"¿Sabe usted cómo escribo yo mis cuentos? -le dijo a Korolenko, el periodista y narrador radical, cuando acababan de conocerse- Así." Echó una ojeada a la mesa -cuenta Korolenko- tomó el primer objeto que encontró, que resultó ser un cenicero, y poniéndomelo delante dijo: " Si usted quiere mañana tendrá un cuento. Se llamará El cenicero."Y en aquel mismo instante le pareció a Korolenko que aquel cenicero estaba experimentando una transformación mágica: "Ciertas situaciones indefinidas, aventuras que aún no habían hallado una forma concreta, estaban empezando a cristalizar en torno al cenicero". V.NABOKOV/ Chéjov

"¿Has visto alguna vez un montaje realmente hermoso de, digamos, "El jardín de los cerezos"? No me digas que sí. Nadie lo ha visto. Puede que hayas visto "montajes inspirados, montajes eficaces", pero nunca algo hermoso. Nunca una versión en la cual todos los que salen al escenario estén a la altura del talento de Chéjovè, matiz por matiz, carácter por carácter."-J.D.Salinger

martes, 27 de septiembre de 2016

¿Leer a Franz Kafka nos hace más inteligentes?




En 1919  se publicaron catorce narraciones breves de Franz Kafka  bajo el título  Un médico rural. Estaban  escritas con el lirismo seco, la ironía y el humor soterrados pero evidentes de su estilo conciso y exacto y usando simultáneamente distintos grados de realidad. 
Son historias alucinadas con  la perturbadora lógica de los sueños   que no parece pudieran ser  del agrado del severo progenitor, tal como nos lo hizo imaginar.  Por ello sorprende la dedicatoria: "A mi padre", el mismo año que escribe Carta al padre tan llena de reproches y amargura.
Como si Kafka pretendiera dilatar las capacidades cognitivas paternas para ser mejor comprendido, adelantándose a las universidades de California en Santa Bárbara y a la Británica de Columbia que, como publicó la prensa en su día,  tras una investigación rigurosa encontraron que la lectura de Un médico rural volvía más inteligentes a los lectores. Porque "cuando estamos expuestos a algo que básicamente no tiene sentido nuestro cerebro va a responder en busca de otro tipo de estructura". 
                                         La Razón,20 mayo 2010:
                                         Por qué leer a Kafka te hace más inteligente


