"¿Sabe usted cómo escribo yo mis cuentos? -le dijo a Korolenko, el periodista y narrador radical, cuando acababan de conocerse- Así." Echó una ojeada a la mesa -cuenta Korolenko- tomó el primer objeto que encontró, que resultó ser un cenicero, y poniéndomelo delante dijo: " Si usted quiere mañana tendrá un cuento. Se llamará El cenicero."Y en aquel mismo instante le pareció a Korolenko que aquel cenicero estaba experimentando una transformación mágica: "Ciertas situaciones indefinidas, aventuras que aún no habían hallado una forma concreta, estaban empezando a cristalizar en torno al cenicero". V.NABOKOV/ Chéjov

"¿Has visto alguna vez un montaje realmente hermoso de, digamos, "El jardín de los cerezos"? No me digas que sí. Nadie lo ha visto. Puede que hayas visto "montajes inspirados, montajes eficaces", pero nunca algo hermoso. Nunca una versión en la cual todos los que salen al escenario estén a la altura del talento de Chéjovè, matiz por matiz, carácter por carácter."-J.D.Salinger

***Anton Chéjov según Natalia Ginzburg y Vasili Grossman

viernes, 18 de mayo de 2018

Anton Chéjov y "El violín de Rothschild"


Releer a Sergio Pitol tras su reciente desaparición,conduce directamente a Anton Chéjov. Las páginas que le dedicó en varios de sus libros, -junto con las que escribió Thomas Mann, en los últimos años-, iluminan como pocas  sus insondables relatos y   prodigioso teatro. 
También Chéjov era el autor preferido de Dimitri Shostakovich;  a  S. Volkov le confesaba:"Siempre quedo sacudido cuando releo "El violín de Rothschild" y recomendó el relato a su discípulo,Benjamin Fleischmann,  como  tema para su primera composición. 
El joven  era de una familia de origen judío de músicos aficionados que completaban sus escasos ingresos actuando como orquestina en casamientos y entierros...  Fleichsmann   murió en 1941, a los veintiocho años durante  la defensa de Leningrado sin completar la partitura  y  fue Shostakovich quien la terminó  y realizó  su orquestación.
                                 
  la boda rusa de chagall
                                     Marc Chagall, h1908/ músicas  de bodas y funerales.
Estas pinturas son anteriores a la marcha de Chagall a París,1910. León Bakst, su tutor, le dasaconsejaba el viaje por considerar que su  ingenuidad no  le permitiría  sobrevivir, fisicamente, en medio de la bohemia parisina. Pero Chagall que no murió de hambre como temía Bakst, aunque pasó bastante, incorporó lo que quiso de las vanguardias,y siguió fiel a un lirismo cada vez más puro, casi musical, que  ya afloraba en su primitiva fase expresionista, y a un surrealismo -antes del Surrealismo- que se manifestó tempranamente en la intensa  densidad onírica  de sus representaciones y el  humor sutil que impregnarían posteriormente  su autobiografía.
         


El violín de Rothschild

El pueblecillo era pequeño, peor que una aldea. Y los que en él vivían eran casi todos ancianos que morían tan de tarde en tarde que aquello resultaba enfadoso.En el hospital y la cárcel se necesitaban muy pocos ataúdes. Total, que el negocio iba muy mal. Si Yakov Ivanov hubiese sido fabricante de ataúdes en la capital del distrito ya tendría probablemente casa propia y le llamarían Yakov Matveich; pero en ese pueblecillo le llamaban sencillamente Yakov y, no se sabe por qué, le habían puesto el apodo de Bronce. Vivía tan pobremente como un campesino, en una cabaña pequeña y vieja de una sola habitación, en la que se apretujaban él, Marfa, la estufa, una cama de matrimonio, los ataúdes, el banco de taller y todos los enseres domésticos.
Los ataúdes que Yakov hacía rean vistosos y de buena calidad. Para los campesinos y la gente del pueblo los hacía midiéndose a sí mismo, sin equivocase nunca, ya que, aunque tenía setenta años, no había en le pueblo ni en la cárcel nadie más alto ni más robusto que él. Para los señores y las mujeres los hacía a medida, usando para tal fin una vara de metal.Si se le encargaban ataúdes para niños los hacía de mala gana, sin tomar medida, desdeñosamente, y cuando le pagaban por ese trabajo solía decir:
-Confieso que no me gusta malgastar el tiempo en fruslerías.Además de lo que cobraba por su trabajo de carpintería, ganaba también algún dinerillo tocando el violín. Había en el pueblo una orquesta judía que de ordinario tocaba en las bodas, dirigida por el hojalatero Shahkes, quien se quedaba con más de la mitad de los ingresos. Como Yakov tocaba muy bien el violín, especialmente canciones rusas, Shahkes le pedía de vez en cuando que tocara en su orquesta a razón de cincuenta kopeks al día, sin contar las propinas que pudieran darle los invitados. Cuando Bronce tomaba su asiento en la orquesta lo primero que le ocurría era que se le enrojecía la cara y se le cubría de sudor; hacía calor,olía a ajo hasta el extremo de causar sofoco; el violín empezaba a chirriar, el contrabajo gruñía junto a su oído derecho y la flauta gemía contra el izquierdo. La flauta la tocaba un judío flaco, de pelo rojizo, con toda una red de venas rojas y azules en la cara, quien tenía por nombre el de un famoso ricachón: Rothschild. Y ese condenado judío siempre se las ingeniaba para dar un tono triste a las canciones más alegres. Sin motivo aparente Yakov empezó poco a poco a sentir odio y desprecio por los judíos, en particular por Rothschild. Reñía con él, le insultaba con palabrotas y hasta trató en una ocasión de pegarle, pero Rothschild se ofendió y dijo mirándole ferozmente:-Si no le respetase por su talento musical le habría tirado por la ventana hace mucho tiempo.Y luego rompió a llorar. Por esta causa dejaron de llamar a Yakov para que tocara en la orquesta tan a menudo como antes lo hacía sólo cuando fallaba alguno de los judíos y no tenían más remedio que recurrir a él. 
Yacov nunca estaba de buen humor porque de continuo tenía que afrontar las pérdidas más horribles. Por ejemplo, era pecado trabajar en domingo o día festivo, el lunes era de mal agüero; de modo que en el año había unos doscientos días en que, mal que le pesase, tenía que estar mano sobre mano.¡Y menuda pérdida lo que eso suponía!Si alguien del pueblo tenía una boda sin música, o si Shahkes no le, invitaba a tocar, eso también era un pérdida.El inspector de policía había estado enfermo de tisis durante dos años, y Yakov había esperado impaciente que se muriera, pero el inspector fue a curarse a la capital de la provincia y había muerto allí. He ahí otra pérdida de por lo menos diez rublos, ya que el ataúd hubiera sido de los caros, con forro de brocado. La consideración de sus pérdidas atormentaba a Yakov sobre todo de noche; ponía el violín a su lado de la cama y cuando una de esas ideas fastidiosas le hurgaba el magín pulsaba las cuerdas, el violín producía un sonido en la oscuridad y Yakov se sentía aliviado.
El seis de mayo del año pasado Marfa se sintió de repente enferma. La vieja respiraba con dificultad, tenía mucha sed y se tambaleaba al andar; no obstante ella misma encendió la estufa esa mañana y hasta fue por agua. Al anochecer se acostó. Yakov estuvo tocando el violín todo el día. Cuando oscureció por completo tomó el cuaderno en que a diario apuntaba sus pérdidas y, no teniendo otra cosa mejor que hacer,se puso a sumar las de ese año.Ascendían a más de mil rublos. Tanto le perturbó este descubrimiento que tiró el cuaderno al suelo y lo pisoteó. Luego lo recogió y estuvo sacudiéndolo largo rato, entre hondos y prolongados suspiros. Tenía la cara amoratada y húmeda de sudor. Pensaba que si esos mil rublos que había perdido los hubiera tenido en le banco, le habrían producido como mínimo cuarenta rublos de interés al cabo del año.Así , pues, esos cuarenta rublos representaban también una pérdida. En resumen, que dondequiera que miraba sólo hallaba pérdidas y más pérdidas.
-¡Yacov! -exclamó María inesperadamente- ¡Me estoy muriendo!Se volvió para mirar a su esposa. El rostro de ella enrojecido por la fiebre, parecía insólitamente animado y gozoso. Bronce, habituado como estaba a verlo pálido, tímido y triste, quedó desconcertado. Le parecía como si ella hubiese muerto y estuviese contenta de abandonar por fin la cabaña, los ataúdes y al propio Yakov.  Miraba el techo, moviendo los labios, con una expresión de gozo, como si estuviera viendo a la Muerte, su liberadora y conversando con ella.Había llegado el amanecer y por la ventana se veía el cielo teñido con los colores del alba. Por algún motivo desconocido Yakov recordó,mirando ala vieja, que al parecer nunca le había hecho una caricia, nunca se había compadecido de ella, nunca había pensado en comprarle un pañuelo o en traerle algún dulce de las bodas. Por el contrario, sólo le había gritado, la había reñido por lo de las pérdidas y la había amenazado con el puño en alto; cierto que nunca le había puesto la mano encima, pero sí la había asustado, y cada vez que la reñía la dejaba paralizada de terror.Sí, y no le había permitido tomar el té porque bien claro estaba que sus gastos eran cuantiosos, por lo que ella había tenido que contentarse con beber agua caliente. Y ahora comprendía por qué la cara de ella tenía esa extraña expresión de gozo. Y aquello le colmó de espanto.
Tan pronto como se hizo de día pidió prestado un caballo a un vecino y llevó a Marfa al hospital. Como no había allí muchos enfermos no tuvo que esperar largo rato, sólo unas tres horas. Con gran contento suyo, no era el médico el que recibía a los enfermos ese día, sino el practicante,Maksim Nicolaich, un viejo de quien toda la ciudad decía que, aunque borrachín y pendenciero, sabía más que el médico.
-Buenos días , señor dijo Yakov entrando con su vieja en la consulta-.Perdone, Maksim Nikolaich, que le molestemos con estas cosillas. Como puede ver, este sujeto ha caído enfermo.O, como se dice, la compañera de mi vida, si me permite usted la expresión...Frunciendo las cejas grises y alisándose las patillas, el practicante clavó la mirada en la vieja, quien toda encogida estaba sentada en un taburete. Con su cara enjuta, nariz larga y boca abierta se parecía en su perfil a un pájaro sediento.
-Pues...sí...-dijo el practicante pausadamente y dando un suspiro-. Es un caso de gripe y quizá con fiebre. Hay ahora tifus en la ciudad .¿Qué hay que hacer? Gracias a dios la vieja ya ha tenido una larga vida...¿Qué edad tiene?-Le falta un año para los setenta, Maksim Nikolaich.-Vaya, pues sí que ha vivido. Ya es hora de que acaben las cosas.-Tiene usted razón en lo que dice, Maksim Nokolaich- dijo Yakov sonriendo por cortesía-.Y le agradezco su amabilidad, pero permítame indicarle que hasta un insecto quiere vivir.-Eso nada tiene que ver -replicó el practicante, como si de él dependiese el que la vieja viviera o no-. Bueno, amigo, oye lo que te digo: Ponle una compresa fría alrededor de la cabeza y dale de estos polvos dos veces al día. Y ahora vete con Dios.Bon jour.

