Papá -susurró ella-. Estás aquí.



Links de otros cuentos de WOLFF:



TOBIAS WOLFF, Aquí empieza nuestra historia, Alfaguara, 2009