Egon Schiele, h 1917


Un médico rural

Me hallaba en un gran aprieto:tenía que hacer un viaje urgente; un enfermo grave me esperaba en una aldea a diez millas de distancia; una fuerte tempestad de nieve llenaba el amplio espacio que mediaba entre él y yo; disponía de un coche ligero de grandes ruedas, exactamente idóneo para nuestras carreteras comarcales; enfundado en mi abrigo de piel,con el maletín de instrumentos en la mano, me hallaba listo para partir, en el patio;pero el caballo faltaba, el caballo. El mío había muerto la noche anterior debido al esfuerzo excesivo desplegado aquel gélido invierno; mi criada recorría ahora la aldea para conseguir un caballo prestado; pero no había esperanzas , yo lo sabía, y cada vez más agobiado por la nieve, cada vez más inmovilizado, aguardaba allí inútilmente.
En el portón apareció la muchacha, sola, y agitó la linterna; claro está ¿quién iba aprestar su caballo a esa hora para semejante viaje? Volví a atravesar el patio; no veía salida alguna; distraído, atormentado, golpeé con el pie la desvencijada puerta de la pocilga, que no se utilizaba desde hacía años. Se abrió y tableteó girando en sus goznes. Escapó una vaharada  de calor y cierto olor a caballo. Una débil linterna de establo oscilaba dentro, colgada de una cuerda. Un hombre acurrucado en el pequeño cobertizo mostró su rostro despejado, de ojos azules. "¿Quiere que enganche los caballos?", preguntó saliendo a gatas. Yo no supe qué decir y me incliné para ver que más había en el establo.La criada estaba de pie a mi lado. "Uno nunca sabe qué cosas tiene en su propia casa", dijo,y los dos nos reímos. "¡Hola, hermano; hola, hermana!", dijo el mozo de cuadra, y dos caballos, dos poderosos animales de potentes flancos, agachando como camellos las bien formadas cabezas, con las patas muy pegadas al cuerpo, salieron uno tras otro impulsados por la sola fuerza  de las ondulaciones de su tronco a través del vano de la puerta, que llenaron por completo.Y en el acto se irguieron sobre sus largas patas, exhalando un vapor denso de sus cuerpos. "Ayúdalo", dije, y la dócil muchacha se apresuró a alcanzar al mozo el atelaje del coche. pero en cuanto llega a su lado, el mozo la abraza y pega su cara a la de ella. La joven lanza un grito y busca refugio a mi lado; en la mejilla tiene dos hileras de dientes marcadas en rojo."¡Animal!", grito yo enfurecido, "¿quieres látigo?", pero en seguida recuerdo que es un extraño, que no sé de dónde viene y que me está prestando su ayuda espontáneamente cuando todos los demás me fallan. Como si leyera mis pensamientos, no me toma a mal la amenaza, sino que , sin dejar de ocuparse de los caballos, se vuelve una sola vez hacia mí."Suba", dice luego, y, en efecto, todo está listo. Me doy cuenta de que nunca he viajado en un tiro más hermosos y me subo muy contento. "Pero yo conduciré, tú no conoces el camino", digo. "Por supuesto", dice él, "yo no iré con usted, me quedaré con Rosa." "No", grita Rosa y se precipita hacia la casa con presentimiento cierto de la ineluctabilidad de su destino, oigo tintinear la cadena de la puerta, que ella echa; oigo el clic de la cerradura; veo cómo además  va apagando todas las luces del vestíbulo y las habitaciones para hacerse ilocalizable. "Tú vienes conmigo",le digo al mozo, " o renuncio al viaje, por muy urgente que sea. No pienso pagarlo dejándote la muchacha a cambio." "¡Arre!", dice él dando una palmada; el coche es arrastrado como un tronco en la corriente; aún oigo como la puerta de mi casa cede y se astilla bajo la embestida del mozo, luego mis ojos y oídos se llenan de un zumbido que invade uniformemente todos mis sentidos. pero esto también dura solo un instante, pues como si el patio de mi enfermo se abriese justo ante el portón de mi patio, ya estoy ahí; quietos se quedan los caballos; la nevada ha cesado; la luz de luna alrededor; los padres del enfermo salen precipitadamente de la casa; la hermana los sigue;me bajan casi en volandas del coche; no saco nada en claro de sus confusos parlamentos; en la habitación del enfermo el aire es irrespirable; la estufa descuidada humea; voy a abrir la ventana; pero antes quiero ver al enfermo.
                                                                Dibujos de Kafka
Enjuto, sin fiebre, ni frío ni caliente, vacíos los ojos, sin camisa, el joven se incorpora bajo el edredón de plumas, se abraza a mi cuello y me susurra al oído: "Doctor, déjeme morir".Miro a mi alrededor; nadie lo ha oído; los padres, mudos e inclinados hacia adelante, aguardan mi dictamen; la hermana ha acercado una silla par mi maletín. Abro el maletín y hurgo entre mis instrumentos; desde la cama, el joven no para de tender las manos hacia mí para recordarme su petición; yo cojo unas pinzas, las examino a la luz de la vela y vuelvo a guardarlas. "Sí", pienso blasfemando, "los dioses ayudan en casos semejantes, envían el caballo que falta, dada la prisa añaden incluso un segundo caballo,y, por si fuera poco, conceden también un mozo de cuadra." Solo entonces vuelvo a pensar en Rosa. ¿Qué hacer? ¿Cómo salvarla? ¿Cómo sacarla de debajo de ese mozo de cuadra estando a diez millas de ella, con unos caballos indómitos enganchados a mi coche? Y ahora esos caballos, que de algún modo han aflojado las riendas, de golpe abren desde fuera, no sé cómo, las ventanas, mete cada uno la cabeza por una, y observan al enfermo, impertérritos ante el griterío de la familia. "Regresaré ahora mismo", pienso,como si los caballo me invitasen a viajar, pero permito que la hermana que me cree aturdido por el calor, me quite el abrigo de piel. Me preparan una copa de ron, el viejo meda palmaditas en el hombro, como si el ofrecimiento de su tesoro justificara esa familiaridad. Yo niego con la cabeza; las pocas luces del anciano hacen que me sienta mal; solo por esa razón rechazo la bebida. La madre está junto a la cama y me atrae hacia allí; yo obedezco, y mientras uno de los caballos lanza un fuerte relincho hacia el techo de la habitación, pego la cabeza la pecho del muchacho, que se estremece bajo mi barba mojada. Se confirma lo que sabía: el muchacho está sano, con la irrigación sanguínea algo mala, saturado de café por su solícita madre, pero sano, y lo mejor sería sacarlo de la cama de un empujón. Como no aspiro a reformar el género humano, lo dejo ahí echado. He sido contratado por la autoridad del distrito y cumplo con mi deber hasta el límite, hasta un extremo casi excesivo. Aunque mal pagado, soy generoso y trato de ayudar a los pobres. Todavía he de ocuparme de Rosa, y puede que el joven tenga razón y también yo quiera morir. ¿Qué hago aquí, en este invierno interminable? Mi caballo reventó, y en el pueblo no hay nadie que me preste el suyo. He de sacar mi tiro de la pocilga; si por casualidad no fueran caballos, tendría que enganchar cerdos. Así es. Y con la cabeza hago una señal a la familia. No saben nada de todo esto, y si lo supieran , no se lo creerían.Escribir recetas es fácil, pero entenderse con la gente es en general difícil. Pues bien, mi visita ha llegado a su fin; una vez más me han vuelto a molestar inútilmente, ya estoy acostumbrado, con ayuda de mi campanilla de noche el distrito entero me martiriza, pero el que esta vez haya debido, además, sacrificar a Rosa, esa hermosa muchacha que ha vivido años en mi casa sin que yo la prestara casi atención...es un sacrificio demasiado grande, y de algún modo tendré que emplear toda suerte de argucias para de momento asimilarlo, para no arremeter contra esta familia, que ni con la mejor buena voluntad podrá devolverme a Rosa. Pero cuando cierro el maletín y hago un gesto para que me alcancen mi abrigo de piel mientras la familia está reunida, el padre olisqueando la copa de ron que tiene en la mano, la madre bañada en lágrimas y mordiéndose los labios, probablemente decepcionada por mí -¿qué espera en el fondo la gente?-, y la hermana agitando una toalla ensangrentada, de algún modo estoy dispuesto a admitir, si fuera necesario,que el joven acaso esté enfermo. Me acerco a él, me sonríe -¡ah!, ahora relinchan los caballos; en las altas esferas deben haber decretado, sin duda, que el ruido facilita el reconocimiento médico-, y me doy cuenta, ahora sí, de que el muchacho está enfermo. En su costado derecho, en la zona de la cadera, se ha abierto una herida grande como la palma de la mano. Rosada, con muchos matices, oscura en lo más profundo, más clara hacia los bordes, suavemente granulada, con la sangre distribuida irregularmente, abierta como una mina en pleno día. Tal es su aspecto a distancia. De cerca aparece una nueva complicación. ¿Quién podría mirarla sin dejar escapar un silbido? Unos gusanos del largo y grosor de mi dedo meñique, rosados de por sí y salpicados además de sangre, se retuercen  en el interior de la herida, buscando la luz con sus cabecitas blancas y un sinnúmero de patitas. Pobre muchacho, ya nada puede hacerse. He descubierto tu gran herida; esta flor en tu costado acabará contigo. La familia está feliz, me ve en acción; la hermana se lo dice a la madre, la madre al padre, el padre a algunos invitados que, manteniendo el equilibrio con los brazos extendidos, entran de puntilla por el claro de luna de la puerta abierta. 
                                                                   