Por la expresión de la cara del practicante Yakov coligó que ya era demasiado tarde para polvos; para él estaba claro que Marfa moriría muy pronto, si no ese día, el siguiente. Tocó ligeramente el codo del practicante, guiñó los ojos y dijo con voz queda:-Convendría ponerle unas ventosas, Maksim Nikolaich.-No tengo tiempo, no tengo tiempo, amigo.Váyanse con Dios, usted y su vieja. Hasta la vista.-Hágame ese favor -imploró Yakov-.Bien sabe usted que si, pongamos por caso, ella padeciese del estómago o de otro órgano interno, los polvos y las gotas podrían curarla. Pero lo que tiene es un resfriado. Y para un resfriado, Maksim Nikolaich, lo primero que hay que hacer es sangrar al enfermo.Pero el practicante había llamado ya al enfermo siguiente y en la sala de espera había entrado una campesina con un niño pequeño.-¡Váyase, váyase!...-dijo el practicante a Yakov frunciendo el ceño-. No hay nada más que hacer.-Pues entonces póngale al menos unas sanguijuelas.Rezaré por usted eternamente.El practicante, furioso, rugió:-¡Ni una palabra más, zopenco!...Yakov también perdió los estribos y se puso rojo como un tomate, pero no dijo una palabra más, agarró del brazo a Marfa y la sacó de la habitación. Sólo cuando ya estaban en el carro lanzó al hospital una mirada adusta y despreciativa y dijo:-¡Vaya con estos artistas! A un hombre rico sí que lo sangraría pero a un pobre ni una sanguijuela.¡Tío bruto!
                                   