"¿Me salvarás?", susurra el joven sollozando, totalmente deslumbrado por la vida de su herida.Así son las gentes de mi comarca. Exigen siempre lo imposible al médico. Han perdido la antigua fe; el cura se queda en casa y deshilacha una tras otra las casullas; pero el médico ha de conseguirlo todo con su tierna mano quirúrgica. Bueno, como queráis: no soy yo quien se ha ofrecido; si me utilizáis con fines sagrados, también lo consentiré; ¡qué más querría yo, viejo médico rural al que han arrebatado su criada!Y entonces vienen la familia y los ancianos del pueblo y me desvisten; un coro escolar con el maestro a la cabeza se instala ante la casa y canta una melodía sumamente sencilla con la siguiente letra: 
¡Desnudadlo y curará,/y si no cura matadlo!/ Solo es un médico, un médico nada más. 
Ya estoy desvestido, y con los dedos en la barba y la cabeza gacha, observo muy tranquilo a la gente. Estoy completamente sereno, con pleno dominio de la situación, y así permanezco, pero de nada me sirve, pues ahora me cogen por la cabeza y los pies y me llevan a la cama. Me acuestan contra la pared, al costado de la herida. Luego salen todos de la habitación; la puerta se cierra; el canto enmudece; unas nubes cubren la luna; la ropa de cama me envuelve cálidamente; como sombras oscilan las cabezas de los caballos en el vano de las ventanas. "¿Sabes?", oigo que me dicen al oído, "tengo poca confianza en ti. A ti también te han arrojado aquí desde algún sitio, no has venido por tu propio pie. En vez de ayudarme, estrechas todavía más mi lecho de muerte. Me encantaría arrancarte los ojos." "Así es", digo yo, "es una ignominia. Pero resulta que soy médico. ¿Qué puedo hacer? Créeme, yo tampoco lo tengo fácil." "¿Y quieres que me conforme con esta disculpa? ¡Ah, me temo que sí! Siempre debo conformarme. Con una hermosa herida vine al mundo:esa fue toda mi dote." "Joven amigo, digo yo, "tu fallo es no tener una visión de conjunto. Yo, que he estado en habitaciones de enfermos en varias leguas a la redonda, te digo: tu herida no es tan mala. Te la hicieron con dos golpes de azadón en ángulo agudo. Muchos ofrecen el costado y apenas si oyen el azadón en el monte, y menos aún cuando se les acerca." "¿Es realmente así o me engañas en el delirio de la fiebre?" "Así es realmente, acepta la palabra de honor de un médico oficial". Y guardando silencio la aceptó.Pero ya era hora de pensar en mi salvación. Los caballos aún seguían fielmente en sus puestos. En un instante recogí la ropa, , el abrigo de piel y el maletín; no quise perder tiempo vistiéndome; si los caballos corrían tanto como en el viaje de ida, saltaría en cierto modo de esta cama a la mía. Obediente, uno de los caballos se apartó de la ventana; arrojé el fardo al carruaje; el abrigo de piel voló demasiado lejos, quedó sujeto a un gancho solo por las mangas. Suficiente. Monté de un salto a uno de los caballos: las riendas sueltas, un caballo apenas enganchado al otro, el carruaje detrás dando tumbos, y, por ultimo, el abrigo de piel arrastrándose sobre la nieve. "¡Arre!, dije, pero no hubo galope, lentamente, como ancianos, echamos a andar por el desierto de nieve; largo rato sonó tras de nosotros el nuevo pero errado canto de los niños: 
¡Alegraos pacientes,/ os han metido al médico en la cama! 
A este paso nunca llegaré a casa; mi floreciente consulta está perdida; un sucesor me roba, pero en vano, pues no puede sustituirme; en mi casa el repugnante mozo de cuadra hace estragos; Rosa es su víctima; no quiero ni pensarlo. Desnudo, expuesto a la helada de esta época aciaga, con un carruaje terrenal y unos caballos no terrenales, vago por los campos, yo, un hombre viejo.Mi abrigo de piel cuelga detrás del carruaje, pero no puedo alcanzarlo y nadie entre la turba movediza de los pacientes mueve un dedo. ¡Engañado!¡Engañado! Una vez que se ha seguido la falsa llamada de la campanilla nocturna...ya nada puede hacerse.


Franz Kafka, Narraciones y otros escritos, Galaxia Gutenberg,2003







viernes, 20 de mayo de 2016

TOBIAS WOLFF un cuento





capacidad de observación ironía finura psicológica uso magistral del ritmo narrativo y del potencial expresivo del  lenguaje talento...con ese material hace sus cuentos y en ellos introduce un relámpago de ingenio un plus un giro imprevisto o un juego de imágenes o de pensamiento -o una conversación paralela de seducción  con alusiones  irreverentes a Freud... 


                     alex katz, brooklyn 1927 



Reducida a Huesos

  

Tenía una cita en una funeraria y estaba inquieto por marcharse. Su madre agonizaba, allí en su propia cama, como había querido, con él atendiéndola. Le había dado un poco de hielo . Era la única cosa que podía hacer ya por ella. Parecía que estaba dormida otra vez, Pero se obligó a esperar un poco más antes de marcharse.



Se acomodó en el sofá en que había estado durmiendo y volvió a hojear uno de los álbumes de fotos de su madre. Aquél había sido su favorito cuando era niño, porque presentaba a su madre cuando era pequeña, en un mundo sepia con vestidos de los años veinte, trajes de baño con volantes y automóviles de turismo Franklin. Allí estaba de primera comunión, la viva imagen de la hija de él. El parecido le produjo nostalgia; aquello quedaba tan cerca. Su madre miraba hacia el cielo en una pose de untuosa reverencia probablemente dictada por su padre, pues ni la unción ni la reverencia formaban parte de su carácter. Siempre trató los arrebatos de fe religiosa de él con evidente desconcierto.

Y aquí un poco mayor en la popa de un barco, flanqueada por su frágil madre de rostro dulce y su padre, un hombre bajo con uniforme de la marina, los brazos cruzados sobre el pecho. Un gilipollas completo. Pedante, incansable, mezquino, matón. Cuando murió su madre la hizo dejar de estudiar y la convirtió en esclava de la casa. Se escapó a los diecisiete años, después de que su padre disparase con una pistola a un chico escondido en el jardín de atrás, que esperaba a que ella saliera a escondidas. Hablaba de él muy pocas veces, y cuando lo hacía tensaba los labios. En su entierro ella tenía una expresión de extraña frialdad inflexible, casi de triunfo. ¿Por qué había ido?  ¿Sólo para estar segura?


Ah, aquella, la mejor, con su madre de pie delante de una larga tabla de surf clavada en la arena de Waikiki Beach, el propio Duke  Kahanamoku le había enseñado a cabalgar las olas. Era esbelta, encantadora y posaba de cara a la cámara con una bravuconería que le hizo mirar con atención. Aquella era su madre, la gran amiga de su juventud.

Iba a llegar tarde a su cita. Era viernes por la tarde, y si no iba ahora tendría que esperar hasta el lunes. La idea de no llegar a tiempo le hizo sentir una especie de pánico. Se paró delante de su madre y miró su fino pelo blanco, una bruma sobre su cráneo. Los hombros le subían y bajaban con su respiración rasposa y superficial. Él le susurró algo. Esperó, volvió a susurrar. Nada.


Al salir se detuvo en la habitación de las que la atendían y pidió a Feliz, la joven que estaba ahora, que entrara de vez en cuando y le diera a su madre unos trocitos de hielo si despertaba antes de que él volviese. Ella se mostró de acuerdo, pero él notó que le molestaba. Era nueva le daba miedo el consumido cuerpo de la madre, como le pasaba a él; había visto lo intimidada que estaba aquella mañana cuando los dos le pasaron la esponja, y supuso que ella había visto que también lo estaba él.