Al llegar a casa, Marfa estuvo durante unos diez minutos apoyada en la estufa. Temía que , si se acostaba, Yakov empezaría a hablar de pérdidas y a regañarla por quedarse en la cama y no trabajar. Y Yakov la miraba con fastidio y se acordaba de que el día siguiente era el día de San Juan Bautista, el otro el de San Nicolás milagrero, el siguiente era domingo, y luego lunes, día de mal agüero. No se podría trabajar durante cuatro días, y Marfa de seguro moriría en uno de ellos; así pues tenía que hacer el ataúd ese mismo día. Tomó su vara de medir metálica, se acercó a la vieja y la midió. Después de eso, ella se acostó, él se santiguó y empezó a hacer el ataúd.Cuando quedó terminado el trabajo, Bronce se puso los anteojos y escribió en su librillo:"El ataúd de Marfa Ivanovna: 2 rublos 40 kopeks".Y suspiró. Durante todo ese tiempo su mujer estuvo acostada, sin hablar y con los ojos cerrados. Pero al anochecer, cuando ya oscurecía,llamó de pronto a su marido:-¿Te acuerdas, Yakov? -preguntó mirándolo con gozo-.¿Te acuerdas de que hace cincuenta años nos dio Dios un niño de pelo rubio?Tú y yo nos sentábamos entonces a la orilla del río y cantábamos canciones debajo del sauce.-Y riendo amargamente agregó:"El niño murió".Yakov trató de hacer memoria pero no pudo recordar en absoluto nada del niño o del sauce.-Ésas son imaginaciones tuyas -dijo.Llegó el sacerdote, quien administró al enferma los sacramentos y la extremaunción. Marfa empezó a murmurar algo ininteligible y cunado ya despuntaba la mañana murió.Las vecinas viejas lavaron y amortajaron el cuerpo y lo pusieron en el ataúd. Para no tener que pagar al diácono, el propio Yakov leyó los salmos. Tampoco tuvo que pagar los honorarios del cementerio, porque el guardián de éste era compadre suyo. Cuatro campesinos llevaron el ataúd al camposanto sin cobrar nada, por respeto a la difunta.  Tras el ataúd iban unas viejas, unos mendigos y dos tullidos.Las personas que se encontraban en el camino se santiguaban piadosamente...Y Yakov quedó muy contento de que todo se hubiera hecho de manera tan honrosa, decente y barata, sin ofender a nadie. Cuando dijo su último adiós a Marfa tocó el ataúd con la mano y pensó:"Excelente trabajo".Pero volviendo del cementerio le acosó una fuerte congoja. Sintióse  mal, respiraba febril y penosamente, le flaqueaban las piernas y ansiaba beber algo. Por añadidura, le revoloteaban en la cabeza un sinfín de pensamientos.Volvió a recordar que jamás en su vida había tenido lástima de Marfa o le había hecho una caricia. Los cincuenta y dos años que habían estado viviendo juntos en una cabaña se alargaban hacia atrás indefinidamente, pero durante ese tiempo no había pensado en ella una sola vez  ni le había hecho el menor caso, como si la pobre mujer hubiera sido un pero o un gato.Y, sin embargo, ella había encendido la estufa todos los días, había guisado y cocido, ido por agua, cortado leña, dormido con él en la misma cama; y cunado él había vuelto borracho de alguna boda ella había colgado respetuosamente el violín en la pared y metido al marido en la cama, todo ello en silencio, con cara preocupada y tímida.
                                       Al encuentro de Yakov, sonriendo e inclinándose, venía Rothschild.-Vengo en su busca,tío -dijo-.Moisei Ilich le manda saludos y desea que vaya usted a verle enseguida.Yakov no esperaba tal cosa. Tenía ganas de llorar.-¡Largo de aquí! -exclamó, prosiguiendo su camino.-¿Pero qué es eso?-preguntó Rothschild alarmado, corriendo tras él-.¡Moisei Ilich se va a enfadar!¡quiere que vaya usted a verle enseguida!A Yakov le causaban asco el jadear y guiñar de ojos del judío y las monstruosas manchas rojizas que tenía en la cara. También le repugnaba mirar su levita verde llena de remiendos y toda su figura escuálida y frágil.-¿A qué vienes tras de mí, diente de ajo?-gritó Yakov-. ¡Déjame en paz!El judío también se sulfuró y gritó:-¡Si no baja usted de tono le tiro por encima de la valla!-¡Quítate de delante! -rugió Yakov, yendo hacia él con los puños cerrados-.¡No hay quien pueda aguantar a los judíos!Rothschild quedó paralizado por el terror. Se agachó y alzó las manos por encima de la cabeza como para protegerse de los golpes; luego se levantó de un brinco y salió de allí a escape. Cuando corría iba dando saltos y manoteando el aire, mostrando cómo se retorcía su largo y descarnado espinazo. A los chicuelos de la calle les divertía el incidente y corrían gritando "¡judío, judío!". También los perros iban fueron en su seguimiento ladrando a más y mejor. Alguien soltó una carcajada y después lanzó un silbido, con lo que los perros renovaron los ladridos con más brío y estrépito que nunca...Luego, por lo visto, un perro mordió a Rothschild porque se oyó un grito de congoja y desesperación.
Yakov cruzó el prado comunal y fue sorteando las afueras del pueblo sin rumbo fijo,mientras los chicuelos gritaban "¡que viene Bronce, que viene Bronce!". Se halló junto al río. Por allí, revoloteando, chillaban las agachadizas y graznaban los patos. El sol brillaba intensamente y el agua espejeaba tanto que era penoso mirarla. Yakov se internó por una vereda que corría a lo largo de la orilla y vio a una señora gorda, de mejillas coloradas, que salía de la caseta de baños."Vaya nutria", dijo para sí. No lejos de la caseta unos chicos pescaban cangrejos usando trozos de carne como cebo. Al verle empezaron a gritar maliciosamente "¡Bronce, Bronce!". Pero he aquí que ante él se levantaba un viejo y frondoso sauce, de tronco enorme y con un nido de cornejas entre las ramas...Y de pronto surgió en la memoria de Yakov , como algo lleno de vida, el niño de rizos dorados y el sauce de que había hablado Marfa. Sí, este era el mismísimo árbol,verde, inmóvil y triste.¡Cómo había envejecido, el pobre!Se sentó al pie del mismo y se entregó a sus recuerdos. En la orilla opuesta,donde ahora había un prado que a veces se inundaba,había existido en años anteriores un bosque de robustos abedules y aquel cerro pelado que se divisaba en el horizonte había estado cubierto por un viejo pinar. Por el río pasaban entonces barcazas, pero ahora todo aquello estaba pelado, liso y en la orilla sólo se veía un abedul solitario, joven y garboso, como una muchacha, en tanto que por el río sólo transitaban patos y gansos. Era difícil creer que por allí habían pasado barcas en otros tiempos. Yakov cerró los ojos y en su imaginación vio venir hacia él, uno tras otro, una interminable bandada de gansos blancos.Le sorprendía darse cuenta de que no había bajado al río una sola vez durante los últimos cuarenta o cincuenta años de su vida, o si había venido no se había dado cuenta de ello.La corriente era firme y bastante caudalosa; se habría podido pescar en ella y vender el pescado a los comerciantes, a los funcionarios, al cantinero de la estación, e ingresar el dinero en el banco. Habría podido ir en lancha por el río, de finca en finca, tocando el violín, y la gente de toda condición habría dado dinero por oírle. Habría podido trabajar con una lancha en el río, lo que hubiera sido más provechoso que hacer ataúdes. Por último, habría podido criar gansos, matarlos y enviarlos a Moscú en el invierno; quizá con sólo la venta de las plumas habría podido embolsarse diez rublos al año.Pero había perdido todas esas oportunidades; no había hecho nada.¡qué pérdidas!¡Ay qué pérdidas! Y si se sumaba todo ello -pescar, tocar el violín, trabajar con una lancha, criar gansos- ¡qué capitalazo hubiera reunido. Pero ni en sueños había hecho nada de eso; su vida había transcurrido sin gusto ni provecho, tonta e inútilmente. Delante de sí no quedaba nada; detrás tampoco, salvo pérdidas y pérdidas tan horribles que de sólo pensar en ellas sentía escalofríos. ¿Y por qué no puede un hombre vivir de manera que se puedan evitar tales perjuicios y pérdidas? A ver ¿por qué se talaron esos abedules y ese pinar? ¿Qué necesidad había de que estuvieran baldíos esos pastizales? ¿Por qué la gente hace siempre precisamente lo que no debe hacer?¿Por qué Yakov, durante toda su vida, había reñido, chillado, amenazado con el puño e injuriado a su mujer?Otra pregunta ¿que necesidad había habido de insultar y asustar a un judío un momento antes?¿Por qué, en general, los hombres están siempre echándose la zancadilla unos a otros? ¡pues hay que ver las pérdidas que se originan con eso!¡Pérdidas terribles! Si no fuera por el odio y la rabia los hombres podrían obtener unos de otros ganancias enormes.
                                                                                                        
                      Todo ese anochecer, toda esa noche, estuvo Yakov soñando con el niño, con el cauce, con el pescado y los gansos, con Marfa y su perfil de pájaro sediento, con el rostro pálido y lastimero de Rothschild. Unos a modo de hocicos parecían acercarse a él por todos lados, murmurándole sus pérdidas. Daba vueltas y más vueltas en la cama y se levantó cinco veces durante la noche para tocar el violín.Haciendo un esfuerzo se levantó a la mañana siguiente y fue al hospital. el mismo Maksim Nicolaich le mandó ponerse paños fríos en la cabeza y le dio unos polvos; pero, por la expresión de la cara y el tono de la voz del practicante, Yakov entendió que la cosa iba mal y que no había polvos que pudieran ayudarlo ya. Cuando volvía a casa iba pensando que de su muerte resultaría al menos una ganancia: no tendría que comer, ni beber, ni pagar impuestos, ni ofender a nadie; y como el individuo permanece en la tumba durante cientos y miles de años, la suma de ello da por resultado una ganancia colosal. Así, pues, la vida es para el hombre una pérdida, la muerte una ganancia. Esta conclusión es, por supuesto, correcta, pero también lamentable y amarga. ¿Por qué en este mundo las cosas están ordenadas de modo que la vida, que el hombre recibe tan sólo una vez, deba transcurrir sin ganancia alguna?
No lamentaba tener que morir, pero cuando al llegar a casa vio el violín se le encogió el corazón y se puso muy triste. No podía llevar consigo el violín a la tumba, por lo que éste quedaría huérfano y correría la misma suerte que los bosquecillos de sauces y pinos. Todo en este mundo acababa y seguiría acabando.Yakov salió y se sentó en el umbral de la cabaña, apretando el violín contra su pecho. Y  mientras pensaba en su vida desaprovechada y caduca empezó a tocar, sin darse cuenta de que lo que tocaba era triste y enternecedor ni de que las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Y cuanto más pensaba, más triste sonaba el violín.
Rechinó un picaporte y entró Rothschild por la puerta de la valla. Cruzó audazmente la primera mitad del patio, pero al ver a Yakov hizo alto, se agachó y, seguramente de susto, empezó a hace señas con las manos,como queriendo mostrar con los dedos la hora que era.-Ven aquí, no tengas miedo -dijo Yakov con dulzura, indicándole que se aproximara-.¡Acércate!Mirando desconfiado y miedoso, Rothschild fue acercándose y se detuvo a dos o tres pasos de Yakov.-¡Por favor, no me pegue!-dijo inclinándose-.Moisei Ilich me manda otra vez. "No temas, me ha dicho, vuelve a Yakov y dile que sin él no podemos salir del paso".Hay una boda el jueves que viene...Sí...íí. El señor Shapovalov casa a su hija con un hombre de bien. Y la boda ¡huy, huy! será de postín -agregó el judío haciendo un guiño.-No puedo ir -dijo Yakov, respirando penosamente-.Estoy enfermo, muchacho.Empezó a tocar de nuevo; y las lágrimas le saltaban de los ojos al violín.Rothschild escuchaba atentamente, mirándole de soslayo, con los brazos cruzados sobre el pecho. Y el miedo y la perplejidad de su cara fueron trocándose poco a poco en sufrimiento y angustia. Levantó los ojos como en un éxtasis de dolor y murmuró "¡Ah!", y las lágrimas empezaron a resbalar lentamente por sus mejillas y a caer sobre la levita verde.El resto del día lo pasó Yakov acostado y entristecido. Cuando al anochecer llegó el sacerdote para confesarle y le preguntó si no recordaba algún pecado en particular, trató de reanimar su enflaquecida memoria y vio de nuevo ante sí la cara triste de Marfa y oyó el grito desesperado del judío cuando el perro le mordió. Murmuró con un hilo de voz:-Dé mi violín a Rothschild.-Así se hará- respondió el sacerdote.
Ahora toda la gente del pueblo pregunta:-¿De dónde habrá sacado Rothschild un violín tan estupendo? ¡Lo habrá comprado, lo habrá robado, o quizá lo habrá sacado de una casa de préstamos?Hace tiempo que Rothschild ha abandonado la flauta. Ahora bien, cuando trata de reproducir lo que Yakov tocaba sentado en el umbral de la cabaña, el resultado es tan plañidero y dolorido que sus oyentes rompen a llorar y él mismo acaba por alzar los ojos y murmurar "¡Ah!".Y esta nueva canción gusta tanto en el pueblo, que los comerciantes y los funcionarios rivalizan en invitar a Rothschild a sus casas y a menudo hacen que toque esa pieza diez veces seguidas.
Marc Chagall, Mi vida
L


Anton Chéjov, El violín de Rotschild y otros relatos, Alianza Editorial.

viernes, 16 de marzo de 2018

Beatriz González vitalidad de la palabra y las imágenes



Esta semana "El Cultural" publica una entrevista   con la pintora colombiana Beatriz González,(Bucaramanga, 1938), conocida y respetada internacionalmente por una innovadora mirada plástica que con talento,pasión y método, crea imágenes poderosas. Aunque su estilo se catalogue a menudo dentro del  pop, ella  parece sentirse más cercana -por razones evidentes, si se analizan  los componentes de sus obras  alejados de lo popular-,  al  neo-dadaísmo que impulsaron  Rauschenberg y  Jaspers Johns...
                                 
Es  autora de importantes  textos sobre arte colombiano y una profesora sagaz que, recordando a Rilke, escribe una  "Carta a un joven artista" ,y en sus clases, trasmite a los alumnos la superioridad de la reflexión sobre la técnica en el arte contemporáneo y  les desvela el valor de la poesía como magma  de la creación y la importancia para la misma  del cine y de la historia. 
Sus pinturas de figuras planas y color plano sobre lienzo y otros soportes, -cortinas, muebles, cerámica...-, se acercan menos a  lo popular que a lo más sofisticado del arte universal y  llegan a Madrid  desde Burdeos donde  estarán  a partir  del 22 de marzo  en el Palacio  de Velázquez  en el Retiro .
         

Pregunta.-¿Cuáles han sido sus fuentes de inspiración?Respuesta.-El reporterismo gráfico y las imágenes en periódicos y revistas. En cuanto a la historia del arte, La Crucifixión de Grünewald, que es capital para mí porque el artista supo captar el momento de dolor y de pasión. También La expulsión del Paraíso de Masaccio, por la expresión e las imágenes en pleno movimiento.
 
P.-Alimenta su archivo con recortes de periódico, láminas de reproducciones de obras y otros materiales. ¿Cómo es su proceso de trabajo?R.-En primer lugar reviso los periódicos diarios y corto las imágenes que me llaman la atención por su tema o por el tratamiento de la imagen. Escojo una fotografía, hago dibujos en libretas, luego en papeles de mayor tamaño y por último decido si merece la pena hacer una pintura al óleo de acuerdo a la complejidad de la imagen.[...]
                                 
P.-Ha pintado sobre muebles, cortinas...¿importa el soporte?R.-Unas veces es el que me dicta la imagen, como el caso de Botticcelli Wash and Wear, otras es la imagen impresa la que me dicta el soporte.[...] La especificidad de una obra radica en el acierto en escoger un soporte para la imagen. 
P.- ¿Qué opina de la etiqueta de pionera del arte pop latinoamericano que siempre se le añade a su nombre? R.-Nunca he aceptado que me cataloguen de artista pop, cuando comencé a trabajar con recortes de prensa mi conocimiento y el contacto con el arte pop en Colombia era muy escaso. Al contemplar en el Museo Stedelijk de Amsterdam en 1966 las obras de los artistas pop me incliné hacia las obras de artistas  pre-pop como Jaspers Johns y Robert Rauschenberg
P.-Cree en el artista comprometido políticamente con su tiempo?R.-No creo en el compromiso político del artista, creo en el compromiso con la ética.[...]P.-Esta retrospectiva es un reconocimiento en Europa a su carrera, por qué cree que hemos tenido que esperar tanto?R.- Por la mirada miope europea hacia Latinoamérica.[...]
 
P.- Cuál cree que es el lugar que ocupa el arte en la historia?R.-Ninguno, como otros creen, el arte dice cosas que la historia no puede contar.P.-¿Ha sido intensa su relación con artistas de su generación como Botero?R.-Los artistas como Botero no miran a su alrededor, así que mi obra no existe para ellos. Hay otros artistas como Santiago Cárdenas y Luis Caballero con los que mantuvimos y mantenemos una gran admiración mutua. [...]
 
P.-¿Qué consejo daría,entonces, a las nuevas generaciones de artistas? R.-En Carta a un joven artista recomiendo la lectura de poesía, la afición al cine y los grandes directores, la lectura de historia.                     


P.-¿Cuál debe ser el papel de los museos? 
R.- Los museos y sus colecciones son esenciales para para la aproximación a la obra de arte en particular. el hecho de descubrir el gusto por un pequeño detalle de la obra abre la comprensión no sólo de qué es el arte sino de qué es un
artista.[...]                      

http://www.elcultural.com/revista/arte/Beatriz-Gonzalez-El-arte-dice-cosas-que-la-historia-no-puede-contar/40796
 

El Cultural, 16-22 de marzo de 2018, El Mundo

viernes, 1 de diciembre de 2017

Tobias Wolff "el mejor relato jamás escrito..."