   -Por favor -dijo-. No estaré mucho fuera.
   -Bien, vale -dijo ella, pero no quiso encontrarse con la mirada de él.
Dios, era agradable salir de allí; poner en marcha el Miata color rojo pirulí que había alquilado y salir disparado del aparcamiento, con el sol en la cara. En la agencia de viajes donde había sacado el billete para el vuelo a Miami le habían conseguido un Buick sedán de tamaño mediano a precio de saldo, pero en cuanto salió de la terminal al cálido crepúsculo le dominó la idea de un descapotable; y cuando volvió dentro y la guapa latina del mostrador mencionó que tenía un Miata disponible, lo alquiló sin dudarlo, aunque era absurdamente caro y, dada la ocasión, quizá un poco llamativo.

Antes nunca había conducido un coche deportivo. Disfrutó yendo cerca de la carretera y abierto al cielo, notando el aterciopelado aire del mar envolviéndole. Durante las horas dentro del apartamento en sombra, con olor a lavanda, fue consciente del coche que tenía fuera y la idea le gustaba.


No había mucho que le gustase, y menos que nada todas aquellas largas horas como inútil testigo potencial de la agonía de su madre; no era capaz de tener contacto con ella, no sabía qué hacer o decir. Nada de aquello era como él esperó: los dos recordando los viejos tiempos mientras las sombras se alargaban, recuperando su camaradería, suprimiendo la cautela que en cierto modo se interpuso entre ellos. Trató de superarla: habló exultante de su mujer e hijos, mientras se daba perfecta cuenta de que ella estaba más allá de la curiosidad, si es que le entendía algo. Y habló, sabía, para apagar los esfuerzos para respirar de ella, para llenar la propia cabeza con el sonido de una conversación normal y distraerse de su impaciencia porque se acercara el final, por el bien de ella, trató de creer; para liberarla.


Sintió que le había tocado un papel un tanto rastrero, como cuando registró el apartamento en busca de las joyas de ella. Lo había hecho después de que el encargado de una funeraria le dijera que otras personas con acceso a ellas -cuidadoras, personal del edificio- podrían hacerse con las joyas si no las encontraba él primero. "Pasa todo el tiempo", dijo tristemente el hombre. Era un trajín macabro, revolver a todos los cajones y armarios mientras su madre yacía hecha un ovillo en la cama. De vez en cuando él se sobresaltaba y quedaba inmóvil como un ladrón, con la mano en el bolsillo de un abrigo, debajo de una pila de jerséis, conteniendo la respiración. Todo estaba allí, todas las cosas que recordaba, en cualquier caso, y nada de aquello era digno de un robo; tal vez su hija pudiera usar algo para jugar a vestirse de manera elegante. Y se había dado a sí mismo otra razón más para sentirse moralmente empequeñecido por las mujeres mal pagadas que cuidaban de su madre y la querían, y ahora simplemente la lloraban en vano.


La funeraria estaba sólo a unas cuantas manzanas de distancia. Era la cuarta que había decidido ver. Buscaba lo más básico: incineración, entrega de las cenizas en un recipiente adecuado, rellenado de los certificados de defunción. su madre quería que la incinerasen y sin duda hubiera aprobado que comparase los precios. Ella no tenía tampoco ninguna capacidad para guardar duelo. Dos semanas después de la muerte de su marido hizo un crucero por el Egeo. Cuando a su cocker spaniel- Mugsy, al que quería más que a cualquier marido- lo atropelló un camión, compró una estatua de tamaño natural para señalar el lugar donde descansaba en el jardín de atrás, pero la estatua era de un terrier airedale; le salió muy barata después de que el tipo que la había encargado se echara atrás.

La Capilla Funeraria Colonial Grolier e Hijos tenía aspecto de misión española, lo que inmediatamente le puso en guardia. ¿Quién sino los deudos del muerto pagarían el techo de azulejos de imitación, el campanario falso? Los precios que ya le habían dado iban de entre los mil cien pavos a unos acojonantes mil ochocientos por el mismo servicio mínimo. ¿A cuánto se atreverían a subir Grolier e Hijos?
                                                       
En la puerta salió a recibirle una mujer alta con traje de chaqueta negro. Tenía el pelo moreno muy corto con un mechón blanco en una sien, y llevaba los labios pintados de un granate oscuro. Le miró con tal fijeza cuando el se presentó tartamudeando su nombre, que no se enteró del de ella.
   -Entre -dijo la mujer, y él la siguió por el vestíbulo tras un rastro de perfume levemente especiado con sudor. El edificio era fresco y silencioso, callado. La mujer le dijo que todos los demás estaban fuera realizando servicios. Tenían dos entierros aquella tarde, y ella se había marchado pronto de uno de ellos para verle. Si parecía,"¿cómo se dice?...Un poco alicaída, sí, alicaída", era porque la demoró la circulación y había llegado sólo unos minutos antes, con retraso para su cita. Pensó que igual él no la había esperado. ¡De lo menos profesional! Pero al parecer él también había llegado tarde, ¿no? Conque a los dos les había pasado lo mismo.
   -Estamos empatados.
La mujer le llevó a un pequeño despacho y escuchó mientras él exponía la situación de su madre y lo que tenía en mente. Mientras hablaba, ella mantenía los ojos fijos en él. Se sintió otra vez intimidado por la franqueza de su mirada.
   -Ésta es la parte más dura -dijo ella-. Mi viejo padre murió el año pasado y sé que no es una fiesta campestre. Estaba muy unido a su madre ¿verdad?
   -Estábamos muy unidos.
   -Lo puedo asegurar -dijo la mujer. 
   Él le preguntó cuánto cobrarían Grolier e Hijos por lo que quería.
   -Bien -dijo la mujer-. Vamos al asunto.

Con unos tirones ensayados se quitó los guantes negros que llevaba puestos, luego se despojó de la chaqueta y tomó una hoja impresa de la bandeja de su mesa y empezó a destacar varias líneas con un rotulador fosforescente. sus dedos eran gordezuelos y no llevaba anillos. Claro...los guantes. Mientras esperaba, el nombre de ella le vino desde donde se hubiera ido. Elfie. Aquello no encajaba. En ella no había nada delicado y pequeño, nada ligero o esquivo. En aquella habitación pequeña podía olerla con claridad entre su perfume; más salada que agria. Sus pechos hinchaban la tela de su blusa sin mangas, y tenía los brazos pesados y redondos, no gruesos, sino con la rotundidad de los cuarenta y cinco, cincuenta años. Tenía una boca grande, casi grosera. Fruncía los labios según enumeraba las cifras, luego empujó el papel por encima de la mesa y se echó hacia atrás en su asiento.
   -Puede que le salga mejor -dijo-. Le puedo recomendar otras empresas que le convengan más.
Los ojos de él se dirigieron directamente al final de la página. Dos mil trescientos. Tuvo cuidado de no demostrar su reacción ante aquella suma casi cómica.
   -Pensaré en ello.
   -La Capilla Funeraria Colonial Grolier e Hijos es una empresa que hace todos los servicios -dijo-.  Todo de primera clase. Si quiere que a su abuelo lo entierren en un barco vikingo, acuda a la Capilla Funeraria Colonial Grolier e Hijos. No se ría. Le podría contar algunas historias. Bien...¡qué vergüenza! ¿Me perdonará por haberle dejado seco todo este tiempo? ¿Zumo de naranja? ¿Evian?
   -Él iba a decir que no, pero el zumo sonaba bien y ella añadió:
   -¿O cerveza? Tenemos cerveza.
   Él dudó.
   -Bien -dijo la mujer-. Le acompañaré -hizo rodar su silla hasta una pequeña nevera del rincón-. Agua -dijo, rebuscando- Agua, agua, agua.
   -Agua estará bien.
   -No. Demasiado tarde para eso. Venga.
                                                      
   Le condujo al fondo del vestíbulo, a un gran despacho de madera negra y amueblado como un club de caballeros. Alfombras orientales, sofá y butacas de cuero rojo, estanterías llenas de libros encuadernados en piel. Elfie le señaló una silla. Sacó una botella y dos vasos altos de una nevera integrada en la madera. Sirvió cerveza con cierto cuidado, le tendió un vaso, y se situó detrás de un pesado escritorio con fotografías en marcos plateados.
   -Salut -dijo.
   -Salut.
                                                          
La mujer dio un largo trago y se pasó la lengua por los labios. Luego se echó bruscamente hacia adelante y puso una de las fotografías de la mesa boca abajo.
   -Es buena -dijo él.
   -Pilsner checa. La mejor.
   -¿Es usted checa?
   -¿Creería que soy japonesa si le hubiera dado Asahi? No. Soy de Wien. ¿Ha estado?
   -Dos veces. Hermosa ciudad -le encantó saber que Wien era Viena.
   -Supongo que fue por la ópera.
   Tentado a mentir, se decidió en contra.
   -No -dijo-.No me gusta la ópera.
   -Tampoco a mí. La encuentro absurda -la mujer se estiró y puso otra fotografía al revés.
   -Entonces, ¿cómo terminó usted aquí? -preguntó él.
   ¿En Miami, Estados Unidos? ¿O en la Capilla Funeraria Colonial Grolier e Hijos?
   -Las dos cosas.
   -Es una larga historia.
   -Ah, el viejo truco de la Legión Extranjera.
   Ella engalló la cabeza y esperó.
   -Cuando uno le pregunta a un legionario algo sobre él, siempre dice: "Es una larga historia". Tienden a tener historias que no soportan el examen a fondo.
   -Como nos pasa a todos.
   -Como nos pasa a todos -repitió él, nada molesto porque alguien creyera que poseía una historia de ese tipo.
   -¿Fue usted legionario?
   -¿Yo? No.
   -Pero fue usted soldado. Lo puedo asegurar.
   -Hace mucho tiempo.
   -Ah, ¡hace mucho tiempo! Es usted tan viejo.
   -Hace treinta años.
   -Eso marca -dijo ella-. Siempre lo puedo notar.
   -¿De verdad?
   -Siempre.
Siguieron hablando, y a él todo el rato le pareció que estaban manteniendo otra conversación. En esta conversación paralela él estaba diciendo: "Me gusta como hablas", y ella estaba diciendo:"Ya sé que te gusta, ¿y qué más cosas te gustan?". Él estaba diciendo: "Me gusta tu boca y cómo me miras por encima del vaso cuando tomas cerveza", y ella estaba diciendo:"Tengo mis debilidades ocasionales, y yo creo que tú puedes ser una de ellas, ¿y entonces?".

Él había notado aquel tipo de comunión anteriormente. De tanto en tanto, cuando era más joven, resultaba que no era unilateral del todo. La notaba menos a menudo en estos días, y cuando lo hacía tendía a rebajarla a ilusión sin fundamento real. Pronto se encontraría en ridículo por imaginar que era objeto del deseo de aquella mujer, que a fin de cuentas tan sólo se estaba relajando después de un largo y cálido día  y disfrutando -juguetonamente, eso seguro- con el interés que él no podía ocultar.

Así fue como lo vio más adelante, después de que hubiera cierto espacio para pensar en ello de un modo natural. Pero en aquel instante no tenía duda de que él constituía la debilidad ocasional de la mujer, de que si se levantara y se quitara las gafas ella le sonreiría y diría: "Sí, ¿y entonces?". No tenía duda de que si rodeaba aquella mesa ella se pondría de pie y le recibiría con aquella boca de aspecto tan vicioso, luego se dejaría caer con él al suelo, encima de aquella hermosa alfombra de Bokhara, con la mano en su cinturón, el aliento en su oreja. "¡Ah, mi legionario!"                                                          
¡Y por qué no! Los dos eran realistas, detestaban la ópera, sabían lo que les esperaba dentro de veinte, treinta años, si no mañana. ¿Por qué no se libraban de la ropa y se acercaban el uno al otro y hacían el amor?; no hacían el amor: ¡follaban! Follaban como campeones a la vista  de cielo y tierra, sólo porque querían, sin un pensamiento dentro de la cabeza aparte de ¡sí sí sí!
                                                    
Todo lo que tenía que hacer era quitarse las gafas y ponerse de pie. Entonces, ¿por qué no lo hacía? Por todo tipo de razones, sin duda: una prolongada costumbre de ser fiel, si no virtud auténtica; la confianza absoluta de sus hijos; puede que incluso una sensación infantil de ser observado por Dios, en el que creía con pereza. Cualquiera de esas cosas podría estar activa por debajo del horizonte de su consciencia. De lo que era consciente, en aquel mismo momento, era de la irritación que le provocaba encontrarse jugando a algo que le desagradaba: el juego de Freud. ¡Freud! ¿Por qué tenía que ponerse a pensar en él? Era como si pudiera ver al sabelotodo vienés acariciándose la barba con petulancia al apreciar el papel que estaba desempeñando él en aquel abandono a Eros para borrar el miedo a la muerte. El hombre tenía una explicación para todo haría su agosto con aquella lujuria funeraria, con el profundo placer que hallaba él en tomar una copa junto a la playa, a la luz del sol y con el sonido de las olas, en huir del apartamento de su madre de noche cerrada para recorrer Collins Avenue en un coche deportivo rojo y contemplar a las chicas con sus ceñidos vestidos y tacones altísimos, que se tambaleaban cuando iban de club en club.