En los años noventa J.M.Guelbenzu  con la reseña  de"Llámalo sueño", convenció a muchos lectores -cuando creían que la saga de los grandes Roth la integraban exclusivamente Joseph y Philip Roth- de que era imprescindible  leer  a Henry Roth, y  algunos se hicieron adictos a toda su  obra; años más tarde otra  de sus criticas, la  de "Vieja escuela", les descubrió a Tobias Wolff y contagió la misma admiración por  sus  novelas y  narraciones cortas . 
En 2011, Guelbenzu escribió un  artículo especial sobre el relato de Wolff"Aquí empieza nuestra historia" . Era especial  porque el crítico mostraba  al lector toda la magia del cuento  al subrayar   la sensibilidad y el talento con que el escritor había empleado  recursos  literarios precisos  para despertar la imaginación del  lector y aclarar su vocación al  protagonista. Señalaba  cómo  construía Wolff -con sugerencias e imágenes- atmósferas,psicologías y emociones...que  revelaban a los personajes  y sus relaciones más allá de las apariencias. 
Entre las   imágenes algunas pasan como ráfagas - el perro renqueante que asusta a Charlie, la mujer china con su carga surrealista (daliniana)...- y atraviesan el relato fugazmente para  desaparecer  en la niebla -; pero  la que cierra la historia permanece como  una visión que concentra  -en toda su complejidad-   lo que de búsqueda de  luz en la oscuridad interior, o en la misma naturaleza, tiene la creación  o en lo que consiste el oficio de escritor            
También dejaba  claro  su opinión sobre  Wolff : "Hoy en día es el más importante cuentista vivo en lengua inglesa, prolongando con honor la gran tradición del cuento norteamericano", 
y  sobre "Aquí empieza nuestra historia":"es en mi opinión, el mejor relato jamás escrito sobre el tema de la iniciación a la escritura":      
                    J.M. Guelbenzu: Tobias Wolff: "Aquí empieza nuestra historia"
               Edward HopperTramp Steamer,1908



Aquí empieza nuestra historia
La niebla entró temprano otra vez.Este era el décimo día consecutivo. Los camareros y las camareras se reunieron junto al ventanal para verla, y Charlie empujó su carrito a través del comedor para poder mirarla con ellos mientras llenaba los vasos de agua. Las barcas iban entrando adelantándose a la niebla, que se alzaba amenazadora tras ellas como una enorme ola. Las gaviotas planeaban desde el cielo hasta los pilones del muelle, donde se sacudían las plumas, se balanceaban de un lado a otro y miraban furiosas a los turistas que pasaban.
La niebla cubrió los puntales del parque. El puente parecía flotar suelto a medida que la niebla penetraba ondulante en el puerto y empezaba a dar alcance a las barcas. Una por una las fue engullendo a todas.
-Eso es a lo que yo llamo espeluznante -dijo uno de los camareros. No me harías salir  ahí fuera ni por amor ni por dinero.
-Bonita conversación -dijo el camarero .
Una camarera dijo algo y los demás se echaron a reír.
El maître salió de la cocina e hizo chascar los dedos.
-¡Chico! -gritó.
Una de las camareras se volvió y miró a Charlie, el cual dejó la jarra con la que estaba sirviendo agua y empujó el carrito a través del comedor hasta el lugar que le estaba asignado. Durante la siguiente media hora, hasta que llegó el primer cliente, Charlie dobló servilletas y puso cuadraditos de mantequilla en pequeños cuencos llenos de hielo picado y pensó en las cosas que le haría al maître si alguna vez tuviera al maître en su poder.
Pero esto era un entretenimiento; en realidad no odiaba al maître. Odiaba este trabajo sin sentido y su temor a perderlo, y más que nada odiaba que le llamaran chico, porque eso le hacía más difícil pensar en sí mismo  como un hombre, cosa que estaba aprendiendo a hacer.

Esa noche sólo entraron en el restaurante unos cuantos turistas. Todos ellos estaban solos, con las bolsas de sus compras en la silla de enfrente, y miraron taciturnos en dirección al Golden Gate, aunque no se veía nada más que la niebla presionando contra los ventanales y unas gotas de agua grasienta resbalando por el cristal.Como la mayoría de la gente que está sola, pidieron los platos más baratos,bacalao o el "Plato del Capitán", y quizás una jarra pequeña de vino de la casa. Los camareros le sirvieron de forma descuidada. Los turistas comieron muy despacio, dieron excesivas propinas y se marcharon más profundamente hundidos en la decepción que antes.

A las nueve de la noche el maître mandó a casa a todos los camareros, excepto a tres, y se fue él. Charlie esperó que le hiciese también a él una indicación, pero le dejó de pie junto a su carrito, donde dobló más servilletas y renovó el hielo a medida que se derretía en los vasos de agua y bajo los cuadraditos de mantequilla. Los tres camareros no paraban de irse a la despensa a fumar droga. Para cuando cerraron el restaurante estaban tan colocados que apenas podían tenerse en pie.

Charlie emprendió la vuelta a casa por el camino más largo, por Columbus Avenue, porque el Columbus Avenue tenía las farolas más luminosas. Pero con esta niebla las farolas eran sólo una presencia, una mancha lechosa aquí y allí entre el vapor. Charlie anduvo despacio pegándose a las paredes. No se encontró a nadie en el camino; pero una vez cuando se  detuvo para secarse el sudor de la cara, oyó un extraño ruido de pasos tras él, y al volverse vio un perro de tres patas surgir entre la niebla.Pasó junto a él dando una de sacudidas y desapareció.

-Dios -dijo Charlie.
Luego se rió, pero el sonido fue poco convincente y decidió meterse en algún sitio durante un rato.
Justo a la vuelta de la esquina,en Vallejo,había un café donde Charlie iba a veces en sus noches libres. Jack Keruac había mencionado este bar en The Subterraneans. Hoy en día los clientes eran fundamentalmente italianos que venían a escuchar la música del tocadiscos automático, que estaba lleno de óperas italianas, pero Charlie siempre levantaba la cabeza cuando entraba alguien; podía ser Ginsberg o Corso, que pasaban por allí recordando viejos tiempos. Le gustaba sentase allí con un libro abierto sobre la mesa, escuchando la música que él consideraba clásica. Le gustaba pensar que la mujer grosera y desastrada que le traía su capuccino había sido en otros tiempos la amante de Neil Cassady. Era posible.
       
Cuando Charlie entró en el café, los únicos clientes que había eran cuatro viejos sentados en una mesa junto a la puerta.Él cogió una mesa al otro lado del local. Alguien se había dejado olvidada una revista italiana de cine junto a la suya. Charlie miró las fotografías llevando el ritmo de "El coro del yunque" con los dedos, mientras la camarera le preparaba su capuccino. La máquina de café silbó cuando ella le dio a la manivela. El local se llenó del grato olor del café. Charlie notó también el olor a pescado y se dio cuenta de que venía de él, que apestaba a pescado. Sus dedos se quedaron inmóviles sobre la mesa.

Pagó a la camarera cuando ella le sirvió. Tenía la intención de beberse el café y marcharse. Mientras esperaba a que el café se enfriara entró una mujer con dos hombres. Miraron a su alrededor, conferenciaron y finalmente se sentaron en la mesa contigua a la de Charlie. No bien se sentaron empezaron a hablar sin procuparse de si Charlie les oía. Él escuchó,y al cabo de unos minutos empezó a lanzarles miradas. No lo notaron o no les importó. Se mostraban indiferentes a su presencia.