Es decir, tenía una imagen de sí mismo personificando los clichés más gastados y degradantes. Eso le ofendió. Eso le dejó frío. Terminó su cerveza, agradeció a la mujer el tiempo que le había dedicado, y le estrechó la mano a la puerta del despacho. Insistió en salir solo para así no tenerla a su espalda, viéndole cruzar el aparcamiento vacío hacia el resplandeciente, ridículo Miata.   
                                                      
Cuando llegó al apartamento de su madre oyó voces altas que hablaban en español. La puerta estaba abierta. "No -pensó- ¡no mientras yo esté fuera!".Pero encontró que seguía viva; no moriría hasta avanzada aquella noche, mientras él había bajado a la calle a tomar un plato de plátanos fritos. En aquel momento se agitaba débilmente adelante y atrás entre Feliz, que le miró con frialdad,  y una mujer mayor que se llamaba Rosa. Su madre gritaba la misma palabra:
   -¡Papá!¡Papá!
  Tenía los ojos abiertos pero no veía. Rosa trataba de calmarla con una cancioncilla extranjera mientras Feliz intentaba agarrarle las manos.
   -¡Papá!
   -Aquí está -dijo Rosa-.Su padre está aquí.
   -¡Papá!
   Rosa alzó la vista hacia él rogando.
   -Aquí estoy- confirmó él, y ella se dejó caer y le miró. Él ocupó el sitio de Feliz a su lado en la cama y le acarició las manos. Estaba reducida a huesos.
   -¿Papá?
   -Va todo bien. Aquí estoy.
   -¿Dónde estabas?
   -Trabajando.

La habitación estaba en penumbra. Las dos mujeres se movían como sombras a sus espaldas. Oyó cerrarse el picaporte de la puerta.
   -Estaba sola.
   -Lo sé. Ahora todo está bien.
Los dedos de ella apretaron los suyos.
Ya no sabía cómo ser hijo, pero todavía sabía cómo ser padre. Le agarró la mano con las dos suyas.
   -Todo está bien cariño. Todo va a ir bien. Eres mi niñita, mi flor, mi pequeña.
   -Papá -susurró ella-. Estás aquí.



Links de otros cuentos de WOLFF:



TOBIAS WOLFF, Aquí empieza nuestra historia, Alfaguara, 2009
   

martes, 1 de marzo de 2016

Georges de La Tour visita El Prado





El  Museo del Prado , hasta el 12 de junio,-  expone la obra de  Georges de la Tour, nacido en Lorena en 1593 y muerto, en plena gloria profesional, durante  la  epidemia de peste de 1652 

La Lorena francesa es  una región fronteriza  agitada por vaivenes históricos vertiginosos .Desde el fin de la dominación romana, sucesivamente, pasó al control de los francos, al del Sacro Imperio Romano Germánico y en 1648 tras la Paz de Westfalia,  a Francia.Después de la Guerra Franco Prusiana fue alemana y al terminar  la Primera Guerra Mundial volvió a ser francesa...                                          
                                            

                                           
En vida de La Tour la región fue uno de los escenarios de  escaramuzas militares  de la Guerra de los Treinta  Años, a lo que hay que añadir la tensión social que creaba ser un enclave católico, rodeado de protestantes y un lugar donde no faltaron desastres epidemias y hambrunas..

Despues de  su muerte La Tour fue  olvidado y  durante tres siglos y medio sus pinturas se adjudicaron a distintos artistas barrocos, hasta que en 1915 fue redescubierto por un historiador del arte alemán y desde entonces  su fama no ha dejado de crecer.


                     La buenaventura, h1630, ól/lz, 101 x 123. Metropolitan de Nueva York

La compra en 1960   por el Metropolitan de Nueva York de La buenaventura fue un acontecimiento en el mundo del arte que contribuyó a difundir y revalorizar al artista . La actual exposición de Madrid  es difícilmente repetible porque de 
 las 40 obras, que le atribuyen los especialistas, el Prado ha logrado reunir  31 con la colaboración de museos de siete países, algo cada vez más difícil de conseguir por el riesgo que corren las obras   y los altos precios de los seguros. Entre las obras expuestas  están  dos que pertenecen al propio museo: El zanfonista y San Jerónimo leyendo una carta.
                             
                                   El tahur, h 1635, ól/lz, 106 x 146, Museo del Louvre

Quedan por esclarecer muchos aspectos de la vida de Georges de La Tour, pero Jacques Thuillier, historiador del arte y comisario de la importante exposición monográfica de 1972 en París, dejó en sus publicaciones datos e interpretaciones de sumo interés.Se sabe que el pintor era hijo de un panadero y que  recibió una cuidada educación, lo que no era habitual en su condición social, tal  vez porque mostró pronto actitudes excepcionales. 


En 1617 se casó con Diane Le Nerf, hija  del tesorero del duque de Lorena, de familia noble. Pronto fue un pintor de éxito, sus pinturas alcanzaron precios elevados (600 y 700 francos y más), y llegó a enriquecerse y a  imitar  el tipo de vida de la nobleza : "amante de la caza, dueño de una jauría, a veces brutal con los campesinos, preservando duramente fortuna y privilegios en medio de un país que a partir de 1635 se ve cruelmente asolado por las guerras, las hambres y las epidemias", recuerda Thuillier en un retrato poco favorecedor. Antes de 1639 recibe el título de pintor ordinario del rey y se sabe que Luis XIII y el cardenal Richelieu poseían y apreciaban sus pinturas.


Su hijo Etienne,  su colaborador desde 1646 ,  también obtuvo el título de pintor ordinario del rey (ya Luis XIV) en 1654. Poderoso y muy rico, consiguió cartas de ennoblecimiento en 1670, lo que le llevó a abandonar ( y olvidar las huellas) de un oficio considerado plebeyo. Y Thillier señala : "eso explica sin duda en buena parte el olvido que pronto cayó sobre la obra de su padre" ;a lo que se podría añadir que en la Francia de Luis XIV, el Rey Sol, lo que triunfaba de modo oficial era la otra vertiente del barroco, el estilo  clasicista representado por Nicolás Poussin. 





1.-San Jerónimo penitente
2.-Santo Tomás
3.-Zanfonista. El Prado
4.-San Jerónimo lee una carta.El Prado

No se ha logrado aún establecer una cronología precisa de la obra. Lo único seguro, todo lo demás son suposiciones mejor o peor fundamentadas, es que las pinturas tuvieron que realizarse  entre 1612 , -los dieciocho años,  en que solía adquirirse la maestría en el sistema gremial para poder establecerse como pintor-, y su muerte en 1652. 