Charlie dedujo de su conversación que los tres eran miembros del coro de una iglesia y que iban de copas después de ensayar. La mujer se llamaba Audrey. Tenía el lápiz de labios corrido, lo que hacía que su boca pareciese un poco torcida. El marido de Audrey era alto y corpulento. Cambiaba de postura constantemente, arañando el suelo con las patas de la silla al hacerlo, y pasaba su sombrero de una rodilla a la otra repetidas veces. A pesar de su corpulencia, el traje verde que llevaba le sentaba perfectamente. Se llamaba Truman, y el otro hombre se llamaba George. George tenía una voz tranquila y aguda, que disfrutaba utilizando. Charlie le vio escuchándose al hablar. Era profesor de algo, cosa que no sorprendió a Charlie. George recordaba a los catedráticos jóvenes que había tenido en sus tres años de universidad: gafas sin montura, jersey de cuello vuelto, el fantasma de una sonrisa siempre en los labios. Pero George no era joven realmente. Su cabello abundante, con raya al medio, había empezado a encanecer.
No, al parecer sólo Audrey Y George cantaban en el coro. Le estaban contando a Truman un viaje que habían hecho recientemente a Los Ángeles, a un festival de coros.Truman miraba alternativamente a su mujer y a George según hablaban, y meneaba la cabeza cuando describían los lamentables caracteres de los otros miembros del coro y las excentricidades del director del mismo.
-Por supuesto el padre Wes no es nada comparado con monseñor Strauss -dijo George-. Monseñor Strauss estaba positivamente loco.
-¿Strauss? -dijo Truman.¿Quién es Strauss? El único Strauss que conozco es Johann.
Truman miró a su mujer y se rió.
-Perdona -dijo George-. Estaba siendo críptico. George a veces se olvida de lo elemental. Cuando conoces a alguien como monseñor Strauss supones que todo el mundo ha oído hablar de él. Monseñor fue nuestro director durante cinco años, antes de la toma de posesión del padre Wes. Le dio un ataque de religiosidad y se fue al subcontinente justo antes de que Audrey se uniera a nosotros, así que naturalmente, no tenía por qué conocer el nombre.
-¿El subcontinente? -dijo Truman-. ¿Qué es eso? ¿La Atlántida?
-Por Dios santo,Truman -dijo Audrey-.A veces me avergüenzas.
-La India -dijo George-.Calcuta. La madre Teresa y todo eso.
Audrey le puso una mano en el brazo a George.
-George -dijo-, cuéntale a Truman esa maravillosa historia que me contaste a mi acerca de monseñor Strauss y el filipino.
George sonrió para sí.
-Ah, sí -dijo-, Miguel. Es una larga historia, Audrey. Quizá sería mejor dejarla para otra noche.
-Si es tan larga...-dijo Truman
-No lo es -dijo Audrey. Golpeó con los nudillos sobre la mesa-. Cuenta la historia George.
George miró a Truman y se encogió de hombros.
-No le eches la culpa a George -dijo. Se bebió lo que quedaba de coñac-. De acuerdo. Aquí empieza nuestra historia. Monseñor Strauss tenía algún dinero y todos los años viajaba a lugares exóticos. Al regresar a casa siempre traía algún recuerdo extraño que había adquirido en sus viajes. De Argentina trajo unas semilla que se convirtieron en plantas cuyas flores olían a,con perdón, merde. Las había comprado en una tienda argentina de artículos de broma, si te puedes imaginar semejante cosa.Cuando volvió de Kenya pasó de contrabando un lagarto que cazaba moscas con la lengua a una distancia de metro y medio. Monseñor llevaba ese lagarto a todas partes sobre un dedo, y cuando una mosca se ponía a tiro decía: "¡Mirad esto!", y apuntaba el lagarto como si fuera una pistola, y paf...se acabó la mosca.
Audrey apuntó a Truman con un dedo y dijo:
-Paf.
Truman se limitó a mirarla.
-Necesito una copa -dijo Audrey, y le hizo una seña a la camarera.
George pasó un dedo por su copa de coñac.
-Después del lagarto -continuó- hubo un enorme roedor vivo que acabó en el zoo, y después del roedor vino un ser de Manila a quien monseñor había contratado como chofer durante su estancia allí y al cual le había cogido afecto. Cuando monseñor volvió tocó unas cuantas teclas en Inmigración y unas semanas más tarde llegó Miguel. No hablaba inglés realmente,sólo unas cuantas palabras chapurreadas para los turistas de Manila. El primer mes o cosa así se alojó con monseñor en la rectoría; luego encontró una habitación en el hotel Overland y se trasladó allí.
-El hotel Overland -dijo Truman- Eso es un tugurio lleno de drogotas en la parte alta de Grant.
-El hotel Sobredosis -dijo Audrey. Cuando Truman la miró, ella aclaró-: así es como le llaman.
-Pareces estar muy puesta en la nomenclatura -comentó Truman.
           
La camarera vino con las bebidas. Cuando vació la bandeja se quedó de pie detrás de Truman y empezó a escribir en un cuaderno que llevaba. Charlie deseó que no se acercara a su mesa. No quería que los otros se fijaran en él. Adivinarían que había estado escuchándoles y quizá no les agradaría la idea. Podrían dejar de hablar. Pero la camarera terminó de hacer sus anotaciones y se volvió a la barra sin mirar siquiera a Charlie.

Los viejos sentados a la puerta estaban discutiendo en italiano. La ventana que había tras ellos estaba toda empañada, y Charlie notó la proximidad de la niebla. El tocadiscos tragaperras brillaba en el rincón. La canción que estaba sonando  acabó bruscamente, la maquinaria zumbó y volvió a sonar "El coro del yunque".

-¿Y por qué el hotel Overland? -preguntó Truman.
-Truman prefiere el Fairmont -dijo Audrey-. Truman cree que todo el mundo debiera alojarse en el Fairmont.
-Miguel no tenía dinero -explicó George-. Sólo el que le daba monseñor. La idea era que se quedara allí justo el tiempo suficiente para aprender inglés y un oficio. Luego conseguiría un trabajo y podría mantenerse.
-Parece razonable -dijo Truman.
-Audrey se echó a reír.
-Truman, me haces gracia. Eso es exactamente lo que pensé que dirías. Pero demos la vuelta a las cosas por un minuto. Digamos que por alguna razón tú, Truman, te encuentras en Manila sin un céntimo. No conoces a nadie, no entiendes nada de lo que hablan y vas a parar a un hotel donde la gente se está pinchando y palmándola en las escaleras y prendiendo fuego a sus habitaciones todo el rato. ¿Cuánto inglés  aprenderías viviendo de esa manera? ¿Qué clase de oficio? Sé realista. Esa no es una existencia razonable.
-San Francisco no es Manila -dijo Truman- . Creéme, yo he estado allí. Por lo menos aquí tienes una posibilidad. Además no es cierto que no conociera a nadie. ¿Qué pasa con monseñor?
-Fantástico -dijo Audrey-. Un cura que va por ahí con un lagarto en un dedo. Un amigo estupendo. O, como tú dirías, un contacto estupendo.
-Nunca, que yo sepa, he usado la palabra contacto en ese sentido -dijo Truman.

George había estado con la vista clavada en su copa de coñac, que sostenía con ambas manos. Levantó los ojos y miró a Audrey.