La Tour transforma con marcada originalidad las tendencias de la época: el Manierismo tardío, refinado y  extravagante   se refleja en La buenaventura y El tahur; el naturalismo Barroco en  pinturas de género de tipos populares y en  temas religiosos en los que sigue   la recomendación del Concilio de Trento de emplear el verismo descarnado en la  represención de  santos, martirios, la penitencia, la fe...,   en San Jerónimo y Santo Tomás...


La influencia de Caravaggio, -su tenebrismo,-  parece le llegó a través de los caravaggistas holandeses de la escuela de Utrecht que colocaban el foco de luz,( bugía, vela..), bien visible, no el foco de origen impreciso - más mental que físico- que empleaba Caravaggio

                            

 

 
1.-Natividad
2.San José carpintero
3.-Dos de las cuatro magdalenas penitentes que se conservan.

Sus temas fueron religiosos y de género (escenas callejeras, pícaros,  mendigos, músicos...). No pintó mitologías, ni retratos,ni paisajes, como otros grandes pintores de la época. 

Junto a la tendencia a simplificar las formas en  suave geometría que le hacen tan moderno, el cuadro es para él un mundo desnudo, sin anécdotas, decorados, arquitecturas, paisajes...Por eso cualquier detalle adquiere una rara intensidad en unas composiciones de audacia sorprendente conseguidas con medios aparentemente sencillos.


H.W.Janson dice de su San José carpintero:"podría tomarse por una escena costumbrista, y sin embrago su espíritu religioso tiene toda la fuerza de La vocación de San Mateo de Caravaggio. Jesús niño sostiene una vela -recurso favorito de La Tour- que iluminan la escena con intimidad y ternura." La mano de Cristo niño traspasada por la luz de la vela es un prodigio de virtuosismo, simbolismo y poesía.





lunes, 11 de enero de 2016

A. CHÉJOV: "RELATO DE LA SEÑORITA N.N."





Páginas de Espuma está editando los cuentos completos de Chéjov, -unos seiscientos-,siguiendo el orden en que fueron publicados.De los cuatro tomos proyectados, de más de mil páginas cada uno, ya se han publicado tres:
        [1880-1885]- 2013
        [1885-1886]- 2014
        [1887-1893]- 2015 
      -y en 2016 se publicará el cuarto y último. 
- Aunque desde el comienzo los cuentos de Chéjov sorprenden por las sutiles descripciones, la frescura de los diálogos,y la penetración psicológica y social, el lirismo seco y hondo que les impregna se va afinando, y la estructura se depura  hasta lograr una perfección inimitable.
Relato de la señorita N.N, se publicó en 1887 en la Gaceta de San Petersburgo  bajo el seudónimo de A.Chejonte. 
Chéjov tenía  veintisiete años y  hacía unos meses había recibido la carta de  Dimitri Grigoróvich en la que el reconocido y veterano escritor le expresaba su admiración y le recordaba la responsabilidad  que conllevaba su extraordinario talento. A pesar  de ello firma todavía con el  seudónimo   Chejonte tal vez aún considerara que la literatura  era solo un modus vivendi, algo  provisional y que  su verdadera vocación y destino era la medicina. 


                               
                   Viktor Borisov-Musatov (Saratov 1870- 1905)



Hace ya unos nueve años, poco antes del atardecer, en la época de la siega, me dirigía a caballo a la estación para recoger el correo; me acompañaba Piotr Sergueich, que ejercía las funciones de juez de instrucción.
   Hacía un tiempo espléndido, pero en el camino de vuelta oímos el estampido de un trueno y vimos cómo una nube negra y sombría se aproximaba. La nube se acercaba a nosotros y nosotros a ella.
   Sobre ese fondo se destacaba la mancha blanca de nuestra casa y de la iglesia, las altas y plateadas siluetas de los álamos. Olía a lluvia y a heno recién segado. Mi compañero estaba de buen humor. Se reía y decía toda clase de tonterías. Comentaba que no estaría mal que apareciera de pronto en nuestro camino un castillo medieval con torres almenadas, musgo y lechuzas, donde pudiéramos guarecernos de la lluvia antes de morir alcanzados por un rayo...
   Pero de repente sobre los campos de centeno y de avena corrió la primera ráfaga, el viento sopló con violencia y en el aire se formaron remolinos de polvo. Piotr Sergueich rompió a reír y espoleó a su caballo.
   -¡Bien! -gritó-. ¡Muy bien!
   Contagiaba de su alegría, la idea de que iba a calarme hasta los huesos y acaso morir alcanzada por un rayo también me hacía reír.
   El torbellino y el rápido galope, que nos cortaba la respiración y nos hacía sentirnos como pájaros, nos excitaba y nos hacía cosquillas en el pecho. Cuando entramos en el patio, el viento ya se había calmado y gruesas gotas de agua caían sobre la hierba y los tejados. Por los alrededores de la cuadra no había ni un alma.
   Piotr Sergueich desensilló los caballos y los condujo al establo. Mientras esperaba a que terminara, me detuve en el umbral y contemplé las bandas oblicuas de lluvia; el olor empalagoso y penetrante del heno se percibía allí con mayor intensidad que en el campo; las nubes y la lluvia habían oscurecido el cielo.
   -¡Vaya estruendo! -dijo Piotr Segueich, acercándose a mí después de un trueno especialmente violento y retumbante, que parecía haber partido el cielo por la mitad-. ¿Qué dice usted?
   Estaba a mi lado en el umbral y, aún sofocado por la carrera, me miraba. Me di cuenta de que le gustaba.
   -Natalia Vladimirovna -me dijo- , lo daría todo por quedarme aquí contemplándola. Hoy está usted preciosa.
   Tenía una mirada extasiada e implorante, su rostro estaba pálido, en su barba y en su bigote brillaban gotas de lluvia que también parecían contemplarme con amor.
   -La amo -dijo-. Solo verla me hace feliz. Sé que no puede ser usted mi mujer, pero no pretendo nada, no necesito nada, solo quiero que sepa que la amo. No diga nada, no me conteste, no me haga caso, me basta con que sea consciente de mi afecto y me permita mirarla.
   Me comunicó su entusiasmo. Miraba su rostro enardecido, oía su voz , que se entreveraba con el rumor de la lluvia y me sentia tan hechizada que no podía moverme.
   Me hubiera gustado quedarme allí para siempre, contemplando sus ojos brillantes y escuchando sus palabras.
   -¡No dice usted nada y hace muy bien! -exclamó Piotr Sergueich-. Siga callada.
                                           