-En realidad -dijo-,Miguel no estaba totalmente perdido. De hecho, se las arregló bastante bien durante algún tiempo. Monseñor Strauss le metió en un curso para mecánicos en la casa Porsche-Audi en Van Ness y aprendía el inglés a una velocidad tremenda. Es asombros ¿verdad?, lo que uno es capaz de hacer cuando no tiene alternativa -George hizo rodar la copa  entre las palmas de sus manos-. Los drogotas le dejaron en paz, por muy increíble que parezca. No se metían con él en los vestíbulos ni nada.Era como si Miguel viviera en una dimensión distinta de la suya y en cierto modo así era.Iba a misa diariamente y cantaba en el coro. Allí fue donde yo le conocí. Miguel tenía una hermosa voz de barítono, verdaderamente hermosa.Estaba sumamente orgulloso de su voz. Y también de su cuerpo. Comía exactamente tanto de esto y tanto de lo otro. Hacía complicados ejercicio todos los días. Y hasta se daba masajes faciales para evitar que le saliera papada.
-Ahí lo tienes -dijo Truman a Audrey-. Existe el carácter -como ella no contestó , añadió-:Lo que quiero decir es que uno no está necesariamente limitado por las circunstancias.
-Ya sé lo que quieres decir -dijo Audrey-.La historia no ha terminado todavía.
Truman pasó su sombrero de una rodilla a la mesa. Cruzó los brazos sobre el pecho.
-Tengo todo un día por delante -le dijo a Audrey.
Ella asintió, pero sin mirarle.
George bebió un sorbo de coñac. Después cerró los ojos y se pasó la lengua por los labios. Luego bajó la cabeza de nuevo y fijó la mirada en la copa.
-Miguel conoció a una mujer -dijo-, como nos pasa a todos. Se llamaba Senga. Yo supongo que primitivamente su nombre sería Agnes, y que le dio la vuelta con la esperanza de resultar más interesante a las personas del género masculino.Senga tenía por lo menos diez años más que Miguel, puede que más. Tenía una hija en octavo, creo. Senga era una especialista en finanzas B.of A.No recuerdo donde se conocieron. Salieron durante algún tiempo; luego ella cortó. Supongo que para ella fue algo intrascendente, pero para Miguel era serio.Adoraba a Senga, y uso esa palabra con conocimiento de causa. Montó un pequeño altar para ella en su habitación. Una foto de Senga cuando terminó los estudios secundarios, rodeada de diversos objetos que ella había llevado o utilizado. Peines, pañuelos, frascos de perfume vacíos. Un montón de cosas. Cómo los consiguió no tengo ni idea, si ella se los dio o él los cogió. Lo extraño es que sólo salió con ella unas cuantas veces. Dudo mucho que llegaran a acostarse.
-No se acostaron -dijo Truman.
George le miró.
-Si se hubieran acostado -dijo Truman- no le habría puesto un altar.
Audrey meneó la cabeza.
-Truman puro -dijo- Truman de ley.
Él le palmeó un brazo.
-No te ofendas -le dijo.
-Sea como sea -dijo George-, Miguel no estaba dispuesto   a renunciar, y esa fue la causa de todo el problema. Primero le escribió cartas,largas cartas sensibleras en un inglés entrecortado. Me dio a leer una para que le corrigiera la ortografía y esas cosas pero era totalmente imposible. Era todo fragmentos y repeticiones. Sin párrafos. Simplemente se la devolví al cabo de unos días y le dije que estaba bien. Miguel pensaba que las cartas convencerían a Senga, pero ella nunca le contestaba, y después de algún tiempo empezó a llamarla a todas horas. Ella se negaba a hablar con él. En cuanto oía su voz le colgaba. Finalmente consiguió un número que no aparecía en telefónica. Quería que fuese a B.of A. a defender su causa, que actuara como una especie de garante de su carácter. Cosa que, después de alguna reflexión, acepté hacer.
-Ajá -dijo Truman. La trama se complica. Entra Miles Standish.
-Sabía que dirías eso -dijo Audrey.
Se terminó su bebida y miró a su alrededor, pero la camarera estaba sentada en la barra, de espaldas a ellos, fumando un cigarro.
George se quitó las gafas, las sostuvo a la luz y se las volvió a poner diciendo:
- Así que George sale resueltamente para conocer a Senga. Senga...¿no os sugiere ese nombre a una reina de la selva? Ojos que relumbran, daga en la cadera, pechos asomando por encima de una piel de leopardo. Pues no era el caso. Esta Senga seguía siendo una Agnes. Delgada, con aspecto de ejecutiva. Y muy gruñona. No bien mencioné el nombre de Miguel me enseñó la puerta y me dio un mensaje para él: si volvía a molestarla pondría a la policía tras él.Esas fueron sus palabras, y las decía en serio. Una semana después,más o menos, Miguel la siguió desde el trabajo a casa, e inmediatamente ella contrató a un abogado para ocuparse del caso.El resultado fue que Miguel tuvo que firmar un papel diciendo que entendía que sería arrestado si volvía a escribir, llamar o seguir a Senga.Firmó, pero con reservas, como si dijéramos.Me dijo: "Jorge, firmo pero no acepto". Le contesté:"Nobles palabras pero más te vale aceptar, porque de lo contrario esa mujer te hará encerrar". Miguel dijo que la prisión no le asustaba, que en su país todas las mejores personas estaban en prisión. Efectivamente, a los pocos días siguió a Senga a su casa una vez más y ella cumplió lo prometido: le hizo encerrar.
-Pobre chico -dijo Audrey.
Truman había estado intentando atraer la atención de la camarera, que rehuía mirarle. Se volvió a Audrey.
-¿Qué significa eso de "pobre chico"?¿Qué me dices de la chica? ¿De Senga? Está tratando de conservar un trabajo y de alimentar a una hija, y mientras tanto tiene a un filipino persiguiéndola por toda la ciudad. Si quieres sentir pena por alguien, siéntelo por ella.
-Lo siento -dijo Audrey.
-De acuerdo entonces.
Truman miró de nuevo a la camarera y en ese momento Audrey cogió la copa de George y bebió un sorbo. George le sonrió.
-¿Qué le pasa a esa mujer? -dijo Truman. Meneó la cabeza-.Renuncio.
George asintió.
-En resumen -dijo-, fue un asunto serio. Très sérius. Fijaron una fianza de veinte mil dólares, que monseñor Strauss no pudo reunir. Y por descontado, un servidor tampoco. Así es que Miguel se quedó en la cárcel. El abogado de Senda quería sangre y metió a los de Inmigración en el asunto. Amenazaban con revocar el visado de Miguel y expulsarlo del país. Finalmente monseñor Strauss consiguió sacarle, pero fue como diría el duque por los pelos. Resultó que a Senga iban a trasladarla a Portland al cabo de un mes o cosa así, y monseñor le convenció de que retirase los cargos, con la condición de que Miguel no se acercaría a quince kilómetros de los límmites de esa ciudad mientras ella viviera allí. Hasta que ella se marchara Miguel viviría con monseñor en la rectoría, bajo su supervivencia personal. Monseñor aceptó también pagar los honorarios del abogado de Senga, que eran disparatados. Absolutamente disparatados.
-¿Y cuál era la última condición? -preguntó Truman.
La simplicidad misma -respondió George-.Si Miguel no cumplía le pondrían en el primer avión para Manila.
-Eso parece ilegal -dijo Truman.
-Quizá.Pero ese era el acuerdo.
                     