   Me sentía feliz. Riendo de satisfacción, corrí hasta la casa bajo el aguacero; él también se rió y, dando saltos se lanzó en mi busca.
   Alborotando como niños, empapados y jadeantes, subimos con estrépito por la escalera y atravesamos a toda prisa las habitaciones. Mi padre y mi hermano, que no estaban acostumbrados a  verme tan alegre y risueña, me miraron con sorpresa y también se echaron a reír.
   Las  nubes de tormenta pasaron y el rumor del trueno se acalló, pero en la barba de Piotr Sergueich seguían brillando gotas de lluvia.Durante toda la velada, hasta la hora de la cena, estuvo cantando, silbando y jugando ruidosamente con el perro, al que persiguió por toda la casa; en una de esas carreras estuvo a punto de tirar al criado que traía el samovar. Durante la cena comió con buen apetito, dijo un montón de tonterías y afirmó que en invierno bastaba con comer pepinillos frescos para tener en la boca un olor a primavera.
   Cuando me fui a la cama, encendí una vela y abrí la ventana de par en par, sintiendo que una emoción indefinible se apoderaba de mi alma. Recordé mi libertad, mi buena salud, mi alta condición, mi riqueza y el amor que ese hombre me profesaba, pero sobre todo, mi alta condición y mi riqueza. ¡Cuánto me confortaban ambas, Dios mío...!Luego, acurrucándome en la cama para protegerme del ligero frescor que ascendía del jardín junto con el rocío, traté de dilucidar si amaba a Piotr Sergueich o no...Pero me dormí sin haber llegado a ninguna conclusión.
   Por la mañana cuando percibí sobre mi lecho unas temblorosas manchas de sol y las sombras proyectadas por las ramas de un tilo, en mi memoria revivieron con fuerza los acontecimientos de la víspera. La vida se me antojaba rica, variopinta, llena de encanto.Canturreando me vestí a toda prisa y salí corriendo al jardín...                                            
   ¿Qué sucedió después? Nada. Cuando llegó el invierno y nos trasladamos a la ciudad, Piotr Serguich vino a visitarnos algunas veces. Los amigos de las vacaciones solo nos seducen en el campo y en verano, mientras en la ciudad y en invierno pierden buena parte de su encanto. Cuando se les sirve el té en la ciudad, se tiene la impresión de que llevan levitas prestadas y de que pasan demasiado tiempo removiendo la cucharilla en la taza. En la ciudad Piotr Sergueich volvió a hablarme alguna vez de amor, pero sus palabras sonaban allí de un modo distinto que el campo. En ese ambiente ambos sentíamos con mayor fuerza la muralla que se interponía entre ambos: yo era rica y de alta condición; él, pobre, hijo de un diácono, sin más títulos ni distinciones que su cargo de juez de instrucción; los dos -yo por juventud y él Dios sabe por qué- estimábamos que esa muralla era muy alta y espesa; en consecuencia, cuando venía a vernos a la ciudad, sonreía con aire forzado, criticaba la alta sociedad y, si había otros invitados en el salón, callaba con aire sombrío.[...]
   Me sentía querida, la felicidad me rondaba y parecía vivir a mi lado; no conocía cuidados, ni siquiera trataba de comprenderme a mí misma, de saber qué esperaba y pretendía de la vida. El tiempo pasaba...A mi lado desfilaban personas que me querían, se sucedían días serenos y noches tibias, cantaban los ruiseñores, olía a heno, y todas esas impresiones, tan agradables y llenas de recuerdos maravillosos, se esfumaban rápidamente ante mis ojos, como le sucede a todo el mundo, sin dejar apenas huella ni conciencia de su valor, hasta desaparecer del todo como niebla...¿A dónde fueron a parar?
   Mi padre murió, yo envejecí; todo lo que me gustaba, me halagaba y me ofrecía esperanzas -el rumor de la lluvia, el estruendo del trueno, los sueños de felicidad, las conversaciones sobre el amor- acabó convirtiéndose en un recuerdo, y ante mí solo quedó un espacio vasto y desierto: en esa llanura no había un solo ser vivo y a lo lejos el horizonte tenía un aspecto sombrío y terrible... 
                     
                                             
Alguien llama a la puerta...Es Piotr Sergueich. Cuando veo los árboles en invierno y recuerdo cómo reverdecen para mí en verano, susurro:
   -¡Ah, mis queridos amigos!
  Y cuando me encuentro con personas que compartieron mi primavera, se apodera de mí una sensación de tristeza y afecto, y murmuro idénticas palabras.
   Hace ya tiempo que, gracias al apoyo de mi padre, Piotr Sergueich se trasladó a la ciudad. Ha envejecido un poco y sus facciones se han vuelto más afiladas. Ya no me habla de amor ni dice tonterías; le disgusta su oficio, padece no sé qué enfermedad, le corroe cierta decepción, le ha dado la espalda la existencia y vive a disgusto. En este momento se sienta junto a la chimenea y mira en silencio las llamas...Sin saber qué decirle, le pregunto:
   -¿Y bien?
   -Nada...-me contesta.
   Y vuelve a guardar silencio. El rojo resplandor del fuego tiembla en su triste rostro.
   Al recordar el pasado, mis hombros de pronto se estremecen, mi cabeza se dobla y rompo a llorar con amargura.Me domina una pena insoportable por mí misma y por ese hombre, y deseo apasionadamente que vuelva esa dicha de antaño que ahora la vida nos niega. Ya no pienso en  mi alta condición ni en mi riqueza.
   Estallo en fuertes sollozos y , apretándome las sienes balbuceo:
   -Dios mío, Dios mío, la vida ha pasado...
   Él sigue sentado en silencio y no me dice: "No llores". Entiende que mi llanto es justificado, que ha llegado el momento de llorar. Veo en sus ojos que se compadece de mí; yo también me compadezco de él, pero al mismo tiempo me subleva que ese hombre tímido y desdichado no haya sido capaz de arreglar mi vida ni la suya.
   Cuando lo acompaño al recibidor, me parece que se las ingenia para emplear más tiempo del necesario en ponerse la pelliza. Me besa dos veces la mano en silencio y se queda mirando largo rato mi cara arrasada por las lágrimas. Creo que en ese instante se acuerda de la tormenta, de las ráfagas de lluvia, de nuestras risas,de mi rostro de entonces. Querría comunicarme algo, le gustaría poder hablar, pero no dice nada, se limita a sacudir la cabeza y a apretarme con fuerza la mano. ¡Qué dios le proteja!
   Después de conducirlo a la puerta, vuelvo al despacho y me siento de nuevo en la alfombra, ante la chimenea. Las rojas brasas se cubren de ceniza y empiezan a apagarse. La nevasca golpea con redoblada fuerza en la ventana y el viento silba en la chimenea.
   La doncella entra en la habitación y, pensando que estoy dormida, me llama...  
            


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Cuentos completos [1887-1893] Páginas de Espuma,tomo 3, 2015
[La traducción de este relato es de Victor Gallego Ballestero.]