Empezó una nueva canción en el tocadiscos tragaperras. Los viejos de la puerta dejaron de discutir y cada uno de ellos permaneció ensimismado de repente.
-Escuchad -dijo Audrey-. Es él. Caruso.
El disco estaba gastado y producía el efecto de ruidos parásitos detrás de la voz de Caruso. La música, llegando a través del ruido parásito le recordaba a Charlie las emisiones de radio culturales de Europa que sus padres escuchaban con tanta gravedad cuando él era niño.A veces la voz de Caruso casi se perdía, pero luego volvía a subir. Los viejos estaban inmóviles. Uno de ellos empezó a llorar. Las lágrimas caían libremente de sus ojos abiertos y corrían por sus mejillas.
-Así que ése era Caruso -dijo Truman cuando la canción terminó-Siempre me había preguntado a qué se debía tanta fama. Ahora lo sé. A eso llamo yo cantar.
Sacó la cartera y dejó algo de dinero sobre la mesa. Examinó el dinero que quedaba en la cartera antes de guardarla.
-¿Lista? -le preguntó a Audrey.
-No -dijo ella-.Termina la historia George.
George se quitó las gafas y las puso sobre la mesa, al lado de su copa. Se frotó los ojos.
-Está bien dijo-.Volvamos a Miguel. Según lo acordado vivió en la rectoria hasta que Senga se fue a Portland. Y además se portó bien. Ni cartas, ni llamadas, ni seguimientos. En pijama todas las noches antes de las diez. Entonces Senga se fue y Miguel volvió a Overland. Durante algún tiempo parecía bastante desesperado, pero al cabo de unas semanas pareció superarlo.
Digo pareció porque estaban sucediendo más cosas de las que se veían. O al menos de las que veía yo.Una noche estoy yo en su casa escuchando, lo creáis o no,Tristán,cuando suena el teléfono. Al principio nadie dice nada, luego llega una voz en un susurro: "Ayúdame,Jorge, ayúdame", y naturalmente sé quién es. Dice que necesita verme enseguida. Sin ninguna explicación. Ni siquiera me dice dónde está. Tengo que suponer que está en el Overland. Y allí es donde le encuentro en el vestíbulo.
-George lanzó una risita.
-En realidad -dijo-, por poco no le veo. Tenía toda la cara vendada, desde la nariz hasta la parte alta de la frente. Si no le hubiera estado buscando, no le habría reconocido. En la vida.Estaba sentado rodeado de sus maletas y con un bastón blanco sobre las rodillas. cuando le hice saber que estaba allí, me dijo: "Jorge, estoy ciego". Le pregunté qué había ocurrido. No quería decírmelo. En cambio me dio un pedazo de papel y me pidió que llamara a Senga y le dijera que se había quedado ciego y que llegaría a Portland en autocar a las once  de la mañana siguiente.
-Cielo santo -dijo Truman-. Lo estaba fingiendo ¿no es eso? Quiero decir que no estaba ciego realmente ¿verdad?
-Esa es una pregunta interesante -dijo George- porque si bien he de decir que Miguel no estaba realmente ciego, también he de decir que no estaba fingiendo realmente. Pero sigamos. Senga no se conmovió. Me ordenó que le dijera a Miguel que no sería ella, sino la policía, quien le estaría esperando.Miguel no le creyó. "Jorge, ella estará allí", me dijo. Y eso fue todo. Se acabó la discusión.
-¿Fue? -preguntó Truman.
-Claro que fue -dijo Audrey-.La amaba.
George asintió.
-Yo mismo le metí en el autocar. Le conduje hasta su asiento, de hecho.
-Así que seguía llevando las vendas -dijo Truman
-Oh, sí. Las seguía llevando
-Pero es un viaje de doce o trece horas.Si no le pasaba nada en los ojos,¿por qué no se quitó el vendaje y se lo volvió a poner?
-Audrey puso su mano sobre la de Truman.
-Truman -dijo-,tenemos que hablar de algo.
-No lo entiendo -insistió Truman_.¿Por qué viajar ciego? ¿Por qué hacer todo ese trayecto en la oscuridad?
-Truman, escucha -dijo Audrey.
Pero cuando Truman se volvió hacia ella Audrey retiró su mano y miró a George al otro lado de la mesa. George tenía los ojos cerrados. Sus dedos estaban cruzados como si estuviera rezando.
-George -dijo Audrey-. Por favor. Yo no puedo.
George abrió los ojos.
-Díselo -dijo Audrey.
Truman miró alternativamente del uno a la otra.
-Esperad un momento -dijo.
-Lo siento -dijo George-. Esto no es fácil para mí.
Truman miraba fijamente a Audrey.
-Eh -dijo.
Ella empujó su vaso vacío adelante y atrás.
-Tenemos que hablar -dijo.
Él acercó su cara a la de ella.
-¿Acaso crees que porque gano mucho dinero no tengo sentimientos?
-Tenemos que hablar -repitió ella
-Ciertamente -dijo George
Los tres permanecieron sentados durante un rato. Luego Truman dijo:
-Se acabó el pastel.
Unos minutos más tarde los tres se levantaron y salieron del café.
       
La camarera estaba sentada en la barra sola,inmóvil, excepto cuando levantaba la cabeza para lanzar el humo al techo.Junto a la puerta, los italianos se estaban jugando los palillos de dientes a los dados. "El coro del yunque" sonaba nuevamente en el tocador  tragaperras. Era la primera pieza de música clásica que Charlie había oído suficientes veces como para hartarse de ella y ahora estaba harto de ella.

Cerró la revista que había estado fingiendo leer, la dejó sobre la mesa y salió.

Aún había niebla y hacía más frío que antes. El padre de Charlie le había desaconsejado que se trasladara a San Francisco en mitad del verano, incluso había citado a Mark Twain, en el sentido de que el invierno más frío que Mark Twain había soportado fue el verano que pasó en San Francisco. Este había sido especialmente malo; hasta los nativos lo decían.La verdad era que estaba empezando a deprimir a Charlie. Pero no se lo había reconocido a su padre, como tampoco había reconocido que su trabajo le agotaba y apenas le daba lo suficiente para vivir, o que los amigos de los que hablaba en sus cartas a casa, no existían, o que los editores a quienes había enviado su novela se la habían devuelto sin comentario, todos menos uno, que había garabateado a lápiz sobre la página del título "¿Está usted de broma?" 


La habitación de Charlie estaba en Broadway, en la cima de la colina.La pendiente era tan acentuada que habían tenido que hacer escalones en las aceras y cerrar la calle con un muro de cemento, debido a los coches que perdían los frenos al bajar.A veces, por la noche, Charlie se sentaba sobre ese muro y miraba hacia las luces de North Beach y pensaba en todos los escritores que estarían allí, inclinados sobre sus mesas, llenado páginas y páginas con palabras bien escogidas. Pensaba que estos escritores se reunirían de madrugada para beber vino y leer la obra de los otros y hablar de las cosas que pesaban en sus corazones. Estos eran los hombre y mujeres brillantes y las conversaciones profundas de las que Charlie escribía a sus padres.


Estaba al borde de renunciar. Él mismo no sabía hasta qué punto estaba al borde de renunciar hasta que salió del café esa noche y notó que acababa de decidir continuar a pesar de todo. Se quedó allí parado y escuchó la sirena de la niebla en la bahía. La tristeza de ese sonido, la idea de él mismo deteniéndose a escucharlo, la densidad de la niebla, todo ello le proporcionó una sensación de placer.


Charlie oyó violines tras él cuando la puerta del café se abrió; luego se cerró de un portazo y los violines cesaron. Una voz profunda dijo algo en italiano. Una voz más alta le respondió y ambas voces se alejaron juntas calle abajo.


Charlie se volvió y echó a andar cuesta arriba, pasando junto a las farolas que brillaban con gotas de agua, paredes que rezumaban y ventanas oscuras.Una china apareció a su lado. Sostenía ante sí una langosta que agitaba sus patas de un lado a otro como si estuviera dirigiendo una orquesta. La mujer apretó el paso y desapareció. La pendiente empezó a hacerse más pronunciada bajo los pies de Charlie.Se detuvo para recobrar el aliento y oyó de nuevo la sirena de la niebla. Sabía que en alguna parte, allí fuera, un barco se dirigía a puerto a pesar del solemne aviso, y mientras caminaba Charlie se imaginaba arrodillado en la proa, con un farol en la mano, atento a la luz que brillaba justo ante él. Cualquier distracción desvanecida. Demasiado vigilante para tener miedo. La lengua humedeciendo los labios, los ojos muy abiertos, listo para avisar en esa niebla cambiante, que en cualquier momento podía revelar cualquier cosa.



Edward Hopper (1882-1967). No fue el vanguardista que inicia la nueva época que él mismo propone:un arte genuinamente norteamericano separado del tutelaje de París, -y que llevarán a cabo los expresionistas abstractos-; pero su pintura figurativa,en un mundo donde triunfa la abstracción,
será admirada y respetada  por los pintores abstractos,por su personalidad plástica  y  su carga poética. 
Entre 1906 y 1910 hizo tres viajes a París y aprendió de la pintura francesa, especialmente de  Manet -a quien copió y estudió a fondo en el Louvre.En su color se puedan encontrar ecos transformados  de la intensidad fauvista,  y en   la ausencia  de  detalles una cierta abstracción -dentro de una pintura decididamente figurativa- . 
La  elección de  temas urbanos, los encuadres,la gama y el uso del color, el tratamiento de la luz, crean un mundo personal, reconocible, que a menudo, -como en las imágenes del post-, captura y congela la soledad de las grandes ciudades y el ambiente desolado que vivió en la Gran Depresión. En otros temas e imágenes, de colores menos sombríos, con frecuencia bañados en una luz sólida   y construidos con  la misma rotundidad plástica, permanece también, una atmósfera  congelada de soledad y melancolía.
Otros cuentos de T. Wolff:
El mentiroso
Una bala en el cerebro 


  Tobias WolffDe regreso al mundo, Alfaguara, 1968      

 
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